Archivo de la categoría: Síntoma

394. «La salud mental… no nos la creemos»

“La salud mental, seamos francos, no nos la creemos. Si, no obstante, hemos usado ese término, es porque nos ha parecido que podía mediar entre el discurso analítico y el discurso común, el de la masa” (Miller, 3013). En efecto, el psicoanálisis pone en cuestión este concepto, incluso llega a decir que ella, la salud mental, no existe, así se aspire a ella.

Lo que el psicoanálisis revela con cada caso clínico, es que “cada uno tiene su vena de loco” (Miller, 2013), incluidos, por supuesto, los psicoanalistas; por eso Miller (2013) dice que el psicoanalista está implicado en cada caso clínico. “Estamos dentro del cuadro clínico y no sabríamos descontar nuestra presencia ni prescindir de sus efectos. Tratamos, sin duda, de comprimir esa presencia, de esmerilar sus particularidades, de alcanzar el universal de lo que llamamos el deseo del analista (…) lavar las escorias remanentes que interfieren en la cura” (Miller).

En la antigüedad “a la salud mental se le llamaba sabiduría o virtud. Para establecerla, se la ponía en relación con el amor por el otro, con el amor por el Otro divino” (Miller, 2013). Por esta razón, la salud mental siempre ha tenido que ver con el discurso del amo y un asunto del gobierno; por eso es un tema que hace parte de los aparatos de dominio político. “El dominio de la parte racional del alma toma hoy día la forma del discurso de la ciencia y es a través de la ciencia como el amo promueve la salud mental y se preocupa de protegerla, de restablecerla, de difundirla entre lo que se llaman las poblaciones” (Miller).

El paradigma de la ciencia es pensar que hay una concordancia del sujeto con lo real, que su mente y su cuerpo pueden armonizar con su mundo, olvidando por completo lo que Freud denominó «malestar en la cultura». “Desde Freud, ese malestar ha crecido en tales proporciones que el amo ha tenido que movilizar todos sus recursos para clasificar a los sujetos según el orden y los desórdenes de esta civilización. Ahora es como si la enfermedad mental estuviera por todos lados; en todos los casos, lo psy se ha convertido ya en un factor de la política” (Miller, 2013). El discurso del amo ha penetrado la dimensión psy, lo mental, de tal modo que “el acceso a los psicotropos está ya ampliamente conseguido y la psicoterapia se expande en sus modos autoritarios” (Miller).

Este dominio, que ayer escapaba en gran parte a los gobiernos, es objeto ahora de regulaciones con exigencias cada vez más grandes. Eso va paralelo al reconocimiento público del psicoanálisis pero con la intención, aunque sea desconocida para sus promotores, de desvirtuarlo. El discurso analítico es el reverso del discurso del amo, por eso lo objeta, y su potencia viene del hecho de que es desmasificante: “la exigencia de singularidad de la que el discurso analítico hace un derecho está de entrada porque procede uno por uno” (Miller, 2013). El sujeto es el primero en protestar contra el malestar en la civilización, y en el momento de acudir al discurso analítico, “este discurso se pondrá en marcha para él solo: para él, el Uno solo, como decía Lacan, separado de su trabajo, de su familia, de sus amigos y de sus amores. Lo que el sujeto encuentra en el psicoanálisis es su soledad y su exilio” (Miller).

Para el psicoanálisis solo existe el Uno solo. “Un psicoanálisis comienza por ahí, por el Uno solo, cuando uno no tiene más remedio que confesarse exiliado, desplazado, indispuesto, en desequilibrio en el seno del discurso del Otro” (Miller, 2013), del discurso del amo. Al final del análisis se espera que el sujeto ya no sea más un incauto, un ingenuo respecto de su inconsciente y sus artificios, y que el síntoma, “una vez descargado de su sentido no por eso deja de existir aunque bajo una forma que ya no tiene más sentido” (Miller). Esa es la única salud mental que el sujeto es capaz de conseguir.


393. ¿Qué cura un psicoanálisis?

El psicoanálisis cura, pero hay que saber qué cura. “Freud imaginó su invento como algo capaz de lograr que un sujeto cambiase una existencia miserable por una infelicidad admisible” (Dessal, 2014). Lo anterior significa que el psicoanálisis no cura en el sentido médico del término, de devolverle la salud paciente. Es por esto que el psicoanálisis se ve llevado a cuestionar los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc., y es “una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología” (Dessal).

