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432. Un nuevo nombre para el inconsciente.

La última enseñanza de Lacan propone un nombre nuevo para el inconsciente: «hablanteser» (parlêtre en francés). Se trata de un neologismo que Lacan introduce a partir de su seminario “Joyce el Síntoma”(Miller, 2015). ¿Esto cambia en algo al psicoanálisis en el siglo XXI? “El psicoanálisis cambia, es un hecho (…) Cambia de hecho, a pesar de que nosotros nos aferremos a palabras y a esquemas antiguos” (Miller). Así pues, psicoanalizar al parlêtre ya no es lo mismo que analizar el inconsciente freudiano, al inconsciente estructurado como un lenguaje. Desde que Lacan empezó a hablar del síntoma como sinthome, ya estamos en la época del hablanteser. Esto “traduce un desplazamiento del concepto de síntoma del inconsciente al parlêtre” (Miller)

Mientras que el síntoma es una formación del inconsciente que está estructurado como un lenguaje, es decir, es una metáfora, un efecto de sentido inducido por la sustitución de un significante por otro, “el sinthome de un parlêtre es un acontecimiento de cuerpo, una emergencia de goce” (Miller, 2015). De todos modos, el síntoma del parlêtre hay que esclarecerlo todavía.

No se trata para nada de olvidar la estructura de lenguaje que tiene el síntoma como formación del inconsciente; así como “la segunda tópica de Freud no anula a la primera, hay una composición de una con otra. Del mismo modo, Lacan no vino a borrar a Freud, sino a prolongarlo” (Miller, 2015), prolongarlo con reinvención, con renovación. El paso que se da “del inconsciente al parlêtre” (Miller), es porque la metáfora se constituye en el envoltorio formal del sinthome, del acontecimiento de cuerpo. Recuérdese que lo reprimido retorna bajo la forma de la metáfora que es el síntoma; es un cifrado que se puede descifrar, pero “la operación de este cifrado trabaja para el goce que afecta al cuerpo” (Miller).


431. «¿Qué representa la omnipresencia del porno a comienzos de este siglo?»

Freud inventó el psicoanálisis bajo la égida de la reina Victoria (Miller, 2005), es decir, a finales del siglo XIX, en el que la represión de la sexualidad era lo propio de esa época; por esta razón, nadie hablaba de la sexualidad humana, era un tema absolutamente indecoroso. Un siglo después, lo que se observa es “la difusión masiva de lo que se llama el porno y que es el coito exhibido, hecho espectáculo, show accesible para cada cual en internet con un simple clic del ratón” (Miller). Se ha pasado, entonces, de la prohibición de la sexualidad al permiso, la incitación, la provocación y el forzamiento de la sexualidad. “¿Qué es el porno sino un fantasma filmado con la variedad apropiada para satisfacer los apetitos perversos en su diversidad?” (Miller).

La exacerbación de la pornografía en el siglo XXI es un fenómeno que afecta la vida sexual de los seres humanos hoy. Así pues, los masturbadores ya no necesitan dedicarse a fantasear las escenas sexuales que los excitan, ya que las encuentran ya realizadas en Internet (Miller, 2005). Con relación a la pornografía, el hombre sigue siendo el sexo débil; él cede con mayor facilidad a eso. ¿Y las mujeres? Ellas más bien se quejan de descubrir a sus hombres interesados en ver pornografía; una paciente me decía: “mi marido prefiere ver porno y toquetearse a estar conmigo”; ¿traición o una diversión sin consecuencias? (Miller).

