350. «Lalengua» y lo real.

Con el concepto de lalengua –esa amalgama entre lo simbólico y lo real– Lacan abre otra dimensión, “en tanto que hay leyes del lenguaje pero no hay leyes de la dispersión y de la diversidad de las lenguas” (Miller, 2012). Lo anterior significa que cada lengua está conformada por contingencias, por azar. Esto también le da al inconsciente una nueva dimensión: la del inconsciente como intérprete de “lo real” (Miller). Pero si lo real es lo que no tiene sentido, si lo real es lo que queda por fuera del sentido, entonces ¿cómo se lo interpreta? Lo que un sujeto hace en un análisis personal, llevado hasta sus últimas consecuencias, es decantar un núcleo, “un pobre real, que se desdibuja como el puro encuentro con lalengua y sus efectos de goce en el cuerpo (…) Y ese encuentro de lalengua y del cuerpo no responde a ninguna ley previa, es contingente y siempre aparece perverso” (Miller).

Lo real lacaniano no es equivalente a lo real de la ciencia; se trata más bien de un real contingente, en tanto que responde a la falta de una ley natural que le de consistencia a la relación entre los sexos. Ese real que se nombra diciendo «no existe la proporción sexual», es un agujero en el saber (Miller, 2012), se trata de un real que alude al sexo como ausente. La fórmula lacaniana «No hay relación sexual», da cuenta de ese real imposible de verbalizar y de cifrar. “La verbalización del sexo, como un lugar vacío da cuenta de que en el inconsciente hay algo que no se inscribe” (Miller). Y si hay algo que se observa en la contemporaneidad, es ese desorden creciente de la relación entre los sexos, entre hombres y mujeres. Así pues, “en el siglo XXI se trata para el psicoanálisis de explorar otra dimensión: la de la defensa contra lo real sin ley y sin sentido” (Miller). Ese inconsciente real ya no es más intencional, no responde más a una interpretación del sentido que se halla reprimido, sino que este inconsciente real “se encuentra bajo la modalidad del “Así es”. Que, se puede decir, es como nuestro “Amén”” (Miller). El deseo del analista en la cura apunta, entonces, a llegar a ese real, a reducir al sujeto a su real y liberarlo del sentido, ya que se trata de “un real despojado de sentido” (Miller). Y la lalengua es precisamente eso: una cadena significante sin efecto de sentido (Miller, 2003).

Lalengua no es el lenguaje; mientras el lenguaje está del lado de lo simbólico, de la estructura, lalengua está más del lado de lo real, de los efectos de lo real sobre el cuerpo. La estructura del lenguaje no es más que una elucubración de saber sobre lalengua (Miller, 2008). Dice Miller en su curso La orientación lacaniana: “El concepto de lalengua está destinado a destruir al psicoanálisis sólido. Es ya un concepto que anuncia que la palabra es del orden de la secreción, que es un fluido lingüístico. Es lo que anuncia ya que el significante no es más que el producto del discurso científico sobre lalengua” (Curso del 12 de marzo de 2008). El significante en su estatuto de letra y separado del sentido, es lo que Lacan va a llamar lalengua, “un saber que se presenta como una huella, un trazo, como una escritura de lo que fue nuestra relación originaria con la lengua materna” (García, 2009), marca del goce en el cuerpo.

349. Hay un gran desorden en lo real.

Crece en este siglo lo que Freud llamó “el malestar en la cultura” y que Lacan descifró como los callejones sin salida de la civilización (Miller, 2012). Son dos los factores históricos, dos los discursos que han cambiado de manera radical al mundo: el discurso de la ciencia y el discurso capitalista. Estos dos discursos, que prevalecen en la contemporaneidad, “han empezado a destruir la estructura tradicional de la experiencia humana” (Miller). Es por esto que en el discurso del psicoanálisis se dice que el orden simbólico ha cambiado, que el Nombre del Padre, piedra angular del orden simbólico, se ha resquebrajado. Por la combinación de los dos discursos, el de la ciencia y el del capitalismo, el Nombre del Padre se ha devaluado (Miller).