Lo que ha hecho Freud es construir “una teoría de la subjetividad basada en el escepticismo lúcido” (Dessal, 2014). Freud no creía ni en la superación ni en el progreso. “No albergaba la más mínima esperanza sobre el ascenso de la razón, y aunque era un hijo de la Ilustración, se encargó de subvertir todos sus valores. La forma en la que concibió la cura se nutrió de esa posición” (Dessal).

Así pues, la cura analítica, resultado de una experiencia en la que se elabora un saber, un saber no sabido por el sujeto, es decir, inconsciente, desprende al sujeto “de la ingenuidad que nos hace creer que nuestro malestar depende de condiciones que son ajenas a nosotros mismos” (Dessal, 2014), lo que lo lleva a asumir una responsabilidad sobre el sufrimiento que padece.

El psicoanálisis no promueve para nada la idea de que al final del análisis el sujeto encontrará la felicidad, la armonía, la paz interior o algún tipo de homeóstasis psíquica, “sino un modo diferente de habitar el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana. Una manera menos tonta” (Dessal, 2014). Esto no riñe con el hecho de que un psicoanálisis aporta efectos terapéuticos que se traducen en “un alivio sustancial a muchos de los síntomas que traban la vida de una persona” (Dessal). Como jamás alcanzaremos un equilibrio -el conflicto psíquico es inevitable-, esto supone que la disolución de eso que hace a un sujeto algo único e irrepetible, es imposible.

Tampoco se trata de que la cura analítica sea una experiencia nihilista, al contrario, se trata de una experiencia que despoja al sujeto “de las falsas ilusiones, de los espejismos de los ideales” (Dessal, 2014), que prepara la sujeto para “una nueva forma de apertura al mundo, un poco más advertido de que existe algo que se llama lo real -lo real del goce-, lo que no se anuncia, ni se previene, ni se pronostica” (Dessal).


392. «El psicoanálisis no es una ciencia».

En su visita a los Estados Unidos, en 1975, al Instituto de Tecnología de Massachusetts, Lacan declaró que «el psicoanálisis no es una ciencia». Él llegó a esta conclusión después de haber ubicado al psicoanálisis en el campo de la ciencia durante décadas. Lacan siempre trató de darle al psicoanálisis el estatuto de ciencia, “primero por medio de la lingüística y la antropología, y más tarde a través de las matemáticas y la lógica” (Bassols, 2014). Freud también trato de situar al psicoanálisis del lado de las ciencias naturales, como una práctica derivada de la medicina. Fue en los años cincuenta que Lacan sitúa al psicoanálisis en el campo de la antropología estructural y la lingüística, haciendo una ruptura epistemológica con las ciencias naturales (Bassols).

El psicoanálisis no es, pues, una ciencia, pero sí es una práctica que se ocupa de lo real, un real que es diferente de lo real de la ciencia. ¿Qué diferencia al real de la ciencia del real del psicoanálisis? ¿Hay alguna relación entre ellos? (Bassols, 2014). Lo primero que hay que aclarar es que, ni en la ciencia ni en el psicoanálisis, lo real es la realidad. “El progreso de la ciencia en sí ha sido fundado en esta distinción: lo real calculado y construido por la ciencia no tiene nada que ver en última instancia con la realidad de la materia” (Bassols). Así pues, lo real de la ciencia no es equivalente a la materia; con la física cuántica la materia se ha desvanecido en trozos de reales, a tal punto que “la nueva epistemología de la ciencia establece que cada ciencia tiene su propio poco de real” (Bassols).

¿Cuál es pues el lugar del psicoanálisis en el campo de las ciencias? Lacan respondió a esta pregunta diciendo que el sujeto de la ciencia es el sujeto del psicoanálisis, ese sujeto del que se ocupa el psicoanálisis en su práctica, ese sujeto que cuando sufre, cuando padece de un síntoma que le produce un malestar, “da cuenta de un real que rompe la homeostasis en la vida” (Bassols, 2014), real que Lacan denominó «goce», esa extraña satisfacción que el sujeto encuentra en el dolor, en el displacer, en el sufrimiento.

