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429. La sexualidad humana está perversamente orientada.

La función paterna recibe en Lacan una nueva lectura a partir de la noción de «père-versión», juego de palabras entre versión-del-padre y perversión. Con este equívoco Lacan quiere hacer saber que dicha versión-del-padre es una versión perversamente orientada, es decir, que el padre, en su goce más íntimo, en el uso que hace del fantasma masculino, la mujer se encuentra en el lugar del objeto a, objeto de goce del padre, objeto causa de su deseo. Así pues, el padre, en su goce íntimo, traiciona la versión-del-padre, la falsea, de tal manera que una “correcta” versión-del-padre, según la enseñanza de Lacan, es una versión perversamente orientada.

La perversión como estructura clínica pone en evidencia una sexualidad que no se dirige en el hombre hacia las mujeres. La perversión como estructura clínica pone en evidencia que para ese hombre el objeto de su deseo sexual no es una mujer. Una conducta perversa depende de una posición de juicio, en el sentido de un razonamiento, de razonamiento lógico. Así, la perversión sexual resulta de un juicio lógico que no admite la diferencia entre los sexos. Es un juicio lógico que desmiente la falta de falo en la mujer, que no admite que haya hombres y mujeres, que no admite que haya diferencia, que no admite que de un lado hay y de otro lado no hay.

La perversión es una forma de no reconocer la castración. La perversión es una versión de la sexualidad que desmiente la lógica de la diferencia sexual. En el fondo la perversión pone de manifiesto que el objeto sexual para el ser humano no necesariamente es otro individuo de su especie, que en el ser humano se puede hacer un catálogo de perversiones. Entre los animales la conducta sexual está perfectamente regulada y reglamentada por un instinto, por un saber, y no hay crímenes sexuales, ni “aberraciones” sexuales. La perversión pone de manifiesto que la sexualidad humana es una sexualidad atravesada por el lenguaje.

El fantasma regula la economía de goce de cada sujeto. El uso del fantasma evidencia que el sujeto en su relación al goce es un perverso. El fantasma pone en evidencia el hecho de que el sujeto se correlaciona con un objeto que es heterogéneo, que no es necesariamente un sujeto del sexo opuesto. Además, el objeto del fantasma es un objeto parcial, un resto de un cuerpo, un pedazo del cuerpo del otro. Puede ser un seno, la mirada, la voz, el excremento, etc.; ese es el objeto del fantasma. Y evidencia que la sexualidad humana está perversamente orientada, y eso, no porque el ser humano sea malo, sino porque en la sexualidad humana hay una falla fundamental, que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer; el fantasma viene a suplir esa no inscripción. Hay una multiplicidad de usos del fantasma: un uso perverso, un uso homosexual, un uso neurótico del fantasma. Y dentro del uso neurótico hay un uso “normal” del fantasma, a condición de que se escuche la palabra “normal” como “nor-mal”, norma-mal: es la norma “macho” (mâle) del fantasma. Es la que dice que un hombre toma como objeto del deseo a una mujer y en eso es “perversamente” orientado.


428. Coiteración: cuando un hombre hace el amor con una mujer.

Lacan (1971) le da una explicación lógica a la familia conyugal a partir del significante, pero él también da un paso más allá y dice que no hay que olvidar que el padre y la madre son un hombre y una mujer, y que entre ese hombre y esa mujer ha habido una “coiteración”, una relación sexual, un coito, y que de ese coito ha resultado una prole.

Si se tiene en cuenta al padre como hombre, entonces se llega a un abordaje diferente de cómo el padre puede asumir y no perturbar la transmisión del Nombre-del-Padre. Entonces, Lacan (1971) propone un abordaje que consiste en decir que un padre merece el respeto y merece el amor, no porque la madre lo ponga en un lugar ideal, sino porque ese padre como hombre hace de su mujer un objeto de deseo sexual. Es decir, que el padre usa de su mujer, o de una mujer: usa de esa mujer como objeto sexual de goce en el fantasma. Puede parecer un poco chocante que el padre use de su mujer como objeto de goce del fantasma, pero a nivel de la relación, del vínculo entre un hombre y una mujer, esto es fundamental. Para los seres humanos esto es lo mejor que puede ocurrir, porque se sabe que todo ser sexuado tiene una actividad sexual; es muy raro el ser sexuado que no hace uso de su sexo. Pero hay formas y formas de hacer uso del sexo. Se puede hacer un uso solitario o se puede hacer un uso compartido. En el uso compartido se puede hacer un uso entre los mismos, es decir, homosexual, o se puede hacer un uso reconociendo o admitiendo las diferencias, es decir, heterosexual. En el uso heterosexual, un hombre normalmente, para hacer el amor, tiene que tener una erección. No siempre el hombre tiene éxito, a veces no lo logra.

