403. Un hombre puede ser la devastación para una mujer.

¿Por qué un hombre puede ser la devastación para una mujer? Porque la mujer, que está del lado del no-todo -ella es No-Toda para su pareja, es decir, está en falta, se muestra en falta-, como ella se dirige en la relación de pareja por la demanda de amor, esta le retorna bajo la forma del estrago (Miller, 1998). “En función de la estructura del No-Todo, la pareja-síntoma de la mujer se torna la pareja-estrago” (p. 81).

Cuando una mujer está del lado del Todo, cuando lo es todo para un hombre, éste deja de desearla y de amarla, por esto las mujeres que lo entregan todo en sus relaciones de pareja, se quejan de que las dejan rápidamente o de lo malagradecido que ha sido el otro con ella. Esto sucede porque la condición para el deseo y para el amor es que la mujer no sea todo para el hombre, que ella se presente como siendo no-toda. La condición para el amor de un hombre por una mujer es que “la mujer en cuestión no sea toda para el sujeto” (Miller, 1989, p. 28); una de las maneras de ser no-toda es que pertenezca a otro hombre; por eso los hombres se fijan tanto en las mujeres ajenas, y más si ellas son mujeres no muy fieles, “fáciles”. La mujer que pertenece al Otro -al marido, al novio- cumple con las dos condiciones del amor masculino: la del tercero perjudicado y la de ser una mujer “fácil”, de mala reputación, siempre y cuando ella se presente como siendo no-toda para su marido.

“El estrago es la otra cara del amor, es el retorno de la demanda de amor” (Miller, 1998, p. 81). Esto quiere decir que el síntoma del estrago en la mujer está marcado por el infinito de la estructura del No-Todo, en la medida en que ella está de este lado, del lado del goce femenino, que es un goce Otro, un goce infinito, sin límites. El goce femenino es un goce Otro, que no se localiza fácilmente, que abarca otras zonas del cuerpo a parte del clítoris, un goce difícil de nombrar o inefable. El goce sexual está marcado por esta división entre goce fálico, del lado masculino, y goce Otro, del lado femenino. Este es el sentido de la formulación según la cual la mujer es no-toda en el goce fálico: su goce está esencialmente del lado del goce Otro, no se reduce, como en el hombre, al falo.

Así pues, el síntoma del lado femenino toma la forma del estrago. “La mujer es llevada a hacerse fetichizar en la relación de pareja, es llevada a sintomatizarse, se ve forzada a velarse, a enmascararse y a acentuar su semblante” (Miller, 1998, p. 84); en otras palabras, en la medida en que la mujer ocupa ese lugar de objeto de goce del hombre, ocupar el lugar de objeto de goce en el fantasma del hombre -lo que ella puede consentir fácilmente por amor-, esto producirá estragos en ella, es decir, puede llegar a ser devastada por el hombre. En efecto, esto es lo que sucede: él la devasta, abusa de ella, la maltrata, le pega, etc., en la medida en que ella se sitúa en ese lugar de fetiche en el fantasma del hombre. A esto se le denomina comúnmente «masoquismo femenino», el cual “no es más que una apariencia. Como se sabe, el secreto del masoquismo femenino es la erotomanía, porque no es que él le pegue lo que cuenta, es que ella sea su objeto, que ella sea su pareja síntoma, y tanto mejor si eso la devasta.” (Miller). Esto es lo que explica por qué una mujer maltratada siga “amando” a su maltratador.


402. La “masculinización” de la mujer en la contemporaneidad.

Las mujeres de hoy parecieran sólo pensar como sujetos de derecho, es decir, se ponen en una posición de simetría con la posición de los hombres (Dassen, 1998); es decir, se han dedicado a reivindicar su posición como sujetos que tienen los mismos derechos de los hombres, lo cual está muy bien, ya que ellas, a través de la historia, no han gozado de ello. Pero lo paradójico de esta situación es que “cuanto más la mujer existe desde el punto de vista del sujeto de derecho, tanto más desaparece bajo la máscara masculina” (Miller, 1998), por esta razón Miller inventa un neologismo que condensa “máscara” y “masculino”: «la máscara-ulina de la mujer».