Así pues, en la era de la tecnología la copulación ya no es un asunto privado; el bombardeo de pornografía alimenta las fantasías particulares de cada sujeto, y sin ninguna regulación. “La escopia corporal funciona en el porno como provocación a un goce destinado a saciarse en la modalidad del plus de gozar, modo transgresivo respecto a la regulación homeostática y precario en su realización silenciosa y solitaria” (Miller, 2005). Esta difusión global de la pornografía, gracias al Internet, no deja de tener efectos en los sujetos contemporáneos, efectos que ya se dejan escuchar en los consultorios de los psicoanalistas. “¿Qué dice, qué representa la omnipresencia del porno a comienzos de este siglo? Que la relación sexual no existe, ninguna otra cosa” (Miller). ¿Qué significa que la relación sexual no existe? Pues que los hombres no están hechos para las mujeres y las mujeres para los hombres. Ese “espectáculo incesante y siempre disponible” (Miller) de la pornografía da cuenta de esa ausencia de proporción entre los sexos, cuyas consecuencias en las costumbres de las jóvenes generaciones son el “desencanto, brutalización, banalización” (Miller) de las relaciones sexuales, al punto de llevarlas a ser algo absolutamente superficial y hasta insípido.

¿Cómo responder, entonces, a este advenimiento exacerbado de la pornografía en la red? “Ésta no es –¡quién podría pensarlo!– la solución de los callejones sin salida de la sexualidad” (Miller, 2005). Como síntoma bajo el imperio de la técnica exige del psicoanálisis una interpretación.


430. Lo que permite poder asumirse como un sujeto deseante.

En el uso del fantasma masculino, la mujer se encuentra en el lugar del objeto, objeto de goce del hombre. Así pues, el ser hablante que resulta como producto del encuentro sexual –el hijo–, tendrá la posibilidad o no de inscribirse como sujeto, es decir, de abonarse o no al inconsciente, de determinarse con respecto a la función fálica y la castración, sin la cual no podrá identificarse al tipo de ideal de su sexo –llegar a ser hombre o mujer–, ni responder a las necesidades de su compañero en la relación sexual cuando consiga un partenaire, o recibir con justeza las del niño que se procreará.

Todo eso será posible si la familia, como formación humana, vehiculizada por el discurso y el lenguaje, tiene como función inminente, y no contingente, la transmisión, a los hijos, de una posición subjetiva y de un deseo que no sea anónimo. Un deseo que sea subjetivado y sostenido por el sujeto como un yo –“yo deseo”– no siempre se lo logra, ya que esa transmisión depende de la posición subjetiva de los padres. Así pues, el neurótico que se dirige a un psicoanalista, ya sea en su infancia o en su edad adulta, vendrá a trabajar en un análisis para encontrar la solución de su deseo, por eso no cesará de hablar de su familia y esto durará todo el tiempo que sea necesario, hasta que la solución de su deseo cese de no escribirse.

Con relación a la función paterna, habrá que tener siempre en cuenta la posibilidad de que el padre adopte una posición de impostura, sobre todo cuando el padre se identifica al educador, al policía o al militar. Es la identificación del sujeto al lugar que ocupa o al rol que cumple dentro de la sociedad: es el caso de un policía que se identifica con su función y entonces es policía las 24 horas del día, afuera y adentro de su círculo familiar, en la ciudad y en la casa. En este caso se tiene un padre que identificado a la función, desmerece dicha función, porque ningún hombre, ningún sujeto está en condiciones de identificarse a la función sin mostrar lo irrisorio y la impostura de esa función. El lugar de la ley como lugar de la enunciación es un lugar al cual nadie puede equipararse. Es un lugar que vale en la enunciación como lo vale la existencia y lugar que se le asigna a Dios. ¿Qué sujeto que se identifica a Dios y que dice “yo soy Dios”, no está desmereciendo su posición y mostrando el ridículo de su identificación?

Normalmente la ley del padre no es un ejercicio de represión del padre, porque precisamente, el ejercicio represor del padre es lo que hace que el niño llegue a tener una dificultad para asumir su propio deseo. La ley del padre es una garantía simbólica, es decir, que es un asiento simbólico para el sujeto; es algo que recibe en lo que se le transmite y que le permite poder asumirse como deseante. En la metáfora paterna están inscritas las condiciones de posibilidad del deseo para el niño, y las condiciones de posibilidad del deseo dependen de que en esa relación del niño con la madre, estén presentes otros dos términos que hacen que esta relación pueda ser significada por el niño y articulada en lo simbólico a partir de esa función paterna. En lo simbólico la función se llama Nombre-del-Padre, y en lo imaginario esa significación que articula esta relación en el psicoanálisis recibe el nombre de «significación fálica». El falo no es el pene; el falo es una resultante en la significación de una estructura que hace que un niño, gracias a esa significación, pueda suponer que más allá de él, la madre desea otra cosa. Porque si todo el deseo de la madre recae sobre el niño como objeto de deseo, eso aprisiona al niño en una posición en la cual le es muy difícil sostenerse como deseante.