Por el psicoanálisis se sabe que un hombre cuando toma a una mujer en la relación sexual hace uso de un fantasma, es decir, que en su imaginación hay un elemento activo que participa en la causación de su deseo sexual. Este momento activo en la causación del deseo sexual no es la mujer que él toma normalmente; puede ser que esté imaginándose que está con otra, que toma a otra; puede ser que está imaginándose que toma a otro; en ese caso está con ella pero en su fantasma está con otro. Puede ser que se imagine que es un niño y que está activamente seducido por un adulto que puede ser una mujer o un hombre. Puede ser que se imagine que es la víctima de una enorme boa, un tigre, un lobo, un león. Puede ser que imagine simplemente que está frente a otro hombre que tiene una erección muy potente, etc. etc (Lacan, 1917).

En fin, la gama de fantasmas que procuran la excitación sexual es extensa y singular. Lo cierto es que cuando un hombre hace el amor con una mujer, no es para nada seguro que en su goce íntimo esté con ella. Es decir, que lo que define le goce íntimo del sujeto es la posición con un objeto en el fantasma. Así pues, el padre puede ser un perfecto casado, un perfecto señor padre, de traje y corbata, tener una señora a quien ama, pero en su sexualidad puede gozar de un objeto que no es su mujer, y es allí donde él, como hombre, estaría en un goce falseado con respecto a la Ley del Padre. Y es allí con su goce que estaría su posición de padre; y es allí donde él estaría fallando en la transmisión de la Ley, por el solo hecho de no tomar a su mujer como objeto de goce en su fantasma, lo cual siempre trae consecuencias en su vínculo con su mujer y su prole.


424. ¿Cómo diferenciar la sucesión de generaciones en la familia conyugal?

Para que haya transmisión del apellido de un padre a sus hijos, es necesario que haya transmisión del Nombre-del-Padre. El apellido puede ser trasmitido, por ejemplo, cuando el padre reconoce al hijo y lo inscribe en el registro civil como siendo su hijo legítimo, como quien portará su apellido. Cuando el hijo sea grande, se va a verificar si el padre le transmitió el apellido solamente o si ese apellido va sólidamente instalado en una transmisión simbólica fundamental que se llama «Nombre-del-Padre». Se verificará en la medida en que el hijo lo pueda transmitir o no; se verificará en la medida en que ese hijo, llegado el momento de responsabilizarse de su apellido, sabrá o no fundar un linaje o continuar la transmisión de ese linaje del apellido que recibió de su padre. Esto hace que la inscripción del apellido, registre al mismo tiempo una deuda simbólica en el sujeto que lo recibe y en el que ha habido una inscripción del Nombre-del-Padre.

Para diferenciar en este conjunto las generaciones, porque se puede tener siete generaciones en el conjunto de la familia Pérez González, ¿cómo diferenciar en el conjunto de la familia Pérez González cada generación? Se diferencian porque se pueden contar, para diferenciar una generación de otra es necesario saber contar y decir 1-2-3-4, lo que responde a un criterio de diferenciación matemática.