Es un hecho que en las últimas décadas han ocurrido toda una serie de mutaciones extraordinarias en la relación entre los sexos (Miller, 1998), a tal punto que ya, según el estándar que había hasta mediados del siglo pasado, ya no se le exige a la mujer que llegue virgen al matrimonio, cosa que no se le exigía al hombre; a este se le ha permitido ser un conquistador antes del matrimonio y se le ha tolerado que sea infiel a pesar de estar casado. “Hoy vivimos ya en otro mundo en el cual la virginidad femenina perdió valor, la infidelidad masculina, el machismo, es menos soportado por el Otro sexo que ahora se prepara para vengarse del hombre” (Miller, p. 82). Lo que hoy se le demanda a la pareja es una igualdad, en la medida en que tanto el hombre como la mujer son sujetos de derecho; el discurso jurídico se interpone, entonces, en la relación entre los sexos (Miller).

El discurso del derecho es un discurso Amo que impone una repartición del goce para todos los sujetos de derecho. Eso implica, para la mujer, “la adopción del modelo masculino pero bajo la forma del semblante” (Miller, 1998, p. 83), «la máscara-ulina de la mujer». Incluso, a raíz de esta nueva posición de las mujeres, a las que se las ve rivalizando en todo y por todo con el hombre, éste se ha ido convirtiendo en un pequeño objeto de goce, un pequeño objeto a al que ella le dice “eres apenas un medio de goce” (Miller).

Esta nueva relación que se da entre los sexos, pareciera ir con una cierta desvalorización del amor, “pero no es verdad, es puro teatro (…) las chicas están siempre ocupadas con el amor” (Miller, 1998, p. 83). Es verdad que las mujeres van hoy más fácilmente a la cama y, por lo tanto, las mujeres ya no llegan más vírgenes al matrimonio, pero si ellas van a la cama, lo hacen fundamentalmente por amor; no como los hombres, que sí separan la actividad sexual del amor porque ellos fetichizan a la mujer (Miller).

A esta mujer masculinizada, o mejor, «máscara-ulinizada», a raíz del discurso del derecho y de los derechos humanos, en el que todos los sujetos son iguales -lo cual a nivel jurídico está muy bien-, a esta mujer contemporánea Miller la invita a no perder su feminidad: “mujeres, obtengan sus derechos, pero no pierdan su encanto, el de ese rapto que las hace a ustedes mujeres y a nosotros hombres” (Dassen, 1998, p. 9). El psicoanálisis sabe que “no es posible por medio del derecho alcanzar la neutralización de la diferencia de los sexos” (Dassen).


401. Las mujeres son locas y los hombres son unos brutos.

Como la pareja del hombre -la cual hace síntoma en él- tiene la forma de fetiche (Miller, 1998), por esto Miller habla de “lo bruto de los hombres”, ya que ellos “sólo se prestan a la condición fetiche del goce, ese goce localizado en el Otro, en una mujer, pero no se dejan tocar por la condición erotomaníaca, por lo ilimitado de la demanda de amor que hay en cada una” (Dassen, 1998). Si los hombres son brutos, es porque le imponen a la mujer la forma fetiche de sus fantasías, la mujer reducida -como lo decía un paciente- “a un culo o a unas tetas”. El modo de gozar del hombre le exige a la mujer que “responda a un modelo y eso puede ir hasta la exigencia de un pequeño detalle, de un detalle pequeño a” (Miller). Esta “objetivación” de la mujer, hacer de ella un objeto de goce, ellas no lo soportan muy bien. ¿Por qué? Porque, así como el hombre está del lado del fetiche, la mujer está del lado de la erotomanía. “El modo de gozar de la mujer exige que su pareja le hable y le ame” (Miller, 1998). El amor de la mujer, y en general todo amor, está del lado del no-todo, del Otro en falta, por eso le demanda al hombre que le falte alguna cosa… ¡y que esa falta lo haga hablar!