“¿Por qué el psicoanálisis no puede ser considerada como una ciencia en su sentido moderno?” (Bassols, 2014). Cuando un sujeto sufre con un síntoma, no es posible ninguna ciencia. ¿Cómo evaluar por el método científico lo singular de un síntoma psíquico en el sujeto? El método científico se basa en la cuantificación de los fenómenos, ¿cómo, entonces, se podría medir el sufrimiento subjetivo? ¿Cómo podríamos hacer medible el sentido del sufrimiento y el malestar en general, el significado subjetivo de un síntoma, el significado de una experiencia, un evento significativo para la vida de un sujeto? (Bassols) Esto es lo que ha llevado a la realización de cuestionarios completamente absurdos, que con la etiqueta de “científicos” hace preguntas como ésta: “¿Se ha sentido feliz en los últimos siete días? Elija su respuesta en una escala de 1 a 10″. “No, usted no puede hacer medible el significado de una experiencia subjetiva” (Bassols). La cuantificación no puede aplicarse a todos los fenómenos humanos. Cuando se trata de una experiencia subjetiva, ya no puede aplicar el método científico.

Además, más evidente aún, si el psicoanálisis no es una ciencia es porque las condiciones de reproducibilidad del método científico no son posibles cuando se aborda la subjetividad. La condición de reproducibilidad de una experiencia consiste en obtener los mismos resultados bajo las mismas condiciones. “¿Cómo se podría reproducir la experiencia de una sesión psicoanalítica, o una interpretación psicoanalítica? Es completamente imposible” (Bassols, 2014). Cuando se trata con el sujeto del inconsciente, se lidia con un real que no se puede reproducir. “No se puede reproducir en las mismas condiciones las formaciones inconscientes, que son la emergencia del sujeto del psicoanálisis; no se puede reproducir en las mismas condiciones, un sueño y su interpretación, no se puede reproducir en las mismas condiciones una operación fallida, un lapsus freudiano, o lo que es más importante, no se puede reproducir el efecto de una misma interpretación psicoanalítica. La interpretación que ha sido eficaz en un caso de neurosis obsesiva no necesariamente va a ser eficaz en otro caso de neurosis obsesiva. El psicoanalista, siguiendo los consejos de Freud, tiene que tomar cada caso como un caso completamente nuevo” (Bassols).


390. No hay saber sobre los sexos.

Es más que evidente que hay saber en lo real, y ese saber está esperando al científico, al descubridor, para ser develado. Hay un saber a la espera, enterrado u oculto, que haría pensar que no hay nada nuevo bajo el sol. Igual sucede con el inconsciente: los significantes van saliendo de esa supuesta “bolsa”, el saber va saliendo de ahí, del Otro como tesoro de los significantes, no importa que no se lo localice en ningún lugar específico. El psicoanálisis es entonces una práctica que desentierra el saber que está ahí. Es más, si no se supone que hay saber –esto es el Sujeto–supuesto–Saber–, el dispositivo analítico no arranca (Miller, 1999).

La ficción del Sujeto supuesto Saber hace arrancar el dispositivo. El final del dispositivo, el final de la cura es: no hay todo el saber, no hay saber sobre los sexos. Un análisis demuestra que no es cierto que el saber estaba ahí; por lo menos un saber no está ahí, un real imposible de nombrar, de escribir: la relación sexual. Es el límite del Sujeto supuesto Saber, su falsedad, su falla, la objeción al Sujeto supuesto Saber (Miller, 1999). Si la transferencia asegura que hay saber a la espera o supuesto, la constatación de la falta de un saber es lo que abre las puertas a la invención. Esta es la vía para el acto analítico. En este punto toca inventar. La vía de llegada del acto analítico es la invención y la pequeña invención del análisis es un saber hacer con el síntoma. Donde no hay saber viene un saber hacer que no sea del orden de la repetición.

El trauma fundamental del sujeto es el lenguaje, debido a que las palabras no se acomodan al sexo. Se podría decir, entonces, que el psicoanálisis opera en una vía inversa a la de la ciencia; mientras que la ciencia ejecuta un saber universal, el psicoanálisis, en cambio, opera desde un no–saber: un no saber no inscrito en el inconsciente. El síntoma es la manifestación privilegiada del inconsciente y él está en el lugar de dicho no–saber sobre el sexo. El síntoma es un signo de ese desarreglo fundamental entre las palabras y el sexo. Por tal razón se podría decir que la represión primaria no es la represión de la sexualidad; la represión primaria está referida a que hay algo en el lenguaje que no alcanza nunca a nombrar algo. Hay un agujero en lo real: el sexo, y esto quiere decir que no hay inscripción del sexo en el inconsciente (Miller, 1999). El psicoanálisis apunta a eso que nunca va a ser nombrado.


