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456. Amor y fantasma: el fantasma fundamental es como un hueso.

El fantasma fundamental es una fantasía primordial con la que el sujeto resuelve o responde a su particular manera de hacerse a una satisfacción sexual, satisfacción que no se reduce únicamente al coito. Este es uno de los grandes descubrimientos freudianos: que la sexualidad humana no se reduce a la genitalidad o la reproducción, no, sino que son muy variadas las formas que tiene el sujeto para encontrar una satisfacción de carácter sexual: fumar, beber, pelear, comer, defecar, mirar, oír, tocar, etc. Son innumerables los comportamientos del sujeto –casi siempre con un carácter repetitivo– en los que él, de manera consciente o inconsciente, encuentra una satisfacción sexual. ¿Por qué sexual? Porque el sujeto experimenta esa satisfacción en el cuerpo, en una zona erógena de su cuerpo, ya sea experimentando placer, o ¡dolor! Este sí es el gran descubrimiento de Freud: que el sujeto también encuentra una extraña satisfacción en el dolor, en el malestar, en el sufrimiento; por eso es tan difícil que el ser humano ¡pare de sufrir! El sujeto no puede dejar de hacer aquello que le causa un displacer y en lo que, a su vez, encuentra una satisfacción que es casi siempre inconsciente: no puede dejar de maltratar a sus padres, no puede dejar de pelearse con su pareja, no puede dejar de comer, de beber, de elegir personas que no le convienen, etc., etc. Y resulta que la búsqueda de esa satisfacción sexual en el sujeto, responde a ese fantasma fundamental.

El fantasma fundamental, a su vez, involucra un objeto: el objeto a minúscula, un objeto que el sujeto toma del Otro, separa del cuerpo del Otro: “Es el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, estas piezas separables, sin embargo profundamente religadas al cuerpo, he ahí de lo que se trata en el objeto a” (Lacan, seminario XIV), y es gracias a ese objeto que el sujeto alcanza la satisfacción sexual. Así pues, la “presencia del objeto a en el inconsciente permite sostener que el fantasma inconsciente siempre tiene, según la fórmula de Lacan, un pie en el Otro; pero no los dos, dado que a está desapegado del Otro” (Miller, 2011).

Ese fantasma, radicalmente inconsciente, se constituye, se forma en el momento en el que el sujeto pasa por su complejo de Edipo, en su primera infancia, es decir, que “en el origen mismo del fantasma se tiene una posición de amor” (Miller). Siempre habrá una historia amorosa detrás de todo fantasma fundamental, solo que esa historia amorosa el sujeto la transforma, haciéndola irreconocible en sus fantasías, “pero cuando se reconstituye la genealogía (del) fantasma, lo que se encuentra al inicio es una cuestión de amor” (Miller).

Veamos un claro ejemplo de esto: “Hay familias en las que el padre efectivamente golpea. Puede haber una familia en la que el padre golpea a los hijos y no a las hijas; por el contrario, las mima. Pues bien, que los golpeados sean los muchachos, las fascina. En consecuencia, ellas pueden verse llevadas a imaginar el goce de ser golpeadas como muchachos, y a preguntarse si ser golpeado no será de hecho una prueba de amor del padre, muy superior al hecho de ser mimado.” (Miller, 2011). Así pues, el fantasma fundamental es a la vez una escena, una escena que se construye a partir de una pregunta sobre el amor: una “historia de la que se desprende el recuerdo encubridor. Y para el sujeto esas imágenes perduran como un hueso; se le quedan atragantadas, permanecen con un carácter paradójico, escandaloso, incluso vergonzoso: quedan como lo real de esa elaboración simbólica” (Miller), elaboración que el sujeto hace de esa escena, de esa historia edípica primordial, escena que no falta en ningún sujeto que haya tenido vínculos afectivos con sus cuidadores.

Con el personaje de Sabina, en la película Un método peligroso, esto es clarísimo: su fantasma se constituye al lado de su padre (complejo de Edipo), un padre al que le gustaba pegarle nalgadas a sus hijos, y ella, Sabina, en lugar de sentir dolor, experimentaba mucho placer en medio del dolor (es lo que el psicoanálisis denomina goce), en el momento en que su padre le pegaba. Esta escena o fantasma va a determinar de manera radical la vida sexual de Sabina. Esa escena ella la va a reprimir por indecorosa, por eso, cuando sus impulsos sexuales reaparecen en su juventud, enferma gravemente con una serie de síntomas psíquicos (una histeria conversiva), los cuales se curan en el momento en que ella hace consciente esa escena primordial olvidada (reprimida), ese fantasma: la satisfacción que ella experimentaba cuando su padre le daba nalgadas.

