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401. Las mujeres son locas y los hombres son unos brutos.

Como la pareja del hombre -la cual hace síntoma en él- tiene la forma de fetiche (Miller, 1998), por esto Miller habla de “lo bruto de los hombres”, ya que ellos “sólo se prestan a la condición fetiche del goce, ese goce localizado en el Otro, en una mujer, pero no se dejan tocar por la condición erotomaníaca, por lo ilimitado de la demanda de amor que hay en cada una” (Dassen, 1998). Si los hombres son brutos, es porque le imponen a la mujer la forma fetiche de sus fantasías, la mujer reducida -como lo decía un paciente- “a un culo o a unas tetas”. El modo de gozar del hombre le exige a la mujer que “responda a un modelo y eso puede ir hasta la exigencia de un pequeño detalle, de un detalle pequeño a” (Miller). Esta “objetivación” de la mujer, hacer de ella un objeto de goce, ellas no lo soportan muy bien. ¿Por qué? Porque, así como el hombre está del lado del fetiche, la mujer está del lado de la erotomanía. “El modo de gozar de la mujer exige que su pareja le hable y le ame” (Miller, 1998). El amor de la mujer, y en general todo amor, está del lado del no-todo, del Otro en falta, por eso le demanda al hombre que le falte alguna cosa… ¡y que esa falta lo haga hablar!

Mientras el goce masculino puede sostenerse en silencio, el goce femenino está del lado de lo ilimitado; de ahí el papel central que tiene la demanda de amor en la sexualidad femenina (Miller, 1998). “La demanda de amor comporta en sí misma un carácter absoluto y una tendencia hacia el infinito (…), más allá de lo que pueda ofrecérsele como prueba” (Miller). De ahí que la mujer se la pase demandando dichas pruebas de amor -“¿Me quieres? ¿Sí me quieres? ¿Cuánto me quieres?, etc.”-. Es la forma erotomaníaca del amor femenino, “la de que el otro la ame” (Miller). De ahí la recriminación que hace el hombre a la mujer: “eres una pesada”, y la recriminación que le hace la mujer al hombre: “eres un monstruo”, ya que él “puede gozar sin palabras y sin amor” (Miller).

Por su demanda permanente, infinita, de amor, las mujeres parecen locas. Si las mujeres son locas es porque ellas tienen como pareja al Otro en falta. Lo dijo Lacan pero se corrigió diciendo que ellas no están del todo locas (Miller, 1998); locas sí, pero no psicóticas. Entonces, las mujeres son locas y los hombres son unos brutos, “embrutecidos por el detalle de su fantasma” (Miller). Así pues, el problema para la mujer es cómo ponerlo a hablar, cómo forzarlo a hablar, “en lugar de mirar televisión, leer el diario o ir al partido de fútbol. Las más inteligentes van con ellos al fútbol” (Miller).

Si el hombre no quiere ser embrutecido por una mujer, deberá tener en cuenta, entonces, que para amarla le es preciso hablar, y que si quiere gozar de ella, es necesario que la ame (Miller, 1998). Miller establece entonces, para la mujer, dos axiomas: “Para amar es preciso hablar” y “para gozar es preciso amar”.


399. Repetición y tyché.

La referencia esencial de la repetición es la escritura, y esta es la razón para que se pueda vincular el síntoma a la modalidad de la necesidad. El síntoma es definido entonces por Lacan como «lo que no deja de escribirse», lo cual permite captar la dimensión de la repetición en él, y hace necesaria la referencia a la escritura. La repetición, al igual que el inconsciente, también nos presenta dos caras: una simbólica y otra que es real. La repetición como retorno de lo reprimido es la vertiente simbólica de la repetición, que se funda en el automatón del inconsciente, o en el inconsciente automatón. La repetición en su vertiente real no tiene que ver con esta repetición simbólica, sino con la tyché (Miller, 2002).