Mientras el goce masculino puede sostenerse en silencio, el goce femenino está del lado de lo ilimitado; de ahí el papel central que tiene la demanda de amor en la sexualidad femenina (Miller, 1998). “La demanda de amor comporta en sí misma un carácter absoluto y una tendencia hacia el infinito (…), más allá de lo que pueda ofrecérsele como prueba” (Miller). De ahí que la mujer se la pase demandando dichas pruebas de amor -“¿Me quieres? ¿Sí me quieres? ¿Cuánto me quieres?, etc.”-. Es la forma erotomaníaca del amor femenino, “la de que el otro la ame” (Miller). De ahí la recriminación que hace el hombre a la mujer: “eres una pesada”, y la recriminación que le hace la mujer al hombre: “eres un monstruo”, ya que él “puede gozar sin palabras y sin amor” (Miller).

Por su demanda permanente, infinita, de amor, las mujeres parecen locas. Si las mujeres son locas es porque ellas tienen como pareja al Otro en falta. Lo dijo Lacan pero se corrigió diciendo que ellas no están del todo locas (Miller, 1998); locas sí, pero no psicóticas. Entonces, las mujeres son locas y los hombres son unos brutos, “embrutecidos por el detalle de su fantasma” (Miller). Así pues, el problema para la mujer es cómo ponerlo a hablar, cómo forzarlo a hablar, “en lugar de mirar televisión, leer el diario o ir al partido de fútbol. Las más inteligentes van con ellos al fútbol” (Miller).

Si el hombre no quiere ser embrutecido por una mujer, deberá tener en cuenta, entonces, que para amarla le es preciso hablar, y que si quiere gozar de ella, es necesario que la ame (Miller, 1998). Miller establece entonces, para la mujer, dos axiomas: “Para amar es preciso hablar” y “para gozar es preciso amar”.


400. ¿Qué hacer con una mujer?

El psicoanálisis plantea que hay un desencuentro del significante con el sexo, y este real está más allá del desciframiento del inconsciente. Lo que le va a permitir al sujeto acceder a este real que está más allá del desciframiento inconsciente es el síntoma. El síntoma, desde su vertiente real, es lo que le va a permitir al sujeto acceder a lo real, es decir, a la letra de goce que logra separarse del desciframiento del inconsciente.

Dassen (2000) subrayaba cómo en el inconsciente no hay un saber de los hombres sobre las mujeres y viceversa. Decir que no hay inscripción de la relación sexual en el inconsciente, es decir también que el goce del Otro, del Otro sexo, es siempre inadecuado: del lado del hombre se trata de un goce de carácter perverso, ya que reduce al Otro al objeto a, y del lado de la mujer se trata de un goce enigmático. Lo que ubica la posición masculina en la perversión, es el recorte que hace del cuerpo del Otro. El hombre ubica en el objeto a alguna condición de goce, que es lo que despierta eso fálico que hay en las mujeres. El falo es eso que sirve para velar la castración, y una mujer tiene que tener esa condición velada para desencadenar el deseo del hombre. Esta condición fetichista es la que hace que la mujer ocupe el lugar de objeto a en el fantasma. El hombre entonces piensa que va a tener una simple aventura amorosa que se sostiene de su condición de goce fetichista, pero se encuentra con algo que sí es un síntoma: una mujer para un hombre; es decir que se encuentra con un sujeto que le habla, que le pide cosas. Si una mujer se constituye en un síntoma para el hombre es porque se introduce en la relación la demanda de amor. Hay pues un desorden para el hombre y es lo que le implica una mujer. De cierta manera, dice Dassen, la mujer es un objeto con el que el hombre no sabe que hacer.

No saber que hacer con una mujer es una forma de expresar la fórmula de Lacan «una mujer es un síntoma para un hombre». Una forma de comprender esta formulación es a través del vínculo amoroso. Un hombre ama a una mujer en la medida en que puede insertar su modo de goce en dicho vínculo. A su vez, la mujer, con su demanda de amor, está, en cierta manera, diciéndole al hombre “haz de mí el síntoma que te permita anudar el goce al amor”. La mujer pide al hombre que haga de ella, a la vez, el objeto gozado y la mujer amada.