429. La sexualidad humana está perversamente orientada.

La función paterna recibe en Lacan una nueva lectura a partir de la noción de «père-versión», juego de palabras entre versión-del-padre y perversión. Con este equívoco Lacan quiere hacer saber que dicha versión-del-padre es una versión perversamente orientada, es decir, que el padre, en su goce más íntimo, en el uso que hace del fantasma masculino, la mujer se encuentra en el lugar del objeto a, objeto de goce del padre, objeto causa de su deseo. Así pues, el padre, en su goce íntimo, traiciona la versión-del-padre, la falsea, de tal manera que una “correcta” versión-del-padre, según la enseñanza de Lacan, es una versión perversamente orientada.

La perversión como estructura clínica pone en evidencia una sexualidad que no se dirige en el hombre hacia las mujeres. La perversión como estructura clínica pone en evidencia que para ese hombre el objeto de su deseo sexual no es una mujer. Una conducta perversa depende de una posición de juicio, en el sentido de un razonamiento, de razonamiento lógico. Así, la perversión sexual resulta de un juicio lógico que no admite la diferencia entre los sexos. Es un juicio lógico que desmiente la falta de falo en la mujer, que no admite que haya hombres y mujeres, que no admite que haya diferencia, que no admite que de un lado hay y de otro lado no hay.

La perversión es una forma de no reconocer la castración. La perversión es una versión de la sexualidad que desmiente la lógica de la diferencia sexual. En el fondo la perversión pone de manifiesto que el objeto sexual para el ser humano no necesariamente es otro individuo de su especie, que en el ser humano se puede hacer un catálogo de perversiones. Entre los animales la conducta sexual está perfectamente regulada y reglamentada por un instinto, por un saber, y no hay crímenes sexuales, ni “aberraciones” sexuales. La perversión pone de manifiesto que la sexualidad humana es una sexualidad atravesada por el lenguaje.

El fantasma regula la economía de goce de cada sujeto. El uso del fantasma evidencia que el sujeto en su relación al goce es un perverso. El fantasma pone en evidencia el hecho de que el sujeto se correlaciona con un objeto que es heterogéneo, que no es necesariamente un sujeto del sexo opuesto. Además, el objeto del fantasma es un objeto parcial, un resto de un cuerpo, un pedazo del cuerpo del otro. Puede ser un seno, la mirada, la voz, el excremento, etc.; ese es el objeto del fantasma. Y evidencia que la sexualidad humana está perversamente orientada, y eso, no porque el ser humano sea malo, sino porque en la sexualidad humana hay una falla fundamental, que es la no inscripción simbólica de la relación entre el hombre y la mujer; el fantasma viene a suplir esa no inscripción. Hay una multiplicidad de usos del fantasma: un uso perverso, un uso homosexual, un uso neurótico del fantasma. Y dentro del uso neurótico hay un uso “normal” del fantasma, a condición de que se escuche la palabra “normal” como “nor-mal”, norma-mal: es la norma “macho” (mâle) del fantasma. Es la que dice que un hombre toma como objeto del deseo a una mujer y en eso es “perversamente” orientado.


428. Coiteración: cuando un hombre hace el amor con una mujer.

Lacan (1971) le da una explicación lógica a la familia conyugal a partir del significante, pero él también da un paso más allá y dice que no hay que olvidar que el padre y la madre son un hombre y una mujer, y que entre ese hombre y esa mujer ha habido una “coiteración”, una relación sexual, un coito, y que de ese coito ha resultado una prole.