La tyché tiene que ver con lo real como encuentro, es decir, con el trauma, y lo traumático de un sujeto es siempre algo inasimilable: el goce sexual. Precisamente, la repetición no es otra cosa que la huida del sujeto de ese real sexual que es inasimilable. A medida que el sujeto se aproxima a lo real, la repetición es una huida a fin de no encontrar ese real. Por eso Miller (2002) corrige, si se puede decir así, la definición de Lacan de lo real como lo que vuelve siempre al mismo lugar, diciendo que “…lo real es lo que vuelve al mismo lugar donde el sujeto, en tanto piensa, no lo encuentra, lo evita: esta en el mismo lugar en tanto el sujeto lo evita.” (p. 55).

El tratamiento de lo real por lo simbólico se hace con la interpretación. Y la interpretación necesita, primero, que la transferencia ya esté instalada en el dispositivo, y segundo, que el inconsciente haya tenido tiempo para realizarse, es decir que el inconsciente no se realiza de un solo golpe. El inconsciente necesita de una regularidad –las sesiones mismas del análisis– para que ocurra lo que se llama el acontecimiento imprevisto. Un acontecimiento imprevisto es un acontecimiento que importa, que no se borra, que transforma lo real en un saber; es el acontecimiento mismo del inconsciente, y a esto hay que darle tiempo para escucharlo (Dassen, 2000). El ritmo mismo de las sesiones de análisis, se da a partir de las irrupciones del inconsciente, es decir, que ese inconsciente, a partir de las escansiones, se va convirtiendo en un saber, un saber que cifra un goce particular: la realización sexual.

Una sesión orientada por lo real hace que un analista dirija el tiempo de la sesión. Pero las sesiones cortas no funcionan si el analista no puede leer los efectos de sus actos; las sesiones cortas no son tampoco un estándar, ni un ideal. Las sesiones cortas, dice Dassen (2000), tienen una estructura homóloga a la del inconsciente. Hay sujetos que necesitan un tiempo fijo de la sesión, y otros que necesitan ser movilizados gracias a las sesiones de duración variable –p. ej. En el caso de un obsesivo homeostático: hay que interferir esa homeostasis, reventar el goce masturbatorio del obsesivo, citándolo con cierta variabilidad–.


397. Lo real de la ciencia y lo real del psicoanálisis.

Lo real es la consecuencia de una articulación del saber de la ciencia, en la medida en que dicha articulación demuestra lo imposible de saber, demuestra los límites del saber. “En el uso que conocen de Lacan, lo real aparece como consecuencia de lo imposible” (Miller, 2002).

La ciencia admite que hay un saber en lo real, por eso se puede deducir que hay semblante en lo real, es decir, que a partir de un imposible determinado por los semblantes, se puede concluir: «hay» (Miller, 2002). Lo real se puede definir también como lo que no anda. A partir de esta definición podemos distinguir lo real de la ciencia y lo real del psicoanálisis. ¿Cuál es el real de la ciencia? Aquel que no tiene en cuenta las respuestas singulares de los sujetos. Es un real que niega las diferentes respuestas de los sujetos. El real de la ciencia es un real que pretende llevar leyes válidas para todos, leyes universales. El real del psicoanálisis es otro, pero no es un real que disputar con el de la ciencia, sino que es un real para establecer un diálogo con los científicos. Precisamente los psicoanalistas encuentran un lugar allí donde el discurso de la ciencia deja un resto. Así pues, el real que le interesa al psicoanálisis es el real vinculado al fracaso, al sufrimiento, aquello que no logra adaptación posible en el sujeto, y que en última instancia no es otra cosa que el sexo.

El trauma fundamental del sujeto es el lenguaje, debido a que las palabras no se acomodan al sexo. Se podría decir, entonces, que el psicoanálisis opera en una vía inversa a la de la ciencia; mientras que la ciencia ejecuta un saber universal, el psicoanálisis, en cambio, opera desde un no–saber: un no saber no inscrito en el inconsciente. El síntoma es la manifestación privilegiada del inconsciente y él está en el lugar de dicho no–saber sobre el sexo. El síntoma es un signo de ese desarreglo fundamental entre las palabras y el sexo. Por tal razón se podría decir que la represión primaria no es la represión de la sexualidad; la represión primaria está referida a que hay algo en el lenguaje que no alcanza nunca a nombrar algo. Hay un agujero en lo real: el sexo, y esto quiere decir que no hay inscripción del sexo en el inconsciente (Miller, 2002). El psicoanálisis apunta a eso que nunca va a ser nombrado.