399. Repetición y tyché.

La referencia esencial de la repetición es la escritura, y esta es la razón para que se pueda vincular el síntoma a la modalidad de la necesidad. El síntoma es definido entonces por Lacan como «lo que no deja de escribirse», lo cual permite captar la dimensión de la repetición en él, y hace necesaria la referencia a la escritura. La repetición, al igual que el inconsciente, también nos presenta dos caras: una simbólica y otra que es real. La repetición como retorno de lo reprimido es la vertiente simbólica de la repetición, que se funda en el automatón del inconsciente, o en el inconsciente automatón. La repetición en su vertiente real no tiene que ver con esta repetición simbólica, sino con la tyché (Miller, 2002).

La tyché tiene que ver con lo real como encuentro, es decir, con el trauma, y lo traumático de un sujeto es siempre algo inasimilable: el goce sexual. Precisamente, la repetición no es otra cosa que la huida del sujeto de ese real sexual que es inasimilable. A medida que el sujeto se aproxima a lo real, la repetición es una huida a fin de no encontrar ese real. Por eso Miller (2002) corrige, si se puede decir así, la definición de Lacan de lo real como lo que vuelve siempre al mismo lugar, diciendo que “…lo real es lo que vuelve al mismo lugar donde el sujeto, en tanto piensa, no lo encuentra, lo evita: esta en el mismo lugar en tanto el sujeto lo evita.” (p. 55).

El tratamiento de lo real por lo simbólico se hace con la interpretación. Y la interpretación necesita, primero, que la transferencia ya esté instalada en el dispositivo, y segundo, que el inconsciente haya tenido tiempo para realizarse, es decir que el inconsciente no se realiza de un solo golpe. El inconsciente necesita de una regularidad –las sesiones mismas del análisis– para que ocurra lo que se llama el acontecimiento imprevisto. Un acontecimiento imprevisto es un acontecimiento que importa, que no se borra, que transforma lo real en un saber; es el acontecimiento mismo del inconsciente, y a esto hay que darle tiempo para escucharlo (Dassen, 2000). El ritmo mismo de las sesiones de análisis, se da a partir de las irrupciones del inconsciente, es decir, que ese inconsciente, a partir de las escansiones, se va convirtiendo en un saber, un saber que cifra un goce particular: la realización sexual.

Una sesión orientada por lo real hace que un analista dirija el tiempo de la sesión. Pero las sesiones cortas no funcionan si el analista no puede leer los efectos de sus actos; las sesiones cortas no son tampoco un estándar, ni un ideal. Las sesiones cortas, dice Dassen (2000), tienen una estructura homóloga a la del inconsciente. Hay sujetos que necesitan un tiempo fijo de la sesión, y otros que necesitan ser movilizados gracias a las sesiones de duración variable –p. ej. En el caso de un obsesivo homeostático: hay que interferir esa homeostasis, reventar el goce masturbatorio del obsesivo, citándolo con cierta variabilidad–.


398. ¿Qué es un verdadero síntoma?

Así como es posible establecer una distinción entre el semblante y lo real, también habría que construir una oposición entre lo verdadero y lo real (Miller, 2002). Esta diferencia es importante establecerla porque el síntoma mismo tiene una cara del lado de lo real, y otra del lado de lo verdadero, que es el aspecto simbólico del síntoma. Es la distinción entre el síntoma como semblante, el cual es variable en la medida en que depende de la acogida que le dé el Otro, y el síntoma como real, el síntoma fundamental del sujeto.