Si se tiene en cuenta al padre como hombre, entonces se llega a un abordaje diferente de cómo el padre puede asumir y no perturbar la transmisión del Nombre-del-Padre. Entonces, Lacan (1971) propone un abordaje que consiste en decir que un padre merece el respeto y merece el amor, no porque la madre lo ponga en un lugar ideal, sino porque ese padre como hombre hace de su mujer un objeto de deseo sexual. Es decir, que el padre usa de su mujer, o de una mujer: usa de esa mujer como objeto sexual de goce en el fantasma. Puede parecer un poco chocante que el padre use de su mujer como objeto de goce del fantasma, pero a nivel de la relación, del vínculo entre un hombre y una mujer, esto es fundamental. Para los seres humanos esto es lo mejor que puede ocurrir, porque se sabe que todo ser sexuado tiene una actividad sexual; es muy raro el ser sexuado que no hace uso de su sexo. Pero hay formas y formas de hacer uso del sexo. Se puede hacer un uso solitario o se puede hacer un uso compartido. En el uso compartido se puede hacer un uso entre los mismos, es decir, homosexual, o se puede hacer un uso reconociendo o admitiendo las diferencias, es decir, heterosexual. En el uso heterosexual, un hombre normalmente, para hacer el amor, tiene que tener una erección. No siempre el hombre tiene éxito, a veces no lo logra.

Por el psicoanálisis se sabe que un hombre cuando toma a una mujer en la relación sexual hace uso de un fantasma, es decir, que en su imaginación hay un elemento activo que participa en la causación de su deseo sexual. Este momento activo en la causación del deseo sexual no es la mujer que él toma normalmente; puede ser que esté imaginándose que está con otra, que toma a otra; puede ser que está imaginándose que toma a otro; en ese caso está con ella pero en su fantasma está con otro. Puede ser que se imagine que es un niño y que está activamente seducido por un adulto que puede ser una mujer o un hombre. Puede ser que se imagine que es la víctima de una enorme boa, un tigre, un lobo, un león. Puede ser que imagine simplemente que está frente a otro hombre que tiene una erección muy potente, etc. etc (Lacan, 1917).

En fin, la gama de fantasmas que procuran la excitación sexual es extensa y singular. Lo cierto es que cuando un hombre hace el amor con una mujer, no es para nada seguro que en su goce íntimo esté con ella. Es decir, que lo que define le goce íntimo del sujeto es la posición con un objeto en el fantasma. Así pues, el padre puede ser un perfecto casado, un perfecto señor padre, de traje y corbata, tener una señora a quien ama, pero en su sexualidad puede gozar de un objeto que no es su mujer, y es allí donde él, como hombre, estaría en un goce falseado con respecto a la Ley del Padre. Y es allí con su goce que estaría su posición de padre; y es allí donde él estaría fallando en la transmisión de la Ley, por el solo hecho de no tomar a su mujer como objeto de goce en su fantasma, lo cual siempre trae consecuencias en su vínculo con su mujer y su prole.


424. ¿Cómo diferenciar la sucesión de generaciones en la familia conyugal?

Para que haya transmisión del apellido de un padre a sus hijos, es necesario que haya transmisión del Nombre-del-Padre. El apellido puede ser trasmitido, por ejemplo, cuando el padre reconoce al hijo y lo inscribe en el registro civil como siendo su hijo legítimo, como quien portará su apellido. Cuando el hijo sea grande, se va a verificar si el padre le transmitió el apellido solamente o si ese apellido va sólidamente instalado en una transmisión simbólica fundamental que se llama «Nombre-del-Padre». Se verificará en la medida en que el hijo lo pueda transmitir o no; se verificará en la medida en que ese hijo, llegado el momento de responsabilizarse de su apellido, sabrá o no fundar un linaje o continuar la transmisión de ese linaje del apellido que recibió de su padre. Esto hace que la inscripción del apellido, registre al mismo tiempo una deuda simbólica en el sujeto que lo recibe y en el que ha habido una inscripción del Nombre-del-Padre.