El sujeto que lleva su análisis hasta las últimas consecuencias, deberá dar cuenta de que obtuvo un saber sobre ese real en juego en su cura, un real como resto de la operación analítica, pero ese saber, hay que advertirlo, no es sino semblante de lo real.


371. El concepto de desarrollo no es operativo en el psicoanálisis.

La historia en el psicoanálisis es una dimensión opuesta y diferente a la dimensión del desarrollo. Por eso Lacan (1981) critica fuertemente a una pretendida “mitología” –dice él– de la maduración instintual, “construida con trozos escogidos de la obra de Freud” (p. 251), y que presentan al psicoanálisis como una forma de psicología evolutiva o psicología del desarrollo, que subraya la evolución en el tiempo de la sexualidad infantil hasta la madurez de la etapa genital. Para Lacan, la síntesis final de la sexualidad, en un estadio del desarrollo psicosexual en el cual el sujeto llega a una relación madura con el objeto –descrita como relación genital–, no es posible. Por eso Lacan habla de una mitología de la maduración instintiva al referirse a esta lectura genetista de Freud que ha hecho la psicología del yo y la teoría de las relaciones objetales. Así pues, las etapas pregenitales no son momentos ordenados cronológicamente del desarrollo del niño, sino estructuras esencialmente intemporales que se ordenan retroactivamente sobre el pasado.

El desarrollo es un concepto que involucra una diacronía, es decir, el paso del tiempo. Pero Lacan le va a dar una primacía a la estructura, que involucra una sincronía, sobre el desarrollo. El asunto es que en la clínica, los pacientes, a través de su queja, nos conducen siempre al pasado. En el análisis se produce un retorno al pasado, lo que en ocasiones ha sido teorizado como «regresión». Si se entiende bien este concepto, lo que él está indicando es el retorno, el regreso del pasado, en la actualidad de la queja del analizante. Lo que hace el analizante en este momento, es ir a buscar la causa de su queja en el pasado. Y la causa tiene el nombre de «trauma» en el psicoanálisis, un trauma que habla del encuentro del sujeto con el goce.

¿Por qué el concepto de desarrollo no es operativo en el psicoanálisis? Miller (1998) responde así: “Primero, [la perspectiva del desarrollo] implica un progreso finalizado; es decir, tiene la idea de que el tiempo pasa y que el individuo debe llegar a un fin único. Segundo, supone una trayectoria normalizada típica; es decir, una predeterminación o, lo que podríamos llamar, en términos más contemporáneos, una programación. Tercero, supone una ampliación del menos al más. De tal manera que, Cuarto, nos hace pensar en términos de paradas y déficit. Quinto, supone la existencia, o está llevada a suponer, la existencia de estadios. Y, Sexto, se traduce siempre en el dominio de un ideal.” (p. 38).

Así pues, Lacan va a introducir el concepto de «historia» para hacer un crítica del concepto de «desarrollo». Él dirá que la historia sigue a contratiempo al desarrollo, es decir, retroactivamente. Esto es lo que hace posible que un hecho del pasado pueda ser resignificado en transcurso del tiempo. “El hecho cambia según el dicho”, nos enseña Miller (1991), de tal manera que, de lo que se trata en el psicoanálisis, es de la resignificación histórica de lo ocurrido en el pasado.


364. El deseo, ¿qué es?

¿Qué se puede decir sobre el deseo? El deseo es algo que hay que distinguir de la necesidad. Sobre la necesidad es poco lo que puede decir el psicoanálisis. La necesidad de comer, por ejemplo, se puede ver truncada por el deseo de salir a cumplir con una cita; el sujeto, entonces, deja de alimentarse para ir a cumplir, por ejemplo, con una cita amorosa. El deseo es un concepto complejo, del cual dice Freud que puede ser reprimido y realizarse en los sueños, y que puede modificarse en el análisis. Pero si hay algo que distingue el deseo freudiano, es que él es sexual, es decir, que todo deseo es originariamente sexual; en efecto, como la sexualidad del ser humano es objeto de una fuerte represión, a raíz de esto el sujeto pasará a desear aquello que se le prohíbe y que reprime.