Miller (2002) se pregunta, entonces, ¿qué es un verdadero síntoma?, a lo que responde: “Es mejor ser pragmático que fundamentalista con el síntoma, es decir, el analista no debe ser demasiado siervo de la verdad y dedicarse a buscar cuál es el verdadero síntoma, cuáles los falsos, porque por ejemplo, en la histeria de todos modos no va a encontrar nada con eso, pues todos son verdaderos y falsos: es la verdad mentirosa encarnada. En la neurosis obsesiva tampoco sirve, porque sería echar sobre sí la duda encarnada por el paciente. Lo que implico en esta frase es el pragmatismo, es decir, la elección del síntoma a trabajar abre la puerta que da al camino del análisis. El acento que pongo sobre lo real –no hay clínica sin real articulado al no hay clínica sin ética– implica que en este punto la ética sería una ética pragmática, no absolutista. Por eso el síntoma mas útil es el síntoma creado por el analista, uno que lo incluya en su definición, porque encarna ya al síntoma como discurso del Otro. Cuando es a partir de una puntuación sobre un rasgo sintomático desconocido o poco puesto de relieve por el sujeto, es cuando da los mejores resultados, pues instala la dimensión del inconsciente y el analista se apropia de algo del sujeto supuesto saber.” (p. 26–27).

Un verdadero síntoma es, pues, aquel que es creado por el analista gracias a su intervención, apuntando siempre a lo real. Para poder dar con el verdadero síntoma, se hace necesario dirigir la mirada hacia la repetición. La repetición es la manifestación del inconsciente en todo sujeto, es la característica general de la cadena significante. La transferencia es, de cierta manera, una forma muy especial de repetición, es decir, es la repetición dentro de la cura analítica. La transferencia es definida por Lacan como la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente. Se podría decir entonces que el inconsciente tiene dos caras: una cara que se abre al Sujeto–supuesto–Saber, resorte de la transferencia y apertura al desciframiento de los significantes, es decir, apertura al Otro; este inconsciente es el que irrumpe a modo de efectos como el lapsus; es el punto de tyché, del azar, de pulsación del inconsciente. La otra cara del inconsciente es la de la compulsión a la repetición; es el automatón mismo del inconsciente. Es por esta vertiente que hay algo del inconsciente que se liga a lo real; en el análisis se lleva al paciente a esa reducción que hace posible que lo más real del sujeto puede ser alcanzado.

La repetición es lo que introduce en la experiencia analítica el registro de lo permanente, de lo idéntico, de «más de lo mismo», dice Miller (2002). Esto es lo que hace que la repetición, bajo la forma del síntoma, se separe de las otras formaciones del inconsciente, las cuales son evasivas, se desvanecen sin repetirse. El síntoma permanece, lo que habla de una temporalidad muy distinta a la del sueño, el lapsus, el olvido o el acto fallido, los cuales se esfuman fácilmente, y si el analista no los atrapa en el instante de su aparición, ellos se pierden.

Hay pues, como lo indica Miller (2002), un inconsciente–hallazgo y un inconsciente repetición, lo cual es “una nueva visión de la oposición, inicialmente, planteada por Lacan, entre palabra vacía y palabra plena. (…) …la palabra vacía es la palabra de la repetición; es la palabra como un ritornello que funciona sin captar hallazgos; del lado de la palabra plena, estaba la posibilidad del invento, de lo nuevo.” (p. 52).


397. Lo real de la ciencia y lo real del psicoanálisis.

Lo real es la consecuencia de una articulación del saber de la ciencia, en la medida en que dicha articulación demuestra lo imposible de saber, demuestra los límites del saber. “En el uso que conocen de Lacan, lo real aparece como consecuencia de lo imposible” (Miller, 2002).

La ciencia admite que hay un saber en lo real, por eso se puede deducir que hay semblante en lo real, es decir, que a partir de un imposible determinado por los semblantes, se puede concluir: «hay» (Miller, 2002). Lo real se puede definir también como lo que no anda. A partir de esta definición podemos distinguir lo real de la ciencia y lo real del psicoanálisis. ¿Cuál es el real de la ciencia? Aquel que no tiene en cuenta las respuestas singulares de los sujetos. Es un real que niega las diferentes respuestas de los sujetos. El real de la ciencia es un real que pretende llevar leyes válidas para todos, leyes universales. El real del psicoanálisis es otro, pero no es un real que disputar con el de la ciencia, sino que es un real para establecer un diálogo con los científicos. Precisamente los psicoanalistas encuentran un lugar allí donde el discurso de la ciencia deja un resto. Así pues, el real que le interesa al psicoanálisis es el real vinculado al fracaso, al sufrimiento, aquello que no logra adaptación posible en el sujeto, y que en última instancia no es otra cosa que el sexo.