389. Síntoma, real y relación sexual.

Al síntoma, en el psicoanálisis, lo podemos definir como el significante en cuanto tiene una incidencia de goce en el cuerpo. El síntoma es lo que conecta al significante con el cuerpo. De esta manera, en esta nueva perspectiva de Lacan, el síntoma no solamente mortifica al cuerpo, sino que lo vivifica, lo hace gozar. Es la dimensión de causa de goce del significante: el cuerpo vivificado por el significante. El cuerpo mortificado es el cuerpo simbolizado, y el cuerpo vivo es el cuerpo real, cuerpo que goza. Hay pues dos efectos del significante en el cuerpo: la mortificación y la producción de un plus de goce. Es a esta incidencia de goce sobre el cuerpo por el significante a lo que Lacan va a llamar el síntoma. El síntoma muestra la relación que existe entre el significante y lo real, es decir, el goce. Dicho síntoma es el “hueso de un análisis” (Miller, 1998), eso que permanece como modo de gozar del sujeto y que es incurable, es decir, real.

“No hay clínica sin real” sentencia Miller (1999). Se trata siempre de un real imposible de soportar en el caso de un síntoma, pero también se puede decir que se trata de un real imposible de nombrar, de escribir: eso es la relación sexual. Miller indica que la no relación sexual es como una página en blanco, como algo no escrito. “Es porque no ha sido escrito por lo que hay que escribir y hablar tanto de ello.” (Miller, p. 19).

La ciencia demuestra que hay saber en lo real, es decir, que no hace falta suponer la mano de Dios porque hay leyes, leyes físicas y naturales. “…todo pasa como si los fenómenos conocieran las fórmulas: esto es lo que Lacan llama saber en lo real, una versión de la afirmación de Galileo de que la naturaleza habla en lenguaje matemático.” (Miller, 1999, p.28). Que hay saber en lo real es el horizonte de la demostración del psicoanálisis. El psicoanálisis busca demostrar que hay un saber que falta en lo real: que no todo está escrito o que es matematizable.

Hay un saber que la ciencia no puede resolver y es que no hay modo de saber qué es un sexo para el otro. Esto es un agujero real en el Otro, en lo simbólico. Cómo arreglárselas con el otro sexo no está escrito en las leyes de la naturaleza; Miller (1999) dice que es algo no escrito en lo real. Hay algo que falla: entre hombres y mujeres las cosas no andan bien. “…hay algo en la relación entre lo sexos que no tiene fórmula.” (Miller, p. 28). Basta que alguien recurra a un psicoanalista y va a hablar de eso que no anda. El psicoanálisis de cierta manera vive de eso que no anda entre los sexos. Muchos llegan a pensar que ese problema desaparece si hay igualdad entre los sexos. Esa igualdad es excelente a muchos niveles, a nivel jurídico y social, por ejemplo, pero a nivel del amor… ¿esto sigue siendo vigente? Esto es algo serio, porque si las cuestiones del amor desaparecen de la vida de los hombres y las mujeres, el psicoanálisis desaparecería (Miller).


388. Lo real en la clínica de las psicosis y las neurosis.

En la clínica de la psicosis es donde más claramente se puede formalizar ese real en juego en la teoría lacaniana. Se lo ubica en la alucinación psicótica, la cual tiene para el sujeto un carácter de certeza. Certeza y real se vinculan estrechamente en la clínica de la psicosis, pero precisamente esto es lo que da luces a la clínica de la neurosis: allí también se trata de encontrar un punto de certeza. Mientras que el psicótico empieza su delirio con un punto de certeza, el neurótico empieza su análisis sin certeza alguna: lleno de dudas y preguntas sobre su ser o sobre su existencia.

El fenómeno elemental, presente en las psicosis, enseña claramente de qué se trata cuando en el psicoanálisis se habla de lo real. En el psicótico el fenómeno elemental es algo imposible de negar y traduce para él la emergencia de una certeza. Así como el delirio en la psicosis es una producción de saber de ese punto de real inamovible, el síntoma neurótico, como envoltura formal simbólica que es, recubre también ese punto de real del sujeto, que, tanto en la psicosis como en la neurosis, es incurable. Lo incurable, entonces, es otro nombre de lo real en el psicoanálisis.