¿Qué es lo que permite simbólicamente pasar del 1 al 2, del 2 al 3, del 3 al 4? Es un problema de lógica formal. Parece muy simple pasar del 1 al 2, del 2 al 3, pero los lógicos matemáticos han verificado como detrás de esta simplicidad hay algo muy complejo y de lo cual se hicieron cargo de explicarlo formalmente, de producir los axiomas y las leyes de posibilidad de construcción de lo que se llama “la lógica del sucesor”. ¿Cómo se suceden los números del 1 al 2, del 2 al 3, del 3 al 4? Frege, un lógico del siglo pasado, explicó formalmente las leyes de la sucesión matemática, es decir, explicó porque hay n+1 y cómo poder seguir de 1 a 2. La construcción de Frege lo lleva a interesarse en ese intervalo entre el 1 y el 2. ¿Que hay entre el 1 y el 2 para haya 3? Frege determinó que finalmente se puede decir que entre el 1 y el 2 hay un conjunto vacío, pero que este conjunto vacío, que no contiene ningún elemento, se puede hacer contar como 1. Entonces, entre el 1 y el 2 el conjunto vacío se cuenta como 1, lo que hace que se pueda pasar n+1. Es decir, que la explicación lógica de la ley del sucesor aritmético está fundada en la inscripción de una inexistencia que cuenta como 1. Dicho de otra manera, se le da al valor del 0 (cero) el poder de engendrar la sucesión de los números (Miller, 1977).

¿Por qué contar esta historia del cero y de los números y de n+1, si se está hablando de la familia? Por la simple razón de que, para diferenciar las generaciones, hace falta contarlas. Pero para que las generaciones puedan ser contadas es necesario que se cuente con este elemento que es un operador lógico, el del conjunto vacío que cuneta como uno. Y ¿cuál es la lógica de la familia, cuál es su operador? Es ese que se denomina Nombre-del-Padre. Porque el Nombre del Padre se inscribe como significante en el lugar en el que en el Otro no hay ningún significante. Es decir, que en el lugar donde no hay ningún significante para escribir una proporción sexual entre los sexos, se escribe un símbolo que permite diferenciar las generaciones entre sí.

Así se llega a una conceptualización mucho más ajustada de la familia conyugal. Se llega a una otra conceptualización que hace que se pueda, desde el discurso analítico, decir que en una familia hay hijos que saben que son hijos, que saben que se llaman así o asá, que saben lo que quieren, o que creen saberlo, y que, además, saben lo que quieren hacer cuando sean grandes. Y que además de saber lo que quieren hacer cuando sean grandes, como por ejemplo tener un proyecto, llegado el momento que puedan casarse, puedan enfrentarse con su sexualidad, con su paternidad y asumirla. Asumir las consecuencias de la sexualidad es asumir el niño que viene. Asumir la relación de amor, de deseo y asumir el goce sexual en la pareja. Se puede calibrar desde ya la inmensidad de ese proyecto, esa tremenda responsabilidad depende simplemente de la familia (Miller, 1977). Pero no se vaya a creer en la buena voluntad de la familia, ni que depende de los roles de papá y mamá, ni de la maldad del padre, ni de la simpatía de la madre, porque en esta historia los padres están sometidos a aquello que “no saben”. Eso mismo sucede a los hijos que resultan de esa relación. Todo va a jugarse a nivel de una lógica de cálculo que se puede comparar a algo que está escrito ya como una partitura. Está escrito antes de que cada ser humano nazca en ese lugar que lo espera al nacer. Es decir, cuando se dice el lugar que espera al sujeto al nacer, no es el pueblo ni la casa, aunque esté también en juego el pueblo y la casa; no es lo mismo nacer en un pueblo que en una ciudad o bajo un puente. Cuando se dice lugar, el psicoanálisis se refiere fundamentalmente al lugar del discurso de los padres y al lugar en el deseo de esos padres.


415. Sexuación y sexualidad masculina.

“Para Lacan la sexuación se definía por una identificación con el falo, de dos formas: o bien tener el falo, o bien ser el falo” (Brodsky, 2004). Así pues, los hombres se ubican mejor del lado de quienes tienen el falo; es una muy mala posición para ellos estar del lado de quien es el falo. Para las mujeres es una mala solución estar del lado de tener el falo; “le da mucho más resultado ser el falo” (Brodsky). El hombre que es el falo, se feminiza, y la mujer que tiene el falo, se masculiniza. Por tanto, “llamamos hombre o mujer a dos maneras de inscribirse en relación con el predicado fálico -que da por consecuencia dos estilos de goce-” (Brodsky).