El trauma fundamental del sujeto es el lenguaje, debido a que las palabras no se acomodan al sexo. Se podría decir, entonces, que el psicoanálisis opera en una vía inversa a la de la ciencia; mientras que la ciencia ejecuta un saber universal, el psicoanálisis, en cambio, opera desde un no–saber: un no saber no inscrito en el inconsciente. El síntoma es la manifestación privilegiada del inconsciente y él está en el lugar de dicho no–saber sobre el sexo. El síntoma es un signo de ese desarreglo fundamental entre las palabras y el sexo. Por tal razón se podría decir que la represión primaria no es la represión de la sexualidad; la represión primaria está referida a que hay algo en el lenguaje que no alcanza nunca a nombrar algo. Hay un agujero en lo real: el sexo, y esto quiere decir que no hay inscripción del sexo en el inconsciente (Miller, 2002). El psicoanálisis apunta a eso que nunca va a ser nombrado.

El sujeto que lleva su análisis hasta las últimas consecuencias, deberá dar cuenta de que obtuvo un saber sobre ese real en juego en su cura, un real como resto de la operación analítica, pero ese saber, hay que advertirlo, no es sino semblante de lo real.


396. “En el nombre del padre…”

Dice Lacan (Citado por Bleichmar, 1980) que “La existencia de un padre simbólico no depende del hecho de que en una cultura dada se haya más o menos reconocido el vínculo entre coito y alumbramiento, sino que haya o no algo que responda a esa función definida por el Nombre-del-Padre”. Esto significa, primero que todo, que el padre biológico no coincide con el padre simbólico. El padre simbólico es el padre que interviene, en el segundo tiempo del Edipo, como aquel representa la Ley, es decir que interviene en nombre-de-la-ley primordial, la ley que ha quedado instaurada en la cultura a partir de su muerte -la Ley de prohibición del incesto, ley con la que se inicia la cultura humana tal y como la conocemos hasta hoy-; por eso el padre simbólico lo identificamos con el padre muerto, porque es a partir de su muerte que se instaura la Ley.

Segundo aspecto: el padre simbólico es alguien o algo, cualquier otra cosa que ejerza la función de la castración. Llamamos castración simbólica aquí, a la instauración de la ley de prohibición del incesto en la relación madre-niño. El padre simbólico, más que ser un personaje, es una función, una función simbólica, que cuando interviene, priva al niño del objeto de su deseo, es decir, la madre, y priva a la madre del objeto fálico, es decir, el niño (Bleichmar, 1980).

Bleichmar (1980) se pregunta: “¿Por qué la expresión Nombre del Padre?” (p. 72). Lacan la usa para subrayar la conexión con el texto bíblico. Cuando en la biblia se dice “en el nombre del Padre”, el que lo invoca lo hace “en representación de una autoridad última que sería la ley misma” (Bleichmar, p. 72), la Ley primordial. “En el Nombre del Padre es donde tenemos que reconocer el sostén de la función simbólica que desde el albor de los tiempos históricos identifica su persona con la figura de la ley” (Lacan citado por Bleichmar, p. 72).