Si el inconsciente mismo tiene algo de real, es porque él se impone por su regularidad, por el retorno una y otra vez de los mismos significantes: esto es la repetición. Es porque hay este real de la repetición por lo que un sujeto va a análisis. Esta repetición insistente en el aparato psíquico es lo que Miller (1998) denomina «el hueso de un análisis». Es porque hay repetición que se percibe y se puede aislar ese real, real que Lacan representa con la letra a minúscula. El objeto a es el hueso de la cura, y su producto también, como producto del inconsciente, es decir, como eso que se separa del automatón del inconsciente. La operación del análisis debe dirigirse hacia este objeto, hacia la caída, separación o reducción de este objeto, lo cual solo se produce si surge algo parecido al Witz (el chiste). El Witz aquí es ese enunciado esencial del sujeto en el que convergen todos sus enunciados; es el significante amo del destino del sujeto. El análisis conducirá, de este modo, al atravesamiento del fantasma, es decir, a la formulación de este significante amo y a la caída del objeto a.


387. Clínica de lo real.

Como el síntoma es la presencia de lo real del inconsciente, es decir, que vale como un real, por esto Miller (1999) habla de la «clínica de lo real» como lo imposible de soportar; en efecto, y el síntoma es eso que el sujeto no soporta y que lo puede llevar a consultar a un psicoanalista. Habría entonces una clínica de la obsesión en la que lo real se presenta, por ejemplo, en el síntoma de la duda, en el síntoma mismo de la obsesión, como eso que el sujeto no logra hacer desaparecer, eso de lo cual el sujeto no logra deshacerse. En la histeria ese real se presenta, por ejemplo, en la mentira del histérico, en la falsedad, en esa demanda de la verdad que en ocasiones es tan exacerbada en la histérica, que vive pendiente de los signos de amor del otro, para estar segura de que es amada (Miller). Esto vale como real en la medida en que eso insiste en el sujeto; es algo que se le impone al sujeto, que se le presenta a pesar suyo; es algo que insiste, así el sujeto no lo quiera. Es algo de lo que el sujeto no se puede abstener.

El síntoma en el psicoanálisis coincide entonces también, con algo que el sujeto se ve empujado a hacer, así le produzca preocupación o vergüenza, pero que, definitivamente, no puede privarse de hacer. Se trata de una voluntad que le puede y que lo domina sin que sirvan para nada las razones, los consejos o el saber. El síntoma esta en el sujeto del lado de «lo que no puede dejar de hacer»: el sujeto sabe que fumar, beber, pelear o comer en exceso le hace daño, pero saber esto no le sirve de nada, porque lo sigue haciendo muy a su pesar.

Esta hiancia real que es el síntoma, es ocupada precisamente por la pulsión. La pulsión designa un nivel que se puede llamar acéfalo, un punto donde el pensamiento y la razón ya no funcionan ni operan más. La pulsión es como un cuerpo sin cabeza; un nivel donde, para todos los seres humanos, hay suspensión del pensamiento y queda anulada la razón.

Allí donde el síntoma insiste, se repite, vuelve siempre al mismo lugar, se puede decir que la pulsión está en juego. La pulsión designa un nivel donde su empuje -ante el cual toda persona está indefensa- resulta del hecho de que el ser humano, por hablar, ha perdido sus instintos, y en su lugar viene la pulsión a ocupar ese lugar vacío dejado el instinto.