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442. El proceso psíquico primario y secundario, y la compulsión demoníaca.

El carácter pulsional de la compulsión a la repetición tiene que ver, precisamente, con ese empuje que hace tender al organismo a satisfacer sus impulsos sexuales; en otras palabras, el concepto de pulsión es introducido por Freud para nombrar, en el ser humano, esos impulsos sexuales que lo habitan, en la medida en que estos no responden a ningún instinto. Las pulsiones sexuales tienen como fuente la excitación corporal de una zona erógena del cuerpo, y su fin es el alivio de la tensión que produce dicha excitación con la ayuda de un objeto (Laplanche & Pontalis, 1996).

Freud (1920) explica que la tarea del aparato psíquico consiste en ligar la excitación producida por las pulsiones que entran en operación en el proceso psíquico primario. Freud llama proceso psíquico primario a los procesos que ocurren en el inconsciente en los que la excitación producida por la tensión pulsional circula libremente. Así pues, los procesos que se despliegan en el inconsciente son radicalmente distintos de los que ocurren en los sistemas preconsciente y consciente; en el inconsciente las investiduras se trasfieren, se desplazan y se condensan de manera libre y fácilmente, cosa que no sucede en los otros dos sistemas. La tarea de ligar la excitación pulsional Freud la llamó proceso psíquico secundario. Entonces, en el proceso primario, “la energía psíquica fluye libremente, pasando sin trabas de una representación a otra según los mecanismos del desplazamiento y de la condensación” (Laplanche & Pontalis, 1996); en el proceso secundario, la energía es «ligada» a una representación, lo que la hace más estable y controlable, de tal manera que la satisfacción es aplazada, es decir, el alivio de la tensión es aplazado, lo cual permite al aparato psíquico evaluar las distintas vías probables para alcanzar la satisfacción pulsional. A esta última tarea del aparato psíquico es a lo que se la llama principio de realidad. (Laplanche & Pontalis, 1996). Freud (1920/1979) advierte  que “El fracaso de esta ligazón provocaría una perturbación análoga a la neurosis traumática; sólo tras una ligazón lograda podría establecerse el imperio irrestricto del principio de placer (y de su modificación en el principio de realidad). Pero, hasta ese momento, el aparato anímico tendría la tarea previa de dominar o ligar la excitación, desde luego que no en oposición al principio de placer, pero independientemente de él y en parte sin tomarlo en cuenta.” (Freud).

Resumiendo: si la tensión pulsional no se liga, esta tenderá a repetirse, más allá del principio del placer, y si se liga, pues se controla y se buscará suprimirla, bajo la égida del principio de realidad; en otras palabras: lo que no se puede recordar retorna bajo la forma de la repetición; hay algo que se repite en la vida del sujeto de lo cual él es, en la mayoría de los casos, inconsciente. Recuérdese que el principio del placer tiene como único objetivo aliviar la tensión producida en el aparato psíquico por la excitación pulsional, exitación que es vivida por el sujeto como displacentera –el displacer va ligado al aumento de las cantidades de excitación–; y el alivio de toda tensión experimentada en el cuerpo, siempre se percibirá como placentera –el placer va ligado a la disminución de dicha tensión–. Resulta pues claro que la compulsión a repetir los episodios del período infantil que han sido traumáticos y que han sido olvidados, nos enseña que “las huellas mnémicas reprimidas de sus vivencias del tiempo primordial no subsisten en su interior (en el del sujeto) en el estado ligado, y aun, en cierta medida, son insusceptibles del proceso secundario” (Freud, 1920), lo cual no es sino la emergencia de esa compulsión demoníaca.


338. El carácter del neurótico obsesivo.

El carácter, ese conjunto de cualidades propias de una persona, que la distingue por su modo de ser u obrar, es un tema que Freud desarrolló en su texto Carácter y erotismo anal (1908). Freud aborda allí tres rasgos del carácter del neurótico obsesivo -el orden, la avaricia y la terquedad- y explica cómo se forman éstos a partir de mecanismos psíquicos como las formaciones reactivas (expresión opuesta a la de un deseo reprimido que el sujeto evita expresar) y la sublimación (orientar la pulsión sexual hacia objetos de la cultura). El neurótico obsesivo, entonces, fue un sujeto que, en su infancia, gozaba de metas sexuales en la zona erógena del ano. Como las excitaciones provenientes de las zonas erógenas -como las del ano- se vuelven inutilizables para metas sexuales en nuestra civilización actual, se crean en la vida psíquica formaciones reactivas como la vergüenza, el asco y la moral -denominados por Freud diques psíquicos, en cuanto que se oponen a la activación de la satisfacción sexual pulsional- (Freud, 1976). Por tanto, en los rasgos de carácter que presentan los antiguos poseedores del erotismo anal, es decir, los neuróticos obsesivos, se verán los efectos de esas formaciones reactivas y la sublimación: orden, avaricia y terquedad.