Al operar el padre simbólico, se produce la sustitución de una cosa por otra: se sustituye la ley caprichosa y omnipotente de la madre -la madre puede hacer con su hijo lo que quiera-, por la ley simbólica instaurada en la cultura a partir de la muerte del padre, ley que está más allá de cualquier personaje (Bleichmar, 1980), es decir que el padre simbólico, cuando interviene, limita el poder de la madre, reemplaza el poder de la madre por la Ley; por lo tanto “si es algo que reemplaza a otra cosa (…), si produce efectos de significación, reúne los atributos que para Lacan entran en la caracterización del significante” (Bleichmar, p. 71). Es por esto que Lacan va a hablar del significante del Nombre-del-Padre, significante que instaura en la subjetividad del sujeto, la Ley y la castración simbólica, es decir, el hecho de que el niño llegue a saber que su madre está prohibida como objeto de amor y de deseo, y que él ya no es más el objeto que satisfacía completamente a la madre, es decir que está en falta, castrado.


395. «Pienso donde no soy, soy donde yo… amo»

Dice Miller (2008) que se ama a aquel que responde a la pregunta “¿quién soy yo?”, es decir, que se ama a la persona a la que le suponemos que conoce la verdad sobre nuestro ser. De hecho, el sentirse amado por alguien ya es una respuesta a dicha pregunta: “soy el amor de fulano de tal”. Amar, entonces, me hace ser, me da ser. Por eso cuando se pierde un amor, se entra en duelo por esa pérdida, porque el sujeto ha dejado de ser el amor de esa persona que se fue, y retorna la pregunta al sujeto: “¿quién soy yo?”. El amor se dirige, entonces “a aquel que Ud. piensa que conoce vuestra verdad verdadera” (Miller, 2008), es decir que amar es creer que amando a dicha persona, se accederá a una verdad sobre sí mismo, una verdad que se piensa agradable, pero que “de hecho es muy difícil de soportar” (Miller).

En el amor es fundamental reconocerse como un sujeto en falta. Sólo puede amar el que reconoce que necesita de otro; en el amor se trata siempre del Otro –ese otro al que se dirige la demanda de amor– en tanto que no tiene. “Esto es propiamente el amor, lo que concierne al Otro en tanto que privado de lo que da. El amor, propiamente, no es una cuestión de tener sino de ser.” (Miller, 1989, p. 14). Es por esto que Lacan dice que «amar es dar lo que no se tiene»; amar es reconocer la falta y dársela al otro; amar no es dar lo que se tiene, sino lo que no se posee (Miller, 2008). Es por lo anterior que los sujetos que se presentan completos, autosuficientes o independientes, ni aman ni son amados, ya que el amor está del lado de la falta. Así pues, “se puede deducir que es natural amar a una mujer” (Miller, 1989, p. 16), ya que ella ya está en falta, castrada, en cambio, “para amar a un hombre, hay que castrarlo imaginariamente” (Miller); para amar a un hombre –el cual casi siempre se presenta lleno de atributos, es decir, completo–, las mujeres necesitan introducirle una falta.

El poeta Gonzalo Arango define el amor como un huequito para ser llenado de imaginación; en efecto, si se hace la pregunta de por qué los seres humanos aman, la respuesta es: porque algo les falta, porque en el fondo del ser hay un “huequito”. Es porque algo falta que surge el deseo de amar a otro. Y lo que falta es justamente “el ser”. ¿Por qué le falta el ser al sujeto? Al sujeto le falta el ser por hablar, por habitar el lenguaje. Si el sujeto se pregunta «¿quién soy yo?», sólo podrá responder a esta pregunta gracias a que habla, a que piensa, a que habita el lenguaje. Pero en el lenguaje el sujeto no encontrará la respuesta a esta pregunta más que en términos de saber, y no en términos de ser, lo que significa que falta el ser del sujeto. No hay nada en el lenguaje que le asegure al sujeto lo que él es, no hay nada que le asegure su ser, él solo puede aparecer allí únicamente como representación significante. Se introduce entonces en todo ser humano, por hablar, lo que el psicoanálisis denomina la «falta de ser». El sujeto queda vacío de ser y en el lugar de ese vacío viene… ¡el amor! El amor es una de las respuestas posibles a la falta de ser del sujeto.