Para diferenciar en este conjunto las generaciones, porque se puede tener siete generaciones en el conjunto de la familia Pérez González, ¿cómo diferenciar en el conjunto de la familia Pérez González cada generación? Se diferencian porque se pueden contar, para diferenciar una generación de otra es necesario saber contar y decir 1-2-3-4, lo que responde a un criterio de diferenciación matemática.

¿Qué es lo que permite simbólicamente pasar del 1 al 2, del 2 al 3, del 3 al 4? Es un problema de lógica formal. Parece muy simple pasar del 1 al 2, del 2 al 3, pero los lógicos matemáticos han verificado como detrás de esta simplicidad hay algo muy complejo y de lo cual se hicieron cargo de explicarlo formalmente, de producir los axiomas y las leyes de posibilidad de construcción de lo que se llama “la lógica del sucesor”. ¿Cómo se suceden los números del 1 al 2, del 2 al 3, del 3 al 4? Frege, un lógico del siglo pasado, explicó formalmente las leyes de la sucesión matemática, es decir, explicó porque hay n+1 y cómo poder seguir de 1 a 2. La construcción de Frege lo lleva a interesarse en ese intervalo entre el 1 y el 2. ¿Que hay entre el 1 y el 2 para haya 3? Frege determinó que finalmente se puede decir que entre el 1 y el 2 hay un conjunto vacío, pero que este conjunto vacío, que no contiene ningún elemento, se puede hacer contar como 1. Entonces, entre el 1 y el 2 el conjunto vacío se cuenta como 1, lo que hace que se pueda pasar n+1. Es decir, que la explicación lógica de la ley del sucesor aritmético está fundada en la inscripción de una inexistencia que cuenta como 1. Dicho de otra manera, se le da al valor del 0 (cero) el poder de engendrar la sucesión de los números (Miller, 1977).

¿Por qué contar esta historia del cero y de los números y de n+1, si se está hablando de la familia? Por la simple razón de que, para diferenciar las generaciones, hace falta contarlas. Pero para que las generaciones puedan ser contadas es necesario que se cuente con este elemento que es un operador lógico, el del conjunto vacío que cuneta como uno. Y ¿cuál es la lógica de la familia, cuál es su operador? Es ese que se denomina Nombre-del-Padre. Porque el Nombre del Padre se inscribe como significante en el lugar en el que en el Otro no hay ningún significante. Es decir, que en el lugar donde no hay ningún significante para escribir una proporción sexual entre los sexos, se escribe un símbolo que permite diferenciar las generaciones entre sí.

Así se llega a una conceptualización mucho más ajustada de la familia conyugal. Se llega a una otra conceptualización que hace que se pueda, desde el discurso analítico, decir que en una familia hay hijos que saben que son hijos, que saben que se llaman así o asá, que saben lo que quieren, o que creen saberlo, y que, además, saben lo que quieren hacer cuando sean grandes. Y que además de saber lo que quieren hacer cuando sean grandes, como por ejemplo tener un proyecto, llegado el momento que puedan casarse, puedan enfrentarse con su sexualidad, con su paternidad y asumirla. Asumir las consecuencias de la sexualidad es asumir el niño que viene. Asumir la relación de amor, de deseo y asumir el goce sexual en la pareja. Se puede calibrar desde ya la inmensidad de ese proyecto, esa tremenda responsabilidad depende simplemente de la familia (Miller, 1977). Pero no se vaya a creer en la buena voluntad de la familia, ni que depende de los roles de papá y mamá, ni de la maldad del padre, ni de la simpatía de la madre, porque en esta historia los padres están sometidos a aquello que “no saben”. Eso mismo sucede a los hijos que resultan de esa relación. Todo va a jugarse a nivel de una lógica de cálculo que se puede comparar a algo que está escrito ya como una partitura. Está escrito antes de que cada ser humano nazca en ese lugar que lo espera al nacer. Es decir, cuando se dice el lugar que espera al sujeto al nacer, no es el pueblo ni la casa, aunque esté también en juego el pueblo y la casa; no es lo mismo nacer en un pueblo que en una ciudad o bajo un puente. Cuando se dice lugar, el psicoanálisis se refiere fundamentalmente al lugar del discurso de los padres y al lugar en el deseo de esos padres.