Del lado masculino de las fórmulas de la sexuación, independientemente del sexo biológico y de las identificaciones imaginarias, el hombre es aquel que tiene el falo, lo cual lo deja mal parado: él lo tiene y por lo tanto lo puede perder. El paradigma de esta situación es el hombre soltero: aquel que está casado con el falo. Lacan va a llamar a esta relación del sujeto con su falo “el goce del idiota”, es decir, el goce masturbatorio, ese goce que está siempre al alcance de la mano (Brodsky, 2004). Es un goce que no requiere de mucho esfuerzo: no hay que pagarlo, no requiere de mucho trabajo, no hay que salir de la casa, ni cambiarse, ni peinarse, ni vestirse, etc.; el esfuerzo es mínimo. Se trata de un goce solitario, “del cual un hombre puede extraer -es totalmente frecuente- más satisfacción que de cualquier encuentro homo o heterosexual” (Brodsky).

Para que el hombre salga de este goce autoerótico, hay que prohibirlo, porque si no, el gran masturbador prescinde del Otro, el Otro no le interesa para nada (ética cínica). El hombre va a contar con el Otro, cuando sale a buscar el objeto a, el objeto causa de su deseo, el cual está en el campo de la mujer; por esta razón “el hombre nunca goza de la mujer, sino de una parte de su cuerpo” (Lacan, citado por Brodsky, 2004). Esto es decisivo en el encuentro con la mujer: es a partir de ese objeto a, de eso que se recorta del cuerpo de la mujer, que se hace posible el encuentro del hombre con una mujer. Es por esto que la mujer a veces siente que es tomada como un objeto, pero es lo mejor que le puede pasar: “porque si no la toman como objeto, no la toman por nada” (Brodsky). La posición más digna para la sexualidad masculina es la de pasar por el objeto pulsional, extraído del cuerpo de la mujer; el problema es que, siempre que se dispara el deseo por una parte de la mujer, el goce termina siendo goce del órgano. El hombre “nunca goza de la mujer, goza de su propio órgano, es lo que define la sexualidad masculina” (Brodsky).


413. La sexualidad y la familia no tienen nada de natural.

El psicoanálisis enseña claramente que la sexualidad humana no tiene nada de natural, y además, que hay una falla estructural en ella, es decir, hay una discordancia que es constitutiva de las relaciones entre los sexos. En otras palabras: el goce obtenido en la sexualidad es siempre menor que el esperado (Cevasco, como se citó en La Gaceta, 2014), además de que hombres y mujeres no son complementarios, no fueron hechos los unos para los otros: la proporción sexual no existe.

El psicoanálisis fue el primero en señalar que la sexualidad humana no tiene como meta la reproducción de la especie, meta que se ha considerado supuestamente como la meta “normal” de la sexualidad en los seres humanos; hoy ya sabemos que no es así: las parejas no solamente tienen sexo para reproducirse; fundamentalmente lo tienen para obtener una ganancia de placer, y se cuidan, cuando son responsables, de traer más hijos al mundo. Igualmente, el psicoanálisis enseña que “las elecciones sexuales son el resultado de un largo proceso singular, en su mayor parte inconsciente” (Cevasco, como se citó en La Gaceta, 2014), de tal manera que, cuando se elige una pareja, dicha elección responde a una serie de factores inconscientes que determinan dicha elección: el narcisismo (que el otro sea como yo, se parezca a mi); apuntalamiento en relaciones de objeto primarias (que el otro se parezca a mi madre o a mi padre); el lugar que viene a ocupar el otro en mi fantasía como objeto sexual (cómo gozo yo del otro, es decir, cómo alcanzo la satisfacción sexual con el otro tomado como objeto sexual: maltratándolo, humillándolo, pegándole, etc.).

De cierta manera, el modelo patriarcal que imperaba hasta los años sesenta, y que todavía funciona en muchos ámbitos, es el que ha determinado qué es lo normal en la sexualidad humana, de tal manera que “el patrón de normalidad se basaba en la hipótesis de que existe una atracción heterosexual ‘natural’, que además era normativizada, ordenada por el matrimonio, machista y cuyo fin era la procreación. Todo lo que se saliera de ese patrón -, aunque está claramente instalada la fisura- era mal visto, y llegaba a caer en el ámbito de las perversiones” (Cevasco, como se citó en La Gaceta, 2014).