El Nombre del Padre ha terminado por ser nada más que un sinthome, es decir, algo que suple un agujero, y ese agujero no es otro que “la inexistencia de la proporción sexual en la especie humana, la especie de los seres vivientes que hablan” (Miller, 2012). Lo anterior significa que todos los seres humanos “padecen de la misma carencia de saber respecto de qué hacer con la sexualidad” (Miller). Esta ausencia de saber la comparten las tres estructuras clínicas: neurosis, psicosis, perversión; y por lo tanto, esto “sacude la diferencia entre neurosis y psicosis que era, hasta ahora, la base del diagnóstico psicoanalítico” (Miller).

Ese agujero en el saber -la inexistencia de la proporción sexual entre hombres y mujeres- es lo que el psicoanálisis denomina “lo real”. Y lo que se revela ahora, en pleno siglo XXI, es que hay un gran desorden en lo real. Dice Miller (2012) en la presentación del tema para el congreso de la AMP en el 2014 que “la naturaleza era el nombre de lo real cuando no había desorden en lo real”, es decir que lo real se confundía con la naturaleza y se podía definir, como lo hizo Lacan, como «lo que vuelve al mismo lugar»; lo real era garantía del orden simbólico (Miller). La naturaleza se define por estar ordenada, a tal punto que, desde la antigüedad, se pensaba que todo orden en lo humano debía imitar al orden natural; incluso la familia, como formación natural, servía de modelo a la puesta en orden de los grupos humanos (Miller).

Con la entrada del Dios Cristiano, el orden natural seguía vigente, en tanto que la naturaleza creada por Dios responde a su voluntad. Aún hoy, la Iglesia Católica sigue su lucha para proteger ese orden natural, en asuntos como la reproducción, la sexualidad, la familia, etc. Pero esto es una causa perdida, porque todo el mundo siente que ya no hay más orden en la naturaleza, en lo real (Miller, 2012). Desde el momento en que surgió el discurso de la ciencia, ese orden natural empezó a ser tocado. Y con el discurso capitalista y su avidez por la ganancia, ese orden empezó a ser destruido. El capitalismo y la ciencia “se han combinado para hacer desaparecer a la naturaleza y lo que queda del desvanecimiento de la naturaleza es lo que llamamos lo real, es decir, un resto, por estructura, desordenado. Se toca a lo real por todas partes según los avances del binario capitalismo-ciencia, de manera desordenada, azarosa, sin que se pueda recuperar una idea de armonía” (Miller). A partir de la combinación de esos dos discursos, la civilización ya no será nunca más la misma.

348. El nudo borromeo.

Lacan introduce la topología del nudo borromeo para poder pensar la estructura del lenguaje y sus efectos sobre el sujeto. “Esa estructura es diferente de la espacialización de la circunferencia o de la esfera en la que algunos se complacen en esquematizar los límites de lo vivo y de su medio: responde más bien a ese grupo relacional que la lógica simbólica designa topológicamente como un anillo.” (Lacan, 2001, p.308). Este interés de Lacan en la topología le permite expresar la estructura del sujeto por medios no intuitivos o imaginarios, y es lo que lo llevará al establecimiento del nudo borromeo para pensar el orden simbólico y sus interrelaciones con lo real y lo imaginario.

Cada uno de los tres registros que Lacan propone para pensar la estructura que determina al sujeto –lo que podríamos denominar su aparato psíquico, una tercera tópica después de las dos que introdujo Freud–, es decir, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, los podemos definir así: lo real se vincula con lo impensable y lo imposible –lo real es lo imposible de de saber y lo imposible de soportar para el sujeto–; lo simbólico lo podemos definir como el lugar del equívoco y soporte del inconsciente y su estructura –el inconsciente está estructurado como un lenguaje–; y lo imaginario como el reino de la imagen que el sujeto se da de sí y reino del sentido.

Lacan insistirá en que sólo hay una manera de dar común medida a estos tres registros, real, simbólico e imaginario: anudarlos en el nudo borromeo. El nudo borromeo consiste estrictamente en que tres anillos es su mínimo. Si se desanudan dos anillos de una cadena, los otros permanecen anudados, pero en el nudo borromeo, si de tres se rompe uno, se liberan los tres anillos; es un hecho de consistencia del nudo borromeo, dice Lacan en su seminario 22, RSI. A su vez, estos tres registros implican tres efectos, producidos por la relación borromea que sostienen: un efecto de sentido, un efecto de goce, y un efecto llamado de no-relación sexual. El síntoma será aquello que contendrá, él mismo, estos tres efectos: tiene un sentido, condensa un goce y suple la no-existencia de la relación sexual. El nudo será lo que añada una consistencia a esos tres efectos.