Otra característica del deseo humano es que el sujeto no lo conoce, el sujeto no sabe muy bien, en todo momento, cuál es su deseo. Sólo en la experiencia analítica el deseo le puede ser revelado a un sujeto. Es el propósito de la interpretación freudiana: “…desalojar el deseo que habita en el síntoma, el lapsus, el sueño y el acto fallido” (Miller, 1998, p. 50). El deseo es, entonces, algo que está presente en las formaciones del inconsciente.

El deseo tiene dos vertientes, una imaginaria y otra simbólica. La vertiente imaginaria del deseo es la de la imagen, la imagen del otro especular, que desencadena, por ejemplo, el enamoramiento; en la medida en que percibo la imagen del otro como completa, eso desencadena mi deseo por ella. La vertiente simbólica es aquella que lo liga al Otro como deseo del Otro: el deseo es esencialmente deseo del deseo del Otro; se desea siempre lo que el Otro desea. En la experiencia analítica, el dispositivo no se basa en el manejo de la imagen. El éxito del análisis depende, en gran medida, en que esta dimensión imaginaria no está presente. “Se trata de captar el deseo en la experiencia analítica, sin desplegar el encanto de la imagen” (Miller, 1998, p. 51).

El deseo es más bien algo sin sustancia, evanescente, que depende profundamente de su reconocimiento, es decir, de que el Otro le de un lugar al deseo del sujeto. Entonces, a la pregunta ¿qué es el deseo?, la respuesta sería: el deseo es deseo de hacer reconocer el deseo. “El propio deseo no es nada más que el reconocimiento del deseo” (Miller, 1998. p. 55).


356. Pulsiones sexuales, pulsiones yoicas y narcisismo.

Freud somete a examen el valor de los conceptos de «libido yoica» y «libido de objeto», extraídos de la clínica de la neurosis y la psicosis. “La separación de la libido en una que es propia del yo y una endosada a los objetos, es la insoslayable prolongación de un primer supuesto que dividió pulsiones sexuales y pulsiones yoicas” (Freud, 1914). Freud va a avalar esta división entre las pulsiones en la medida en que ella responde al distingo popular entre hambre y amor. Además, la separación de las pulsiones sexuales respecto de las yoicas no haría sino reflejar la doble función que tiene un individuo de tener a la sexualidad como uno de sus propósitos, a la vez que la de ser un simple apéndice de su plasma germinal, es decir que el sujeto es portador mortal de una sustancia inmortal.

Freud se ve obligado, por el análisis de las neurosis de trasferencia, a adoptar una oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones yoicas, que además le es útil para pensar la pérdida de la realidad en la psicosis, como introversión de la libido sexual o investidura del yo. A su vez, esto le permitirá aproximarse aún más al conocimiento del narcisismo, y para esto tomará tres caminos: la enfermedad orgánica, la hipocondría y la vida amorosa de los sexos.

Es un hecho que la enfermedad orgánica influye sobre la distribución de la libido. “La persona afligida por un dolor orgánico y por sensaciones penosas resigna su interés por todas las cosas del mundo exterior que no se relacionen con su sufrimiento” (Freud, 1914). La persona que sufre, “también retira de sus objetos de amor el interés libidinal, cesa de amar” (Freud). En términos de la teoría de la libido, Freud dirá que “El enfermo retira sobre su yo sus investiduras libidinales para volver a enviarlas después de curarse” (Freud). Al igual que la enfermedad, el estado del dormir también implica “un retiro narcisista de las posiciones libidinales, sobre la persona propia; más precisamente, sobre el exclusivo deseo de dormir” (Freud, 1914). Estos son dos ejemplos de alteraciones en la distribución de la libido a consecuencia de una alteración en el yo.