Dicho modelo patriarcal y machista, redujo tres aspectos de la sexualidad humana que no se superponen: “el sexo anatómico, el género (lo que la sociedad espera de cada sexo) y lo que Lacan llamó la sexuación, (…) los modos particulares en los que cada sujeto goza” (Cevasco). El psicoanálisis enseña que la posición sexual del sujeto no está determinada ni por los genitales, ni los genes, ni las hormonas; la elección del sexo por parte del sujeto también responde a toda una serie de determinantes inconscientes, los cuales tienen que ver con los vínculos afectivos que el sujeto estableció con las personas significativas de su primera infancia (lo que Freud denominó «complejo de Edipo»)

Ahora, ese modelo patriarcal está en crisis, gracias a la relevancia que han alcanzado el deseo femenino y el deseo homosexual, es decir, el discurso de los derechos humanos. Por un lado, “a las luchas feministas, primero por la igualdad de oportunidades y después por su derecho a ser diferentes, se suman los adelantos de la ciencia: la aparición de los anticonceptivos movió a la mujer de su ‘destino’ de reproductora y le permitió enfrentarse a su deseo” (Cevasco, como se citó en La Gaceta, 2014); por otro lado, la comunidad LGTBI muestran cada día cómo no hay correspondencia entre el sexo y el género, y que “la identidad no se complementa con la anatomía” (Cevasco).

También la concepción de familia que tenía el modelo parental ha cambiado radicalmente. Basta con ver una serie como «Modern family» de Fox, para evidenciar cómo la familia contemporánea ya no se limita a papá, mamá e hijos. Hoy nos encontramos con madres y padres solteros, familias homoparentales y familias reconstituidas. “Mucha gente proclama el fin de la familia, niños psicóticos y varias ‘catástrofes’ más. Y no hay razón para ello. El psicoanálisis muestra que lo que un niño necesita de la familia es un lugar de deseo no anónimo, que lo espere, lo reconozca y lo ame… nada demuestra que una familia homoparental no pueda ofrecer ese lugar” (Cevasco, como se citó en La Gaceta, 2014).


401. Las mujeres son locas y los hombres son unos brutos.

Como la pareja del hombre -la cual hace síntoma en él- tiene la forma de fetiche (Miller, 1998), por esto Miller habla de “lo bruto de los hombres”, ya que ellos “sólo se prestan a la condición fetiche del goce, ese goce localizado en el Otro, en una mujer, pero no se dejan tocar por la condición erotomaníaca, por lo ilimitado de la demanda de amor que hay en cada una” (Dassen, 1998). Si los hombres son brutos, es porque le imponen a la mujer la forma fetiche de sus fantasías, la mujer reducida -como lo decía un paciente- “a un culo o a unas tetas”. El modo de gozar del hombre le exige a la mujer que “responda a un modelo y eso puede ir hasta la exigencia de un pequeño detalle, de un detalle pequeño a” (Miller). Esta “objetivación” de la mujer, hacer de ella un objeto de goce, ellas no lo soportan muy bien. ¿Por qué? Porque, así como el hombre está del lado del fetiche, la mujer está del lado de la erotomanía. “El modo de gozar de la mujer exige que su pareja le hable y le ame” (Miller, 1998). El amor de la mujer, y en general todo amor, está del lado del no-todo, del Otro en falta, por eso le demanda al hombre que le falte alguna cosa… ¡y que esa falta lo haga hablar!

Mientras el goce masculino puede sostenerse en silencio, el goce femenino está del lado de lo ilimitado; de ahí el papel central que tiene la demanda de amor en la sexualidad femenina (Miller, 1998). “La demanda de amor comporta en sí misma un carácter absoluto y una tendencia hacia el infinito (…), más allá de lo que pueda ofrecérsele como prueba” (Miller). De ahí que la mujer se la pase demandando dichas pruebas de amor -“¿Me quieres? ¿Sí me quieres? ¿Cuánto me quieres?, etc.”-. Es la forma erotomaníaca del amor femenino, “la de que el otro la ame” (Miller). De ahí la recriminación que hace el hombre a la mujer: “eres una pesada”, y la recriminación que le hace la mujer al hombre: “eres un monstruo”, ya que él “puede gozar sin palabras y sin amor” (Miller).