El nudo borromeo también le sirvió a Lacan para “presentar lo real propio del psicoanálisis, volviéndolo presente, visible, palpable, manipulable sobre la forma del nudo borromeo.” [Miller y Laurent. El otro que no existe y sus comités de ética. Lección inaugural]. El nudo borromeo es un objeto que no es semblante, es real; es un objeto con el que Lacan quiso manifestar lo real propio del psicoanálisis. Así pues, la orientación lacaniana es la orientación hacia lo real; lo que importa en el psicoanálisis –insiste Miller– es mantener la orientación hacia lo real.

347. Lo real es lo que está velado por el sentido.

Para el psicoanálisis no hay inscripción de la diferencia de los sexos en el inconsciente; esta se inscribe a través del falo. Tampoco hay inscripción en el inconsciente de la muerte, la cual se inscribe vía la castración; estos dos aspectos en el sujeto son puntos de imposible, de real. El inconsciente tiene como eje de su estructura, ese punto de real como imposible. Lacan lo equipara con el ombligo del sueño de Freud, donde las asociaciones podrían perderse ad infinitum, allí donde lalengua, el colmo de lo simbólico, se une con lo real.

Lo real se puede definir como aquello que hace fracasar todo saber, inclusive el saber psicoanalítico; lo real es todo lo que no es simbólico, aquello que no pasa por el lenguaje. La obra de Lacan se cierra en 1981 y todo su último esfuerzo apuntó a precisar el concepto de «lo real» y sus consecuencias en la cura. Así, por ejemplo, si bien en la práctica analítica es con el sentido que se opera, a partir del registro de lo real, en la clínica se opera, no para dar sentido, sino para reducir el sentido. En este momento, la cura para Lacan ya no tiene como fin último aportar un sentido al síntoma, sino lo contrario: reducir el sentido. Aportar sentido es lo que hace al análisis infinito, en cambio, la reducción del sentido es lo que permitirá hacer entrar en la escena la dimensión real en la cura. Se podría decir, entonces, que lo real es aquello que está velado por el sentido, y sólo se le puede develar cuando se lo reduce, cuando se lo decanta.

Por lo anterior es que se opera en la cura con el equívoco. El equívoco no está del lado del sentido. El equívoco es fundamental en lo simbólico y es por lo simbólico que existe el equívoco; el equívoco hace parte de la estructura de lo simbólico, es decir, eso en lo que se soporta el inconsciente. Pero el sentido es aquello por lo cual responde algo que es diferente de lo simbólico, y eso no es otra cosa que lo imaginario. Lo imaginario, entonces, se puede definir como «el reino del sentido». Y a este efecto de sentido Lacan lo llama «imbecilidad». Por eso él sostiene que si el ser hablante se demuestra consagrado a la debilidad mental, es por el hecho de lo imaginario, es decir, del sentido. El problema con el sentido es que “el sentido siempre es religioso” (Lacan, 2001); siempre que se da sentido -a la vida, a la existencia, al síntoma mismo-, se hace religión, por eso la cura analítica, el psicoanálisis, no apuntan al sentido, sino a reducirlo, es decir, a ese real que señala un sinsentido en el sujeto.

345. Lo que no cesa de no escribirse.

El sujeto que habla está inmerso en lo simbólico; como un pez en el agua, está habitado por significantes. El significante es una traza material, es lineal, es decir, ocupa un tiempo y un espacio, por eso es posible ir a buscarlo en el cerebro, en las huellas mnémicas que de algún modo o de alguna manera se inscriben en la materia gris. Es un poco lo que están encontrando ahora los neurocientíficos cuando escanean el cerebro con la resonancia magnética: que este responde de determinada manera a ciertos estímulos de palabras, que ciertas áreas del cerebro se activan cuando el sujeto escucha determinadas palabras, el problema es que se activan las mismas zonas frente a palabras opuestas, de tal manera que el sentido de las palabras no está localizado en el cerebro. Si bien el significante es una traza material, el significante también es la presencia de una ausencia y, además, puede tener muchos sentidos, puede significar cualquier cosa. Es decir que una palabra no tiene un solo sentido, y el sentido se le escapa al cerebro. El cerebro parece más bien memorizar los significantes, tal y como lo hacen los computadores, pero se le escapa el sentido. Parodiando a Miller (2007), el computador sería inteligente si pudieran dar cuenta de las significaciones, por eso, cuando se busca un dato con el buscador del computador, éste arroja un montón de información allí donde encuentra el significante, pero es al sujeto al que le toca darle sentido a esa información que resulta de la búsqueda de una palabra. Esta es la razón por la que un significante solo, no significa nada.