Entonces, por pensar, por hablar, pierdo el ser. Por eso Lacan (1966) en sus Escritos hace una crítica al axioma cartesiano al decir: «Pienso dónde no soy, luego soy dónde no pienso», y si el amor me da “ser”, responde mi pregunta por el ser, entonces “soy allí donde no pienso”, es decir, “soy allí donde amo”, con la connotada consecuencia: “allí donde yo amo, no pienso”; por eso los amantes pierden la cabeza, pierden la razón cuando aman –el amor es lo más parecido a la locura–, y los enamorados se quejan de lo tontos que son, de lo bobos que son cuando se enamoran; se quejan de todas las tonterías que hacen una vez que recuperan la razón. Pensar y amar son pues antinómicos.


394. «La salud mental… no nos la creemos»

“La salud mental, seamos francos, no nos la creemos. Si, no obstante, hemos usado ese término, es porque nos ha parecido que podía mediar entre el discurso analítico y el discurso común, el de la masa” (Miller, 3013). En efecto, el psicoanálisis pone en cuestión este concepto, incluso llega a decir que ella, la salud mental, no existe, así se aspire a ella.

Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que “cada uno tiene su vena de loco” (Miller, 2013), incluidos, por supuesto, los psicoanalistas; por eso Miller (2013) dice que el psicoanalista está implicado en cada caso clínico. “Estamos dentro del cuadro clínico y no sabríamos descontar nuestra presencia ni prescindir de sus efectos. Tratamos, sin duda, de comprimir esa presencia, de esmerilar sus particularidades, de alcanzar el universal de lo que llamamos el deseo del analista (…) lavar las escorias remanentes que interfieren en la cura” (Miller).

En la antigüedad “a la salud mental se le llamaba sabiduría o virtud. Para establecerla, se la ponía en relación con el amor por el otro, con el amor por el Otro divino” (Miller, 2013). Por esta razón, la salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. “El dominio de la parte racional del alma toma hoy día la forma del discurso de la ciencia y es a través de la ciencia como el amo promueve la salud mental y se preocupa de protegerla, de restablecerla, de difundirla entre lo que se llaman las poblaciones” (Miller).

El paradigma de la ciencia es pensar que hay una concordancia del sujeto con lo real, que su mente y su cuerpo pueden armonizar con su mundo, olvidando por completo lo que Freud denominó «malestar en la cultura». “Desde Freud, ese malestar ha crecido en tales proporciones que el amo ha tenido que movilizar todos sus recursos para clasificar a los sujetos según el orden y los desórdenes de esta civilización. Ahora es como si la enfermedad mental estuviera por todos lados; en todos los casos, lo psy se ha convertido ya en un factor de la política” (Miller, 2013). El discurso del amo ha penetrado la dimensión psy, lo mental, de tal modo que “el acceso a los psicotropos está ya ampliamente conseguido y la psicoterapia se expande en sus modos autoritarios” (Miller).

Este dominio, que ayer escapaba en gran parte a los gobiernos, es objeto ahora de regulaciones con exigencias cada vez más grandes. Eso va paralelo al reconocimiento público del psicoanálisis pero con la intención, aunque sea desconocida para sus promotores, de desvirtuarlo. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller, 2013). El sujeto es el primero en protestar contra el malestar en la civilización, y en el momento de acudir al discurso analítico, “este discurso se pondrá en marcha para él solo: para él, el Uno solo, como decía Lacan, separado de su trabajo, de su familia, de sus amigos y de sus amores. Lo que el sujeto encuentra en el psicoanálisis es su soledad y su exilio” (Miller).

Para el psicoanálisis solo existe el Uno solo. “Un psicoanálisis comienza por ahí, por el Uno solo, cuando uno no tiene más remedio que confesarse exiliado, desplazado, indispuesto, en desequilibrio en el seno del discurso del Otro” (Miller, 2013), del discurso del amo. Al final del análisis se espera que el sujeto ya no sea más un incauto, un ingenuo respecto de su inconsciente y sus artificios, y que el síntoma, “una vez descargado de su sentido no por eso deja de existir aunque bajo una forma que ya no tiene más sentido” (Miller). Esa es la única salud mental que el sujeto es capaz de conseguir.


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