La hipocondría se exterioriza, al igual que la enfermedad orgánica, “en sensaciones corporales penosas y dolorosas, y coincide también con ella por su efecto sobre la distribución de la libido. [Pero] El hipocondríaco retira interés y libido –esta última de manera particularmente nítida– de los objetos del mundo exterior y los concentra sobre el órgano que le atarea” (Freud, 1914). También hay otra diferencia entre hipocondría y enfermedad orgánica: las alteraciones son comprobables en los casos de enfermedad orgánica; en la hipocondría, no. Así pues, la hipocondría, al igual que las psicosis en general, dependerán de la «libido yoica», en cambio, la histeria y a la neurosis obsesiva, dependerán de la «libido de objeto».

La tercera vía de acceso al estudio del narcisismo que toma Freud es la vida amorosa del ser humano. El primer señalamiento de Freud a este respecto está referido a la elección de objeto, de la cual hay dos tipos: por apuntalamiento, cuando el sujeto elige un objeto que sustituye a los primeros objetos sexuales, es decir, la madre; y narcisista, que son aquellos sujetos que eligen su posterior objeto de amor, no según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona. Y agrega Freud: “En esta observación ha de verse el motivo más fuerte que nos llevó a adoptar la hipótesis del narcisismo” (Freud, 1914).


355. Narcisismo y libido.

Freud se va a apoyar en la vida anímica de los niños y de los pueblos primitivos, para introducir el «narcisismo» como concepto de la teoría de la libido. En aquellos Freud halla rasgos que podrían imputarse al delirio de grandeza: “una sobrestimación del poder de sus deseos y de sus actos psíquicos, la «omnipotencia de los pensamientos», una fe en la virtud ensalmadora de las palabras y una técnica dirigida al mundo exterior, la «magia», que aparece como una aplicación consecuente de las premisas de la manía de grandeza” (Freud, 1914). Freud supone entonces una actitud análoga frente al mundo exterior en los niños, de tal manera que se forma así “la imagen de una originaria investidura libidinal del yo” (Freud), que es cedida después a los objetos. Esta imagen originaria no es otra que la imagen ideal del estadio del espejo, con la que se identifica el sujeto en el proceso de constitución de su Yo.

Así pues, esas irradiaciones de libido que invisten a los objetos, pueden ser emitidas y retiradas de nuevo desde el Yo. Freud establece entonces una oposición entre la «libido yoica» y la «libido de objeto», y establece entre ellas una relación inversamente proporcional: “Cuanto más gasta una, tanto más se empobrece la otra” (Freud, 1914). El paradigma de un estado así es el enamoramiento. En él se observa como el sujeto resigna su narcisismo en favor de la investidura de objeto. Vemos como se reproduce aquí el estadio del espejo, la relación dual especular. Freud diferencia así una energía sexual, la libido -con la que se catectizan los objetos-, de una energía de las pulsiones yoicas. Por un lado están las pulsiones sexuales, y por otro las pulsiones yoicas.

Freud ya había introducido el autoerotismo en este momento de la teoría, y se pregunta sobre su relación con el narcisismo. Como él ha definido al narcisismo como la investidura de la libido en el Yo, ¿qué hacer entonces con el autoerotismo? Freud hace notar que en el individuo no puede haber, desde el comienzo, una unidad comparable al Yo; el Yo es algo que se desarrolla, dice Freud; en efecto, este surge como consecuencia de la identificación del sujeto con su propia imagen en el espejo. Como las pulsiones autoeróticas son iniciales, primordiales, algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica, para que el narcisismo se constituya.


341. Llamar a una mujer «puta» es difamarla (o de por qué somos infieles).

Difamar a alguien es desacreditarlo o ponerlo en bajo concepto o estima (RAE). ¿Por qué se difama a una mujer cuando se la llama «puta», «mujer fácil» o «perra»? Porque está en juego una condición de amor que opera en el hombre cuando se interesa en una mujer. Esa condición de amor -que hace que un hombre elija a una mujer y viceversa- consiste en que “la mujer en cuestión no sea toda para el sujeto, es una versión de la exigencia de que la mujer no sea toda para poder reconocerla como mujer” (Miller, 1989, p. 28).