Que un significante pueda significar cualquier cosa, significa que “los significantes no son signos, no son simplemente signos” (Bassols, 2012). Así, por ejemplo, el humo es signo de que hay fuego; hay una relación unívoca entre el humo y el fuego. El problema es que el significante no tiene una relación unívoca con el significado; un significante puede significar cualquier cosa, y además, el significante es una huella borrada, y “sólo podemos funcionar como sujetos de la palabra cuando borramos las huellas” (Bassols). Los animales no pueden borrar sus huellas, no pueden engañar; los seres humanos sí. Allí donde alguien ha borrado su huella, ahí vamos a encontrar un sujeto del lenguaje, y como el sujeto y el lenguaje funcionan por huellas borradas, esto se vuelve un problema para las neurociencias, que andan buscando huellas en el cerebro (Bassols).

Ahora bien, eso que “está profundamente borrado, pero que retorna para intentar realizarse en cada uno de nuestros pensamientos, en cada uno de nuestros sueños, en cada uno de nuestros síntomas” (Bassols, 2012), es lo que Lacan llamó lo real; es decir, la categoría de real en el psicoanálisis no es lo que se percibe, no es la realidad, sino que “es aquello que no cesa de no representarse, es aquello que no cesa de no escribirse en lo que recordamos, percibimos, etc.” (Bassols). Es lo que Freud denominó trauma cuando estudió la sexualidad humana, ya que es en la sexualidad donde eso que no cesa de no escribirse se hace más presente.

Bassols (1912) en su conferencia Psicoanálisis, sujeto y neuro-ciencias nos da un muy buen ejemplo para explicar esta definición de real que da Lacan como «lo que no cesa de no escribirse». Cuando el 11 de marzo de 2004 explotaron unas bombas en los trenes de Madrid, algunos psicoanalistas de la ciudad se ofrecieron a escuchar a las personas que quisieran hablar de esta experiencia tan traumática, y lo que encontraron es que, si bien el estallido de las bombas fué muy traumático, “lo que quedaba, lo que se repetía, lo que volvía una y otra vez, era algo que no había llegado a ocurrir” (Bassols): el no poder ayudar a la persona que estaba al lado, el no poder salir del lugar, el no haber tomado el tren anterior y así haberse salvado, etc. Es decir, que lo verdaderamente traumático para el sujeto, es lo que no llegó a ocurrir, “lo que no dejaba de no ocurrir” (Bassols).

344. R.S.I.

En 1974-75, Lacan dedicó el seminario XXII a los registros de lo simbólico, lo imaginario y lo real. Para Lacan, toda la realidad humana, la subjetividad, el psiquismo, está organizada por estos tres órdenes. Como era necesario ligar estos tres registros, que son heterogéneos entre sí, se le hace necesario introducir el nudo borromeo, el cual se constituirá en la solución que permitirá anudar estos tres registros que son desiguales. Los primeros aportes de Lacan se centran en la dimensión Imaginaria del sujeto. Así pues, en los Escritos, los tres grandes artículos sobre lo Imaginario -La agresividad en psicoanálisis, El estadio del espejo y Acerca de la causalidad psíquica- están incluidos en un apartado que Lacan, en 1966, denominó “De nuestros antecedentes”. Esto porque él consideraba que el verdadero comienzo de su obra es el llamado «Discurso de Roma», es decir, el artículo titulado Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, momento que marca la entrada de Lacan en el campo del psicoanálisis.