Por su demanda permanente, infinita, de amor, las mujeres parecen locas. Si las mujeres son locas es porque ellas tienen como pareja al Otro en falta. Lo dijo Lacan pero se corrigió diciendo que ellas no están del todo locas (Miller, 1998); locas sí, pero no psicóticas. Entonces, las mujeres son locas y los hombres son unos brutos, “embrutecidos por el detalle de su fantasma” (Miller). Así pues, el problema para la mujer es cómo ponerlo a hablar, cómo forzarlo a hablar, “en lugar de mirar televisión, leer el diario o ir al partido de fútbol. Las más inteligentes van con ellos al fútbol” (Miller).

Si el hombre no quiere ser embrutecido por una mujer, deberá tener en cuenta, entonces, que para amarla le es preciso hablar, y que si quiere gozar de ella, es necesario que la ame (Miller, 1998). Miller establece entonces, para la mujer, dos axiomas: “Para amar es preciso hablar” y “para gozar es preciso amar”.


399. Repetición y tyché.

La referencia esencial de la repetición es la escritura, y esta es la razón para que se pueda vincular el síntoma a la modalidad de la necesidad. El síntoma es definido entonces por Lacan como «lo que no deja de escribirse», lo cual permite captar la dimensión de la repetición en él, y hace necesaria la referencia a la escritura. La repetición, al igual que el inconsciente, también nos presenta dos caras: una simbólica y otra que es real. La repetición como retorno de lo reprimido es la vertiente simbólica de la repetición, que se funda en el automatón del inconsciente, o en el inconsciente automatón. La repetición en su vertiente real no tiene que ver con esta repetición simbólica, sino con la tyché (Miller, 2002).

La tyché tiene que ver con lo real como encuentro, es decir, con el trauma, y lo traumático de un sujeto es siempre algo inasimilable: el goce sexual. Precisamente, la repetición no es otra cosa que la huida del sujeto de ese real sexual que es inasimilable. A medida que el sujeto se aproxima a lo real, la repetición es una huida a fin de no encontrar ese real. Por eso Miller (2002) corrige, si se puede decir así, la definición de Lacan de lo real como lo que vuelve siempre al mismo lugar, diciendo que “…lo real es lo que vuelve al mismo lugar donde el sujeto, en tanto piensa, no lo encuentra, lo evita: esta en el mismo lugar en tanto el sujeto lo evita.” (p. 55).

El tratamiento de lo real por lo simbólico se hace con la interpretación. Y la interpretación necesita, primero, que la transferencia ya esté instalada en el dispositivo, y segundo, que el inconsciente haya tenido tiempo para realizarse, es decir que el inconsciente no se realiza de un solo golpe. El inconsciente necesita de una regularidad –las sesiones mismas del análisis– para que ocurra lo que se llama el acontecimiento imprevisto. Un acontecimiento imprevisto es un acontecimiento que importa, que no se borra, que transforma lo real en un saber; es el acontecimiento mismo del inconsciente, y a esto hay que darle tiempo para escucharlo (Dassen, 2000). El ritmo mismo de las sesiones de análisis, se da a partir de las irrupciones del inconsciente, es decir, que ese inconsciente, a partir de las escansiones, se va convirtiendo en un saber, un saber que cifra un goce particular: la realización sexual.

Una sesión orientada por lo real hace que un analista dirija el tiempo de la sesión. Pero las sesiones cortas no funcionan si el analista no puede leer los efectos de sus actos; las sesiones cortas no son tampoco un estándar, ni un ideal. Las sesiones cortas, dice Dassen (2000), tienen una estructura homóloga a la del inconsciente. Hay sujetos que necesitan un tiempo fijo de la sesión, y otros que necesitan ser movilizados gracias a las sesiones de duración variable –p. ej. En el caso de un obsesivo homeostático: hay que interferir esa homeostasis, reventar el goce masturbatorio del obsesivo, citándolo con cierta variabilidad–.