Pero el orden, la avaricia y la obstinación no son las únicas características del neurótico obsesivo. También se caracteriza por la procrastinación (aplazar actividades que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes), la ubicuidad (querer presenciarlo todo) y la oblatividad (la entrega al deseo del Otro), que hace del obsesivo un sujeto que rebaja su deseo a la demanda del Otro, presentándose como muy complaciente -“le pertenezco”, “hay que cumplir con el patrón”-, o mejor, con una gran pasión por la esclavitud (García, 2007). Esto lo hace un trabajador leal, que gusta del trabajo forzado. Esto mismo es lo que hace que él espere la muerte del Amo, con la ilusión de que su vida recién comenzará cuando muera su jefe.

También el obsesivo suele renegar de la muerte; se suele sentir culpable de todo -es un sujeto muy moralista-; su deseo se suele manifestar como deseo de lo imposible (la imposible satisfacción del deseo del Otro); suele sostener una eterna deuda que no paga, y es cruel y déspota con las personas que ama; le cuenta sobremanera manifestar sus sentimientos, por eso parece tener un “corazón de piedra”; si manifiesta sus sentimientos, se presenta como un sujeto en falta, y si algo aterra al obsesivo, es mostrarse castrado, en falta. Por esta misma razón es que no reconoce fácilmente sus errores, presentándose terco y obstinado en sus argumentos -“yo tengo la razón, el que se equivoca eres tu”-. Suele ser también un sujeto narcisista y, por tanto, rechaza con vehemencia las diferencias -“los que no están conmigo, están contra mi”-. Sus preguntas existenciales se dirigen al ser y la muerte y, finalmente, la pregunta estructural del obsesivo bordea una imposibilidad lógica: “¿cómo ser padre sin matar a mi padre?” (García, 2007).


217. La pulsión es gramática del lenguaje.

La letra, dice Lacan en el seminario 21 Los nombres del padre, es en cierto modo inherente al pasaje a lo Real, de tal modo que a la letra, como a la escritura, hay que situarlas en el orden de lo real, y por lo tanto, comparten la falta de sentido -mientras que el sentido es simbólico, el sin-sentido es real-. La letra revela en el discurso lo que se llama la gramática, y la gramática es lo que del lenguaje sólo se revela en lo escrito. De aquí que Freud haya intuido que la pulsión es gramática. Cuando Freud quiere articular la pulsión, recurre a la gramática del lenguaje y lo que ella representa; él no puede hacer ninguna otra cosa más que pasar por la estructura gramatical. No es más que en el mundo de lenguaje donde la pulsión puede tomar su función dominante.

La pulsión va a ser presentada por Lacan como una trayectoria, como un circuito. En este circuito la pulsión se origina en una zona erógena, gira en torno al objeto y vuelve de regreso a la zona erógena. Las zonas erógenas son los lugares en el cuerpo donde la pulsión se hace presente. Este circuito está estructurado por las tres voces gramaticales: 1. la voz activa, que con el ejemplo de la pulsión escópica sería «ver». 2. la voz reflexiva, que alude al «verse», y 3. la voz pasiva, que indica el «ser visto». Los primeros dos tiempos, las voces activa y reflexiva, son autoeróticos, en la medida en que les falta un sujeto. Sólo en el tercer tiempo -la voz pasiva- en el que la pulsión completa su circuito, aparece, dice Lacan en el seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, “un sujeto nuevo”. Aunque el tercer tiempo del circuito pulsional es pasivo, la pulsión es esencialmente activa, razón por la cual Lacan describe el tercer tiempo no como «ser visto», sino como «hacerse ver». Incluso las fases que suponemos que son pasivas de la pulsión, como por ejemplo el masoquismo, suponen un gran esfuerzo activo.

Lacan, entonces, describe a la pulsión como una trayectoria que circunscribe el objeto, y esa trayectoria es, en última instancia, significante y simbólica. A esta cara significante de la pulsión se opone una cara real, que apunta directamente al goce. Lacan la ilustra con el ejemplo de la boca que se da un beso a sí misma, de tal manera que la verdadera finalidad de la pulsión es obtener la satisfacción, sin que importe para nada el objeto de la pulsión.


159. ¿Qué es la pulsión sexual?