386. Lo real del inconsciente: su discontinuidad.

Hay una impotencia de lo simbólico para reducir lo real. Esto significa que el trabajo del inconsciente tiene un límite, y que la cura misma tiene un límite. Ese límite es lo que Miller (1999) denomina «la experiencia de lo real en la cura». El inconsciente es definido por Lacan a partir de la estructura del lenguaje; se trata de un inconsciente regido por la ley de la palabra, que, como se ve en Función y campo de la palabra…, es la ley del reconocimiento: toda palabra, dice Miller, da una identidad al sujeto, quien recibe su propio mensaje desde el lugar del Otro en forma invertida. Junto a la ley de reconocimiento hay también la ley de la cadena significante, en la cual hay una combinación de significantes a partir de la metáfora y la metonimia; es el automatón del inconsciente. Este inconsciente ordenado, regularizado y legalizado, va a ser descrito “al revés”, como lo indica Miller, en el seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. El inconsciente no solamente tiene un aspecto combinatorio y sistemático, sino que también tiene una dimensión de disfuncionamiento, “al que no se puede escapar” (Miller, 1999, p. 14). Y agrega Miller: “El inconsciente se manifiesta a través de un disfuncionamiento, como algo que no funciona, algo que fracasa a través de lo irregular, a través de lo discontinuo…” (p. 14), lo que conducirá a Lacan a oponer la ley a la causa. Nos encontramos aquí con dos caras del inconsciente: una simbólica, la de la estructura, y otra real, la del disfuncionamiento.

La ley está del lado de la continuidad, en cambio la causa la ubicamos en el lugar de una discontinuidad, de una hiancia. A partir de aquí para Lacan importará más la causa que la ley, le importará más la causa del deseo que la ley del deseo. Más importante que lo sistemático es “el agujero en el cual, eventualmente, se produce el hallazgo, donde no es el sujeto quien encuentra, sino que, en cierto modo, es encontrado por la palabra, con un efecto de sorpresa.” (Miller, 1999, p. 14).

A partir de este énfasis en la causa, Lacan va a acentuar la sorpresa, la hiancia, la discontinuidad en el inconsciente; se trata aquí de una hiancia misteriosa, inexplicable, que Lacan sitúa entre la causa y el efecto, haciendo del concepto de causalidad algo esencialmente problemático. A su vez, la función de lo imaginario se puede pensar como lo que viene a llenar esa hiancia, recubriendo la división del sujeto y presentando un sentido de unidad y completud. Pero la escisión del sujeto es irreductible, es decir, es real.

Lacan pasará a pensar el inconsciente como un fenómeno transitorio y evasivo. Las formaciones del inconsciente aparecerán en un tiempo de apertura y cierre del inconsciente, bajo la forma de una pulsación que sorprende al sujeto. “…esta hiancia corresponde a algo que es del orden de lo no realizado, que no es irreal ni real sino no realizado; que no es ser, que no es nada, que es un real que querría realizarse.” (Miller, 1999, p. 15). Pero entre las formaciones del inconsciente, hay una que se distingue por apartarse de este funcionamiento discontinuo: el síntoma. El síntoma posee una continuidad temporal; es como la presencia de lo real del inconsciente. Así pues, todo síntoma vale como un real, tanto si se trata de un síntoma obsesivo o un síntoma histérico.


385. «Para un hombre, la mujer es un síntoma»

El sujeto tiene, en principio, dos tipos de partenaire: uno simbólico, el gran Otro, y otro imaginario, el pequeño otro, el semejante. Pero Miller (1999) argumenta que a esta dupla le hace falta un tercer partenaire: el partener–síntoma. Este tercer partener es una consecuencia de la reflexión lacaniana sobre qué tipo de partenaire es una mujer para el hombre. La mujer es, a nivel imaginario, un partenaire–imagen, en la medida en que le puede dar prestigio al hombre. A nivel simbólico la mujer es un partenaire–superyó, en la medida en que ella ocupa un lugar de exigencia. Pero tanto a nivel imaginario como a nivel simbólico, la mujer no existe. A nivel imaginario no existe porque la mujer, para un hombre, no es un semejante. La imagen del cuerpo femenino es diferente a la del hombre, lo cual se traduce en el encuentro del sujeto con la castración a nivel del descubrimiento de la diferencia sexual anatómica.

A nivel simbólico la mujer tampoco existe; el Otro completo no existe precisamente porque en el Otro hay una falta, y esa falta se traduce por la falta de un significante que escriba la proporción sexual. “…es a partir de estas consideraciones que Lacan fue, finalmente llevado a la fórmula: «para un hombre, la mujer es un síntoma»” (Miller, 1999, p. 10). El partenaire–síntoma es el nivel real que hacía falta para complementar el partenaire–simbólico y el partenaire–imaginario –lo que constituye el nudo borromeo–.