Con respecto al orden Imaginario, la formulación de Lacan del estadio del espejo toma las experiencias del psicólogo Wallon sobre el reconocimiento de sí mismo que hace el niño frente al espejo, incorporando de este modo a la imagen de sí. Lacan parte, para el abordaje de esta fase, de la influencia crucial, inestimable, de la imagen narcisista; él ubicará a la percepción, a la imagen, a lo imaginario, bajo la égida del yo narcisista freudiano. A esta experiencia de Wallon sobre el reconocimiento en el espejo, por parte del niño, de su propia imagen, Lacan le agrega dos elementos que no estaban a disposición de Freud: uno proviene de la etología -la respuesta instintiva de los animales a la percepción de ciertas imágenes-, y el otro de la embriología humana -la prematuración en la que nace el feto humano-. Lacan articulará la prematuración con el Hiflosigkeit, el desamparo freudiano, -véase Inhibición, síntoma y angustia, y el Proyecto de psicología para neurólogos-. El desamparo freudiano es el término que subyace a la prematuración. A esto Lacan agrega un nuevo dato: la maduración precoz de la visión respecto de los demás sentidos, lo que permite la formación de una imagen anticipada de unidad, que adelanta y supera la coordinación motora del niño. Esta «discordancia», como la llama Lacan, entre motricidad y visión, marca a la cría de la especie de allí en más, como condenada a las formaciones de lo imaginario, de la imagen, de lo visual.

Con respecto al orden Simbólico, las fuentes más conocidas en Lacan son la lingüística saussuriana y la antropología de Lévi-Strauss, con su idea de la “eficacia simbólica” y el énfasis en el peso estructural de las leyes de parentesco. Se podría decir que el desarrollo del orden simbólico en Lacan se resume en un cambio de palabras, el que va del lenguaje a «lalengua» (en una sola palabra), a la que Lacan hace el objeto de una disciplina particular que bautizará «lingüistería». Lalengua es aquello que en el inconsciente subvierte al lenguaje; lalengua será el punto central de la teoría de lo simbólico al final de su obra. Esta lalengua la escribe así para suprimir el artículo universal “La”, por tanto, hay una lalengua porque cada lalengua es única y no universalizable. Cada inconsciente de cada sujeto, uno por uno, tiene una estructura de lalengua intraducible al de otro; el analista, dice Lacan, debe ser dócil al inconsciente del paciente, en el sentido de tratar de entender cuál es lalengua en juego de ese sujeto en particular.

Con respecto a lo Real, en Lacan se trata de un término que se opone al de realidad, es decir, lo real no es la realidad. En la primera época surgen confusiones, sobre todo en los primeros seminarios, donde a veces usa indistintamente uno u otro término sin diferenciarlos. Lo real, sin embargo, empieza a esclarecerse en los Seminarios II y III, donde aparece, no ya como aquello que el psicoanálisis no puede alcanzar porque es un real externo a la palabra, sino como aquello que vuelve siempre al mismo lugar. Tenemos aquí dos de las más importantes definiciones de lo real en el psicoanálisis lacaniano: lo real como «lo que está por fuera de lo simbólico», aquello que no se puede representar, y lo real como «lo que vuelve siempre al mismo lugar». Hay una complicación cuando Lacan pasa a definir «lo real como imposible». Lo real como imposible es la tercera definición importante de lo real en el lacanismo. Lacan dará un punto de real como imposible, común a toda la especie humana en tanto que hablante: El punto de imposible común a toda la especie humana es «la pérdida de naturalidad de los sexos» y, por tanto, la no-complementariedad del hombre y la mujer, la no-complementariedad soñada, que haría Uno al hombre y a la mujer. Es lo que conocemos con la fórmula «no hay relación sexual».

336. ¿Qué es lo que en la experiencia analítica se revela como lo más real?

El sujeto llega a análisis con una queja, la cual termina por anudarse a los más allegados, a la familia; el analizante siempre establece una relación entre su sufrimiento y la familia, y pone siempre en evidencia un cierto número de episodios, esencialmente palabras, “dichos que han tenido una incidencia determinante para el sujeto” (Miller, 1998). El analizante también termina hablando de su vida amorosa, de cómo elige el objeto de amor y cómo separa ese objeto de amor del objeto de deseo; en todo caso, el analizante siempre hace aparecer una cierta infelicidad en lo que concierne a la relación entre ambos sexos. Pero, de todo lo que dice un analizante, emergen, con una especial intensidad, “situaciones que le producen una particular satisfacción” (Miller), lo que en el psicoanálisis lacaniano se llama el fantasma fundamental. Es lo que Freud aisló como una situación de satisfacción vinculada a una frase y a un escenario; se trata de una experiencia de satisfacción fundamental para el sujeto.