La pulsión sexual se diferencia del instinto animal en cuatro aspectos fundamentales. Primero, en el objeto. Mientras que los animales siempre eligen como compañero sexual al sexo opuesto de la misma especie, en los seres humanos se observa una variedad de objetos sexuales: personas del mismo sexo en el caso de la homosexualidad, prendas de vestir en el fetichismo, niños en la pedofilia, ancianos en la gerontofilia, animales en la zoofilia, etc. Entonces, mientras que el impulso sexual animal tiene un objeto definido -el sexo opuesto de la misma especie-, la pulsión sexual humana no lo tiene; por esta razón se dice que «la pulsión es sin objeto». Segundo aspecto, la meta: la finalidad del comportamiento sexual animal es la reproducción de la especie, en cambio, en los seres humanos, si algo preocupa a las parejas sexualmente activas, es cómo evitar traer más niños al mundo. La meta de la pulsión sexual humana es, en términos de Freud, una ganancia de placer, es decir que la pulsión tiene como meta su propia satisfacción -es autoerótica-. Tercer aspecto: la fuente de la pulsión sexual. No es otra que el cuerpo, y más específicamente, las zonas erógenas del cuerpo. En los animales, la fuente de sus impulsos sexuales es, por supuesto, el instinto. Por último está el empuje: mientras que en los animales su conducta sexual está regulada por un ciclo -el ciclo de ovulación de las hembras-, en los seres humanos la pulsión sexual no es cíclica sino que su empuje es constante. La pulsión, entonces, es lo que sustituye al instinto en el ser humano.

La pulsión sexual también puede satisfacerse con los objetos de la cultura, lo cual no deja de ser paradójico. Esta es la razón por la que puedo decir, parodiando a Lacan en uno de sus seminarios: “no estoy haciendo el amor, estoy hablándoles a Uds. y hablarles puede darme el mismo goce que hacer el amor”. “Si no fuese así -dice Jacques-Alain Miller (1998)- sería incomprensible que tanta gente perdiese tanto tiempo con los objetos de la cultura. Tenemos que suponer que hacer o escuchar filosofía, hacer o ver esculturas, proporciona un goce profundo”.

Es con relación a la cultura que Freud introduce el concepto de sublimación. Él dirá que la pulsión sexual, es decir, el impulso sexual humano, si bien busca satisfacerse en una serie de objetos sexuales, puede también encontrar satisfacción en otros objetos, objetos que se encuentran en la cultura. La pulsión sexual puede, entonces, y gracias a la sublimación, sustituir a los objetos sexuales en los que se satisface, por otros objetos ya no sexuales y que se encuentran en la cultura: leer, pintar, estudiar, hacer música, etc, etc. Así pues “Los objetos de la cultura sustituyen a los puramente sexuales.” (Miller, 1998).


76. Pulsión sexual y adolescencia.

La pulsión es lo que sustituye al instinto en la criatura humana; es el nombre del impulso sexual en la medida en que la sexualidad humana no está regulada por el instinto, como sí sucede en los animales. La pulsión tiene como meta su propia satisfacción, la búsqueda de placer; no es así en los animales, cuyo instinto sexual tiene como fin la reproducción, lo que implica a su vez la relación con el sexo opuesto de la misma especie. La pulsión en el ser humano no tiene un objeto determinado, es decir que no es necesariamente con el sexo opuesto que ella se satisface; de aquí que la sexualidad en el género humano sea tan variada y extravagante: homosexualidad, pedofilia, sadomasoquismo, exhibicionismo, vouyerismo, fetichismo, etc.

No hay en el ser humano una única pulsión, sino que son varias, y se originan en el propio cuerpo; su fuente se puede localizar en las denominadas zonas erógenas: la boca, el ano, la piel, los genitales, los ojos, los oídos, etc.; por esta razón se dice que la pulsión es parcial o fragmentada.

En la adolescencia, a la cual se entra con la pubertad, es decir, con la aparición de los caracteres sexuales secundarios -cambia la voz, los genitales crecen, aparece el vello púbico, etc.-, la pulsión sexual se intensifica coincidiendo con los cambios que las hormonas producen en el cuerpo. En la pubertad convergen entonces, por un lado, lo pulsional, que es originariamente autoerótico: la pulsión encuentra su satisfacción en el propio cuerpo -chuparse el dedo o la masturbación son un buen ejemplo de esto- y por otro lado, lo amoroso: la demanda que tiene el adolescente de elegir a un compañero sexual a quien amar. La pulsión, entonces, es puesta al servicio del amor.

Todos los cambios psicológicos que se ponen en juego en la pubertad, se deben precisamente a la trascendencia que adquiere el aspecto sexual en este momento; los impulsos sexuales parciales -pulsión oral, anal, etc.- deberán reunirse bajo el mando de los genitales, y al mismo tiempo, se inicia el proceso de hallazgo y elección de un sujeto a quien desear y amar.


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