¿Cómo llega una mujer a ser no-toda, condición para que la reconozcan como mujer? En las contribuciones de Freud a la psicología del amor, en la primera de ellas -denominada Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (1910)-, se trata de un sujeto que tiene como condición amorosa que la mujer en cuestión sea de otro hombre (Miller, 1989), pertenezca a otro hombre. Esto se articula con la segunda de las contribuciones de Freud a la psicología del amor -titulada Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912)-, condición que, dice Freud, no se encuentra sin la primera; esa condición consiste en que la mujer en cuestión sea una mujer no muy fiel, es decir, que sea una mujer de mala reputación -mala reputación- (Miller). Esta degradación de la vida amorosa es constitutiva de la sexualidad humana, y de manera particular en el hombre; éste suele dividir su objeto de amor en dos: dirige su ternura hacía la compañera «oficial» -esposa o novia-, y su deseo hacia otra mujer -amante, prostituta u objeto degradado-.

Entonces, la mujer que pertenece al Otro -al marido, al novio- cumple con las dos condiciones de amor: la del tercero perjudicado y la de ser una mujer de mala reputación, siempre y cuando ella se presente como siendo no-toda para su marido. El marido, dice Miller (1989), no es un doble del sujeto, sino que se trata de alguien que es necesario “en tanto es el que tiene derecho a la mujer en cuestión” (Miller, p. 26). El marido tiene el derecho de su lado, ya que, legalmente, su mujer le pertenece; es el propietario legítimo de la mujer. Aquí la mujer aparece como un bien, una posesión, a la cual tiene derecho su marido, ese Otro que tiene la ley de su lado (Miller). Acá se introduce una disyunción entre el derecho y el goce.

Para el hombre que se fija en esta mujer no-toda, es fundamental estar en una relación ilegítima, de tal manera que “la condición del acceso al goce es no tener derecho a; tener derecho a una mujer mata el goce” (Miller, 1989, p. 26). Esta es la razón por la que el matrimonio mata el goce, porque el matrimonio es una ceremonia legal en la que cada uno de los desposados pasa a pertenecer -como bien, como objeto- al otro. Y la cuestión central con esto es que “tener derecho legal a una mujer asegura que el goce, el goce de ella, estará en otro lugar” (Miller). ¿En qué lugar? ¡Con otro que no sea el marido! Esto es lo que explica la infidelidad femenina: como “sólo se puede tener acceso al goce a través de la infracción de la ley” (Miller), ella, cuyo goce escapa a la legalidad, se va a gozar… con otro. Y por esto, haciendo una censura moral de su comportamiento, se la llama «puta». Pero al llamarla así se la está difamando, porque de lo que se trata aquí es de esta condición amorosa: que la mujer no sea toda para el sujeto. Es por esto que un hombre se fija en ella, y lo que explica a su vez la infidelidad masculina: la escisión que hace del objeto amoroso entre objeto tierno y objeto degradado, más la condición de que haya un tercero perjudicado.


324. La represión psíquica en las neurosis.

La represión es el mecanismo psíquico propio de la estructura neurótica, la cual abarca a la histeria y a la neurosis obsesiva. Represión e inconsciente son conceptos solidarios, que fundan la teoría psicoanalítica desde sus comienzos, ya que el inconsciente es efecto del mecanismo de la represión; los contenidos reprimidos por el sujeto adquieren la cualidad de “inconscientes”, o en un sentido descriptivo o tópico, los contenidos reprimidos pasan a estar en la instancia del inconsciente. El inconsciente como instancia o sistema, hace parte de la primera formulación del aparato psíquico hecha por Freud -primera tópica-, junto a los sistemas conciente y preconciente.

La represión, tal y como la define Freud, es el esfuerzo de desalojo de la conciencia de representaciones que le producen al sujeto pena, dolor o vergüenza, es decir, displacer. Así pues, con la ayuda de la represión, el sujeto rechaza o mantiene en el inconsciente representaciones -pensamientos, ideas, imágenes, recuerdos- que le causan al sujeto algún malestar, en la medida en que entran en conflicto con las demandas de la cultura -limpieza, orden, exigencias morales y éticas-. La represión recae entonces, sobre contenidos sexuales y agresivos, que son justamente los dos impulsos que no tienen ningún tipo de autoregulación por parte del sujeto -cosa que no sucede con los animales, los cuales cuentan con el instinto, el cual regula dichos impulsos-.