“Las situaciones fantasmáticas aparecen como islas que emergen del mar de un monólogo, que es esencialmente el monólogo de la queja” (Miller, 1998). La asociación libre, a la que invita la experiencia analítica, se transforma, poco a poco, en una experiencia de lo que Lacan llama “la falta en ser”; la escucha del analista y su puntuación van disolviendo las identidades del sujeto y le van mostrando lo ilusorias que son; al mismo tiempo, el sentido se va diluyendo hasta el punto en el que queda un resto invariable, que va emergiendo progresivamente (Miller).

En el interior de síntoma hay una satisfacción que queda, “una satisfacción inconsciente que se manifiesta con un displacer aparente” (Miller, 1998). Freud lo percibió, desde los comienzos del psicoanálisis: la satisfacción inconsciente que hay en el síntoma, satisfacción que está del lado del malestar, del displacer, del sufrimiento, y que es lo que Lacan llamó “goce”. Freud entonces percibió que detrás del displacer que produce el síntoma, se esconde una satisfacción inconsciente. Es a esa satisfacción inconsciente a la que apunta el psicoanálisis: a ese goce que es una satisfacción que no da placer; “el goce es una satisfacción que puede ser compatible con el displacer” (Miller). Este goce es el que se hace patente en el fantasma, fantasma que le da al sujeto una identidad de goce; “es en este lugar donde se revela lo más real de su ser” (Miller).

El analizante, a medida que avanza en su análisis, estará en condiciones de reconocer, no solamente qué no dice o qué sería necesario decir, sino que también llegará a no entender más lo que él mismo dice; finalmente, al suspender toda acepción sobre la significación, surgirá, en su opacidad, el goce inconsciente de su propio sufrimiento (Miller, 1998). Así es como el sujeto aísla el significante que hace enigma. “La neurosis consiste precisamente en la interpretación de este significante enigmático vinculado al goce inconsciente” (Miller). De aquí en más, de lo que se trata es de que el sujeto aprenda a proceder con este real, que el sujeto considere que ya sabe qué hacer con lo real, y no se apasione más por el enigma que él le produce.

322. La forclusión del Nombre del Padre en las psicosis.

La forclusión es el mecanismo psíquico que produce las psicosis; en estas se dice que ha habido forclusión del significante del Nombre-del-Padre, significante que inscribe en el sujeto la ley de prohibición del incesto y la castración simbólica -inscripción que es producto de la Función Paterna cuando ésta opera-. La forclusión es un término jurídico que viene del francés, y designa la “prescripción de un derecho no ejercido dentro de los plazos establecidos” (Robert). Lo más parecido a la forclusión como término jurídico en español es “preclusión”, es decir, la  pérdida o extinción de una facultad o potestad procesal por vencimiento de términos. La forclusión del Nombre-del-Padre es un rechazo radical de dicho significante, en la medida en que dicho significante nunca llegó, nunca se inscribió en el sujeto, precluyó; en el momento en que debió haber llegado a inscribir la ley y la castración -el momento del Edipo-, el Nombre-del-Padre nunca se presentó, y por tanto, quedó forcluído. No se trata de que el sujeto rechaza la castración, sino que el sujeto no pasó por dicha experiencia, no tuvo acceso a ella.

Como lo forcluído es un elemento simbólico, éste reaparecerá en lo real, por eso el fracaso de lo forcluído no se manifiesta en la emergencia de síntomas -como en la neurosis-, sino por la reaparición, en lo real, de eso que no llegó, que no se inscribió, por ejemplo, bajo la forma de alucinaciones que para el sujeto psicótico se constituyen en realidades indiscutibles o certezas (Nasio, 1982); lo forcluído -rechazado- de lo simbólico, reaparece en lo real.