El partenaire–síntoma es lo que introduce la reflexión de lo real en la clínica. Lo real en la clínica es lo que se manifiesta con una cierta inercia, un peso consistente, un punto que se repite, que insiste, que es irreductible. Ese peso de lo real en la clínica es lo que llevó a Lacan a dudar de los efectos de verdad sobre el sujeto. Es de los efectos de verdad que se espera un cambio subjetivo en el sujeto, pero lo real, poco a poco, en la experiencia analítica, y por tanto en la teoría, va a demostrar que es más fuerte que lo simbólico (Miller, 1999).

En un primer momento Lacan era optimista de lo simbólico, como aquello que lograba doblegar a lo real, pero hacia el final de su trabajo, lo real se resiste a obedecer a lo simbólico, es decir que “lo real es más fuerte que el semblante” (Miller, 1999, p. 11), entendiendo al semblante como lo opuesto a lo real, es decir, a lo simbólico y lo imaginario juntos.


381. El poder discrecional del oyente.

¿Qué pasa cuando el analizante habla, cuando un hablante se dirige a un oyente? Desde el momento en que hay uno que habla, se puede ubicar también el lugar del Otro, que es el lugar en el que se encuentra el analista que escucha. Lo que sucede es que el oyente es quien tiene la decisión respecto de lo que el hablante ha dicho; esto porque la estructura misma de la palabra hace que lo que uno quiere decir sea decidido, no por el sujeto que habla, sino por el que escucha; depende del Otro el sentido de lo dicho.

El sentido profundo de la palabra es decidido por el receptor; a esto Lacan lo llamó “el poder discrecional del oyente”; es un poder que implica una gran responsabilidad por parte de la persona del analista, ya que con él puede hacer sugestión o desciframiento; la práctica analítica es una práctica de desciframiento, y de esta manera se vincula con la función de la palabra. Freud (1976), al respecto dice: “En verdad, entre la técnica sugestiva y la analítica hay la máxima oposición posible: aquella que el gran Leonardo Da Vinci resumió, con relación a las artes per vía di porre y per vía di levare. La pintura, dice Leonardo, trabaja per vía di porre; en efecto, sobre la tela en blanco deposita acumulaciones de colores donde antes no estaban; en cambio la escultura procede per vía di levare pues quita de la piedra todo lo que recubre las formas de la estatua contenida en ella. De manera en un todo semejante, señores, la técnica sugestiva busca operar per vía di porre; no hace caso del origen, de la fuerza y la significación de los síntomas patológicos, sino que deposita algo, la sugestión, que, según se espera, será suficientemente poderosa para impedir la exteriorización de la idea patógena. La terapia analítica, en cambio, no quiere agregar ni introducir nada nuevo, sino restar, retirar, y con ese fin se preocupa por la génesis de los síntomas patológicos y la trama psíquica de la idea patógena, cuya eliminación se propone como meta” (p. 250).

Esta estructura de la palabra demuestra que hay una escisión entre lo que uno dice y lo que se quiere decir, o sea que el lenguaje hace del ser hablante un ser dividido siempre entre enunciado y enunciación. El hablante depende entonces de la respuesta del oyente; el analista en cuanto intérprete opera desde este lugar y desde ahí también operan todos las psicoterapias que lo único que terminan haciendo es sugestión, puesto que se dirigen al sujeto del enunciado olvidando el sujeto de la enunciación. Si Freud rechaza las técnicas de la hipnosis y la sugestión es porque él se da cuenta que dirigiéndose al Yo, el psicoanalista no puede hacer otra cosa que sugestión, y esta no permite la emergencia del sujeto del inconsciente (sujeto de la enunciación) desconociendo, por lo tanto, la significación de los síntomas y la emergencia de su deseo, el cual aparece velado en las palabras o el decir del paciente. Es al analista al que le toca correr ese velo por medio de la interpretación que se debe ceñir a las leyes del Otro o del lenguaje: “Jeroglíficos de la histeria, blasones de la fobia, laberintos de la Zwangsneurose; encantos de la impotencia, enigmas de la inhibición, oráculos de la angustia; armas parlantes del carácter, sellos del autocastigo, disfraces de la perversión; tales son los hermetismos que nuestra exégesis resuelve, los equívocos que nuestra invocación disuelve, los artificios que nuestra dialéctica absuelve, en una liberación del sentido aprisionado que va desde la revelación del palimpsesto hasta la palabra dada del misterio y el perdón de la palabra” (Lacan, 1981, p. 270).


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