La represión es una especie de censura psíquica, la misma que aparece en el inicio de los programas de televisión o de cine, y que dice más o menos así: “El siguiente programa contiene escenas de sexo y violencia. Se recomienda que los menores de edad estén acompañados de un adulto responsable”. ¿Se han preguntado por qué esta censura recae sobre contenidos sexuales y agresivos? Porque, como ya se dijo, son los impulsos que en el ser humano no tienen ningún tipo de control interno. Por eso es que la represión apunta a mantener en el inconsciente todas las representaciones que están ligadas a las pulsiones sexuales, ya que si el sujeto las lleva acabo, se convertirían en fuente de displacer por entrar en conflicto con las demandas culturales.

El problema con el mecanismo de la represión que el sujeto utiliza para defenderse de las demandas pulsionales, es que ella siempre fracasa. Por eso se presenta lo que Freud denominó el «retorno de lo reprimido», es decir que lo que se reprime, retorna, vuelve, sale a la luz a pesar del sujeto. Dicho retorno es lo que da lugar a las denominadas «formaciones del inconsciente», las cuales no son otras que el olvido -de citas, de nombres de personas, de fechas importantes, de las llaves en la casa, etc.-, los sueños -de los cuales dice Freud que son la realización de deseos inconscientes reprimidos-, los actos fallidos -de los cuales el más conocido es el «lapsus linguae», ese error o tropiezo que comete el sujeto al hablar, leer o escribir, sustituyendo un nombre o palabra por otro-, los chistes -gracias a los cuales podemos hablar de asuntos sexuales y agresivos, burlando la censura psíquica- y los síntomas neuróticos, los cuales, en la neurosis histérica, se presentan en el cuerpo -afectando el funcionamiento de sus órganos-, y en la neurosis obsesiva, se presentan en el pensamiento -pensamientos obsesivos que mortifican al sujeto-. Gracias a que lo reprimido retorna, es que sabemos de la existencia del inconsciente.


293. El fundamento de la ética en Freud.

Por el hecho de hablar, el hombre está separado de su organismo. No es más el instinto el que regula su acción, sino que él se introduce en el «hábitat» del lenguaje. La pulsión es el nombre que le da Freud al impulso sexual en la criatura humana en tanto que ella no está regulada por el instinto, como sí sucede en los animales. El hombre es más bien un ser desnaturalizado. Y podríamos agregar: por ser un ser desnaturalizado, es por lo que pasa a ser un ser ético.

Toda reflexión acerca del origen de la ética y su lugar antes y después del asesinato del padre primordial, coincide con una frase de Lacan que aparece en la Respuesta a unos estudiantes de filosofía sobre el objeto del psicoanálisis. Dice: “…es necesario, como lo es en el fundamento de todo derecho, un paso al acto…”. Si la ética es un juicio sobre los actos del sujeto, entonces es claro que a partir de ella se puedan determinar los derechos del sujeto; hasta se podría definir a la ética como un conjunto de derechos y deberes, en la medida en que estos sirven para regular la acción de los sujetos. “Para volver a la ética (dice Freud), diríamos a modo de conclusión: una parte de sus preceptos se justifican con arreglo a la ratio por la necesidad de deslindar los derechos de la comunidad frente a los individuos, y los de ellos entre sí” (1980, p. 118). Podemos entonces situar en el fundamento de la ética ese paso al acto que es el asesinato del padre primordial. Así pues, tener derecho equivale a inscribirse en una versión simbólica del padre.

Freud (1980) lo dice así en su Tótem y tabú: “Hemos concebido los primeros procesos morales y restricciones éticas de la sociedad primitiva como una reacción frente a una hazaña que dio a sus autores el concepto del crimen. Ellos se arrepintieron de esa hazaña y decidieron que nunca más debía repetirse y que su ejecución no podía aportar ganancia alguna.” (p. 160).


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