397. Lo real de la ciencia y lo real del psicoanálisis.

Lo real es la consecuencia de una articulación del saber de la ciencia, en la medida en que dicha articulación demuestra lo imposible de saber, demuestra los límites del saber. “En el uso que conocen de Lacan, lo real aparece como consecuencia de lo imposible” (Miller, 2002).

La ciencia admite que hay un saber en lo real, por eso se puede deducir que hay semblante en lo real, es decir, que a partir de un imposible determinado por los semblantes, se puede concluir: «hay» (Miller, 2002). Lo real se puede definir también como lo que no anda. A partir de esta definición podemos distinguir lo real de la ciencia y lo real del psicoanálisis. ¿Cuál es el real de la ciencia? Aquel que no tiene en cuenta las respuestas singulares de los sujetos. Es un real que niega las diferentes respuestas de los sujetos. El real de la ciencia es un real que pretende llevar leyes válidas para todos, leyes universales. El real del psicoanálisis es otro, pero no es un real que disputar con el de la ciencia, sino que es un real para establecer un diálogo con los científicos. Precisamente los psicoanalistas encuentran un lugar allí donde el discurso de la ciencia deja un resto. Así pues, el real que le interesa al psicoanálisis es el real vinculado al fracaso, al sufrimiento, aquello que no logra adaptación posible en el sujeto, y que en última instancia no es otra cosa que el sexo.

El trauma fundamental del sujeto es el lenguaje, debido a que las palabras no se acomodan al sexo. Se podría decir, entonces, que el psicoanálisis opera en una vía inversa a la de la ciencia; mientras que la ciencia ejecuta un saber universal, el psicoanálisis, en cambio, opera desde un no–saber: un no saber no inscrito en el inconsciente. El síntoma es la manifestación privilegiada del inconsciente y él está en el lugar de dicho no–saber sobre el sexo. El síntoma es un signo de ese desarreglo fundamental entre las palabras y el sexo. Por tal razón se podría decir que la represión primaria no es la represión de la sexualidad; la represión primaria está referida a que hay algo en el lenguaje que no alcanza nunca a nombrar algo. Hay un agujero en lo real: el sexo, y esto quiere decir que no hay inscripción del sexo en el inconsciente (Miller, 2002). El psicoanálisis apunta a eso que nunca va a ser nombrado.

El sujeto que lleva su análisis hasta las últimas consecuencias, deberá dar cuenta de que obtuvo un saber sobre ese real en juego en su cura, un real como resto de la operación analítica, pero ese saber, hay que advertirlo, no es sino semblante de lo real.


371. El concepto de desarrollo no es operativo en el psicoanálisis.

La historia en el psicoanálisis es una dimensión opuesta y diferente a la dimensión del desarrollo. Por eso Lacan (1981) critica fuertemente a una pretendida “mitología” –dice él– de la maduración instintual, “construida con trozos escogidos de la obra de Freud” (p. 251), y que presentan al psicoanálisis como una forma de psicología evolutiva o psicología del desarrollo, que subraya la evolución en el tiempo de la sexualidad infantil hasta la madurez de la etapa genital. Para Lacan, la síntesis final de la sexualidad, en un estadio del desarrollo psicosexual en el cual el sujeto llega a una relación madura con el objeto –descrita como relación genital–, no es posible. Por eso Lacan habla de una mitología de la maduración instintiva al referirse a esta lectura genetista de Freud que ha hecho la psicología del yo y la teoría de las relaciones objetales. Así pues, las etapas pregenitales no son momentos ordenados cronológicamente del desarrollo del niño, sino estructuras esencialmente intemporales que se ordenan retroactivamente sobre el pasado.