421. El atravesamiento del fantasma.

¿Qué “lleva” el fantasma fundamental?, se pregunta Lacan (1977). Responde: “Esto que lleva el fantasma tiene dos nombres, que conciernen a una y misma sustancia… el deseo y la realidad”. Esto se puede representar con la banda de Moebius. La realidad la define Lacan justamente como aquello que está “listo para llevar” en el fantasma. El deseo no es otra cosa que la esencia de esa realidad, la cual tiene por función cubrir a dicho deseo.

¿En qué consistiría el atravesamiento del fantasma? El atravesamiento del fantasma es su construcción. Esto significa que atravesar el fantasma implica llegar hasta un punto en que el sujeto construye, extrae un saber sobre su relación con el objeto que le sirve para realizar su fantasma, el objeto a. O para decirlo de otra manera, llegar a saber la forma que él, como sujeto, ha elegido para responder a la falta del Otro, al deseo del Otro, a la castración del Otro, o si se quiere, extraer un saber sobre la manera como el sujeto hace una recuperación del goce perdido, su plus de goce.

El atravesamiento del fantasma implica la caída del objeto a, su separación, lo que tiene como consecuencia un reconocimiento de la castración del Otro, y por lo tanto, de la propia. Reconocer la castración del Otro y extraer un saber sobre la manera como ha respondido el sujeto a ella: he ahí, sobre todo con este segundo paso, lo que se denomina, en una primera aproximación, el atravesamiento y construcción del fantasma fundamental. Es así además como se cumple con la tarea de todo análisis: hacer un tratamiento de lo real por lo simbólico; tratar de que el sujeto le dé nombre, en su fantasma fundamental, al objeto a, objeto en el que condensa lo real de un goce, y con el que tiene la más íntima relación. Construir el fantasma que ya estaba, es nombrarlo, así sea de una manera mítica, ficticia, para sacarlo un poco a la luz y darle la existencia simbólica que no tenía en lo real.

El objeto a, dice Lacan (1977), tiene desde el origen una relación fundamental con el Otro. Él es el resultado de dos operaciones lógicas. Lacan se apoya en los círculos de Euler para representar esas operaciones: 1) la reunión es la ligazón del sujeto al Otro. 2) la intersección es la operación que define al objeto a. El a es la intersección:

 

Estas dos operaciones son también necesarias para explicar el surgimiento del sujeto. Son operaciones de la realización del sujeto en su dependencia significante al Otro. El Otro aquí es determinante. Lacan llamará, más adelante en su seminario XIV, a la primera operación, alienación, y a la segunda, separación. La alienación es el hecho de que el sujeto está condenado a surgir en el campo del Otro. La separación es la búsqueda, por parte del sujeto, de esa parte de sí mismo para siempre perdida. El objeto a es el resultado de esas dos operaciones lógicas, las cuales, insiste Lacan, deben ser dos.


419. Objeto «a» minúscula.

Hacerse una idea de lo que es el objeto a puede tener su dificultad, ya que se trata de un concepto de difícil aprehensión, muy abstracto, una ficción lacaniana. De él se puede decir que hace parte del cuerpo, pero no es especularizable. “El término nos aparecerá mucho menos emparentado con el dominio de lo imaginario. Lo imaginario que se engancha se acumula ahí, el objeto a es de otro estatuto” (Lacan, seminario XIV). Si un sujeto se va a buscar su objeto a en la especularidad de la imagen en el espejo, su cuerpo como totalidad aparecerá allí reflejado, excepto el objeto a. Al cuerpo como completud imaginaria le faltará el a. El objeto a es un valor lógico que resulta, dice Lacan, de una operación de estructura lógica, efectuada no sobre lo viviente mismo, no sobre el cuerpo del sujeto. Es una entidad que del cuerpo no es aprehendida pero que sin embargo se presta a una operación, a una separación de carácter lógico, y que Lacan intentará determinar en el Seminario XIV.