El desarrollo es un concepto que involucra una diacronía, es decir, el paso del tiempo. Pero Lacan le va a dar una primacía a la estructura, que involucra una sincronía, sobre el desarrollo. El asunto es que en la clínica, los pacientes, a través de su queja, nos conducen siempre al pasado. En el análisis se produce un retorno al pasado, lo que en ocasiones ha sido teorizado como «regresión». Si se entiende bien este concepto, lo que él está indicando es el retorno, el regreso del pasado, en la actualidad de la queja del analizante. Lo que hace el analizante en este momento, es ir a buscar la causa de su queja en el pasado. Y la causa tiene el nombre de «trauma» en el psicoanálisis, un trauma que habla del encuentro del sujeto con el goce.

¿Por qué el concepto de desarrollo no es operativo en el psicoanálisis? Miller (1998) responde así: “Primero, [la perspectiva del desarrollo] implica un progreso finalizado; es decir, tiene la idea de que el tiempo pasa y que el individuo debe llegar a un fin único. Segundo, supone una trayectoria normalizada típica; es decir, una predeterminación o, lo que podríamos llamar, en términos más contemporáneos, una programación. Tercero, supone una ampliación del menos al más. De tal manera que, Cuarto, nos hace pensar en términos de paradas y déficit. Quinto, supone la existencia, o está llevada a suponer, la existencia de estadios. Y, Sexto, se traduce siempre en el dominio de un ideal.” (p. 38).

Así pues, Lacan va a introducir el concepto de «historia» para hacer un crítica del concepto de «desarrollo». Él dirá que la historia sigue a contratiempo al desarrollo, es decir, retroactivamente. Esto es lo que hace posible que un hecho del pasado pueda ser resignificado en transcurso del tiempo. “El hecho cambia según el dicho”, nos enseña Miller (1991), de tal manera que, de lo que se trata en el psicoanálisis, es de la resignificación histórica de lo ocurrido en el pasado.


364. El deseo, ¿qué es?

¿Qué se puede decir sobre el deseo? El deseo es algo que hay que distinguir de la necesidad. Sobre la necesidad es poco lo que puede decir el psicoanálisis. La necesidad de comer, por ejemplo, se puede ver truncada por el deseo de salir a cumplir con una cita; el sujeto, entonces, deja de alimentarse para ir a cumplir, por ejemplo, con una cita amorosa. El deseo es un concepto complejo, del cual dice Freud que puede ser reprimido y realizarse en los sueños, y que puede modificarse en el análisis. Pero si hay algo que distingue el deseo freudiano, es que él es sexual, es decir, que todo deseo es originariamente sexual; en efecto, como la sexualidad del ser humano es objeto de una fuerte represión, a raíz de esto el sujeto pasará a desear aquello que se le prohíbe y que reprime.

Otra característica del deseo humano es que el sujeto no lo conoce, el sujeto no sabe muy bien, en todo momento, cuál es su deseo. Sólo en la experiencia analítica el deseo le puede ser revelado a un sujeto. Es el propósito de la interpretación freudiana: “…desalojar el deseo que habita en el síntoma, el lapsus, el sueño y el acto fallido” (Miller, 1998, p. 50). El deseo es, entonces, algo que está presente en las formaciones del inconsciente.

El deseo tiene dos vertientes, una imaginaria y otra simbólica. La vertiente imaginaria del deseo es la de la imagen, la imagen del otro especular, que desencadena, por ejemplo, el enamoramiento; en la medida en que percibo la imagen del otro como completa, eso desencadena mi deseo por ella. La vertiente simbólica es aquella que lo liga al Otro como deseo del Otro: el deseo es esencialmente deseo del deseo del Otro; se desea siempre lo que el Otro desea. En la experiencia analítica, el dispositivo no se basa en el manejo de la imagen. El éxito del análisis depende, en gran medida, en que esta dimensión imaginaria no está presente. “Se trata de captar el deseo en la experiencia analítica, sin desplegar el encanto de la imagen” (Miller, 1998, p. 51).

El deseo es más bien algo sin sustancia, evanescente, que depende profundamente de su reconocimiento, es decir, de que el Otro le de un lugar al deseo del sujeto. Entonces, a la pregunta ¿qué es el deseo?, la respuesta sería: el deseo es deseo de hacer reconocer el deseo. “El propio deseo no es nada más que el reconocimiento del deseo” (Miller, 1998. p. 55).


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