“Es el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, estas piezas separables, sin embargo profundamente religadas al cuerpo, he ahí de lo que se trata en el objeto a”. Se podría decir que el objeto a se encuentra entre el sujeto y el Otro. El objeto a, en un primer momento, es del Otro, lo aporta el Otro. El sujeto se lo amputa al Otro, en tanto que se trata de un objeto que del Otro se puede separar. En un segundo momento, el objeto a se lo encuentra en medio del sujeto y del Otro. Lacan dirá que para hacer el a hace falta lo “listo para proveerlo”, lo “listo para llevar” (prêt-à-porter). Es un objeto que el Otro provee y que el sujeto se lleva consigo; un objeto que está como servido sobre la mesa y que el sujeto no tiene más que hacer que alcanzarlo con sus manos, embolsillárselo.

Para que el sujeto pueda hacer el fantasma hace falta lo “listo para llevarlo” (Lacan, seminario XIV). Hecho el fantasma, el sujeto puede emplearlo para hacer uso del objeto a, gozar de él, con el fin de recuperar el goce perdido que dicho objeto encarna. Por ejemplo, supongamos que el Otro presenta lo “listo para llevar” de la siguiente manera, el Otro se presenta así: “te manipulo”. El sujeto que está “listo para llevarlo” toma esto en su fantasma así: “soy manipulado”. Este no es un buen ejemplo de lo que es un fantasma fundamental, pero así funciona la lógica del fantasma. El Otro se puede presentar de muchas otras formas, pero lo sustancial aquí es que el objeto a es esencial a la estructura del fantasma y a su lógica. El objeto a es estructurante del fantasma fundamental del sujeto, o sea aquello de lo que depende la posición subjetiva del sujeto y la manera de hacerse a un goce particular, su plus de goce: hacerse manipular, hacerse maltratar, hacerse pegar, etc.


418. Fantasma fundamental.

El fantasma fundamental es en la teoría psicoanalítica la manera como el sujeto se las arregla con el goce, es decir, cómo se las arregla con su particular manera de hacerse a una satisfacción sexual, asunto este que es fundamental en la vida de cada ser humano. Para decirlo de otra manera, se trata, con el fantasma fundamental, de la forma como un sujeto se la va a pasar, en el transcurso de su vida, tratando de recuperar el goce que se pierde por su ingreso en lo simbólico. Para todo hablanteser el goce esta radicalmente perdido; por hablar ya estamos en falta.

Ese intento de recuperación del goce perdido por parte del sujeto, inaugura una repetición, sobretodo y en tanto que dicha repetición es un intento fallido: el intento por recuperar ese goce fracasa cada vez, fracasa siempre que se lo busca. Hay algo radicalmente perdido, por eso se repite una y otra vez esa experiencia de goce. El goce es aquí un imposible a recuperar y por lo tanto un real. Allí donde hallamos una repetición, algo que insiste en la vida de un sujeto, algo que no puede dejar de hacer (fumar, beber, pelear, comer en exceso, etc.), hay en juego un objeto, un objeto del que podemos decir que encarna la dimensión del goce del sujeto. Esto significa que en ese objeto se condensa dicho goce, por eso la escritura del fantasma fundamental es $ <> a.

El fantasma fundamental reúne en su fórmula dos términos que son heterogéneos. El fantasma es el resultado de la relación que esos dos términos, el sujeto y el objeto a, pueden llegar a tener. Son términos heterogéneos debido a la pertenencia de cada uno a dimensiones diferentes: el sujeto es de lo simbólico y el objeto tiene una dimensión real. La $ tachada o barrada representa la división del sujeto, división que habla de ese descubrimiento freudiano primordial: el inconsciente. El inconsciente divide al sujeto, lo “descompleta”, cada vez que aparece un síntoma sin saber su causa, o dice una barbaridad (un equívoco, un lapsus), u olvida algo que lo tiene “en la punta de la lengua”. El sujeto, lo sabemos, es el sujeto del inconsciente, es el sujeto engendrado por el significante. Si hay sujeto es a partir de que manipulamos significantes.

De lo que se trata en el fantasma fundamental es de lo siguiente: ver si ese sujeto barrado tiene un lazo, una conexión con esa otra cosa que se llama el objeto a; pero ¿Qué es el objeto a? Dice Lacan en su Seminario XIV: “a es un objeto del que extraigo la lógica del fantasma, que consistirá en determinar el estatuto de una relación lógica”. Entonces el estatuto lógico del fantasma está dado por el objeto a; el objeto a funda la lógica del fantasma.


416. Sexuación y posición femenina.

Lo que hace que una mujer se interese en un hombre es el falo. “Buscar el falo en el cuerpo del hombre es lo que hace del falo fetiche para la mujer” (Brodsky, 2004). Pero además de interesarse en el órgano, la mujer se interesa en las palabras de amor; es más, a veces solo quiere palabras de amor. Hay un efecto de goce sobre el cuerpo de la mujer producido por las palabras de amor. Ella obtiene goce de la palabra, “de las palabras de amor, se extrae goce en el cuerpo” (Brodsky).

“Esta capacidad de obtener goce, goce en el cuerpo a partir de las palabras de amor, es lo más típico de la posición femenina” (Brodsky, 2004), por eso la mujer le demanda tanto al Otro que le hable de amor. Ahora bien, como la mujer es tomada como un objeto, ¿de qué manera una mujer se convierte en objeto para el hombre? Aquí es donde se pone en juego la estrategia femenina de la mascarada; pero se trata de una estrategia en relación con el falo. Ella está del lado del que no lo tiene, por eso se puede colocar, imaginariamente, del lado del tener: “es una solución de la castración vía la identificación viril, es decir, hacerse a un tener” (Brodsky), lo cual la masculiniza.

La segunda solución de la mujer respecto del falo no es que lo tenga, sino que lo es: ser el falo; esta es propiamente la mascarada femenina. “La estrategia de la mascarada implica ser lo que el hombre desea. No es una estrategia del tener, es una estrategia del ser” (Brodsky, 2004). Si el hombre desea el falo, la estrategia de la mascarada es “aquí me tienes, soy el falo”. Es una estrategia de la mujer a partir del “no lo tengo”: es la famosa mujer fálica, la mujer que se viste de falo, y como el falo es el objeto de deseo, ella pasa a ser deseada por el hombre (Brodsky).

La otra estrategia de la mascarada es no jugarse del lado del “soy el falo”, sino del lado “soy el objeto”, el objeto a. “Son dos maneras de jugar el juego de la mascarada. “¿Quieres mi nuca?, soy tu nuca, acá me tienes”” (Brodsky, 2004). En esta posición, la mujer consiente ser el objeto del fantasma del hombre. Es así como ella obtiene el falo que no tiene: ubicándose como objeto del fantasma masculino. “Porque, finalmente, lo que está (en juego) en toda esta estrategia es cómo procurarse el falo” (Brodsky). Ella no lo tiene, quien lo tiene es el hombre, entonces “soy el falo” o “soy el objeto causa de deseo”, lo que es una estrategia para obtener el falo: mascarada femenina.

Pero Lacan no ubica la posición propiamente femenina ni del lado del ser, ni del lado del tener; tener y ser son estrategias vinculadas al falo. La posición propiamente femenina es la de la mujer desinteresada en el falo; la verdadera mujer es la que se ubica del lado del no tener, la que se reconoce castrada y no se interesa ni en tener, ni en ser, porque ser el falo es una estrategia para tenerlo, y la que se muestra como teniéndolo, se masculiniza, asusta al hombre y este sale corriendo. “Lacan ubica la posición femenina más allá del ser y más allá del tener” (Brodsky, 2004). Pero cuidado, porque cuando Lacan describe a una verdadera mujer “es mejor sacar un segundo de vida, porque no tiene nada de encantador. Es la ferocidad de la posición del no tener” (Brodsky).


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