La Metáfora Paterna, esa sustitución que produce el significante del Nombre-del-Padre por el deseo de la madre en el tercer tiempo del Edipo, es como un poder, que le impone al sujeto el orden, la jerarquía, la estructura, la constancia, la estabilidad a la realidad del sujeto, a el mundo simbólico del sujeto. Hay un ordenamiento de la subjetividad por la inscripción en el sujeto de la Metáfora Paterna. Para que los elementos significantes sean consistentes y sirvan para darle sentido a las experiencias del sujeto, se necesita de un primer significante que le de consistencia a la serie de significantes que vienen después. Por ejemplo, para explicar la sucesión de los números naturales (1, 2, 3, 4, etc.), los lógicos matemáticos explican que se necesita de un número que al comienzo de la serie, no sea el sucesor de nadie; esté número que no es sucesor de nadie, es el que inaugura la sucesión de los números -el hecho de poder pasar del uno al dos, del dos al tres, etc.- y es el que le da consistencia al conjunto de los números naturales -conjunto simbólico-.

Ese número que al comienzo no es el sucesor de nadie es el número cero (Nasio, 1982). Pues bien, el número cero es equivalente al significante del Nombre-del-Padre, ese primer significante que le va dar estabilidad y consistencia al orden simbólico, al conjunto de significantes. Si este significante falta, está forcluído, el orden simbólico del sujeto no se sostiene, se desestabiliza, tal y como sucede en las psicosis. En el desencadenamiento de una psicosis hay un llamado a hacer metáfora, a poner un nombre en el lugar del Nombre-del-Padre, pero como este lugar -lugar del sucesor, a donde vendrán los demás significantes- no quedó inscrito en el sujeto, nunca llegó, forcluyó, entonces la psicosis se desencadena. El significante del Nombre-del-Padre es cualquier significante que llega al lugar del sucesor -metáfora-, pero como este lugar no está, no existe en el sujeto psicótico, está forcluído, entonces, en su lugar vendrá la alucinación.

299. La teoría de los discursos de Jacques Lacan.

La «teoría de los discursos» o «teoría del vínculo social» de Lacan es desarrollada en su Seminario El revés del psicoanálisis (1969-70) como teoría del lazo social. El desplazamiento regulado de cuatro términos (S1, S2, $ y objeto a) sobre cuatro lugares (Agente, Otro, Producción y Verdad), “permite dar cuenta exhaustivamente de la naturaleza de los momentos en que la palabra toma el lugar del instinto, el cual ella subvierte.” (Sauret, 1997, p. 17)

Agente Otro
——— ———–
Verdad Producto

Los cuatro lugares a los que se hace referencia en ésta teoría son: el lugar del «agente», lugar desde donde se dirige, se gobierna, se maneja o se comanda algo. Está el lugar del «Otro» con mayúscula, lugar al cual el agente se dirige y que puede representar, según el caso, al saber, al lenguaje, a lo simbólico, a la Madre, a la cultura, etc., es decir, lo que vale para todos. Debajo del lugar del agente está el lugar de la «Verdad», aquello a nombre de lo cual el agente dirige su acción o su discurso al Otro: Siempre que el sujeto habla, lo hace en nombre de alguna verdad. Y por último está, debajo del lugar del Otro, el lugar del «producto», o sea, el resultado que se obtiene de la interacción de los términos o elementos que circulan por dichos lugares. De lo anterior podemos inferir que el discurso es el que crea el tipo de vínculo social.

Los términos que circulan por estos cuatro lugares los podemos definir así: el sujeto, que se escribe así: $, y se lee: sujeto barrado o dividido; escindido por la acción del lenguaje, dividido en tanto que está siempre entre dos significantes: el S1 y el S2. Está el S1, que es el significante que representa al sujeto; se le llama también significante unario, o significante Amo. Y, además, está el significante S2, que representa al saber, el significante que se necesita para que el sujeto quede representado, o también el significante que se hace necesario para darle sentido al S1. Por último se tiene el «objeto a minúscula», el cual representa lo que es irreductible al saber, eso que escapa a la representación significante, lo que en el psicoanálisis se denomina lo «real». “Cuando leemos este “a”, sabemos que tenemos un índice de este elemento irreductible al saber. Esta anotación nos interesa porque con esta letra hacemos entrar este irreductible en nuestro cálculo.” (Sauret, 1997, p. 16). La interacción de estos cuatro elementos dejará siempre un producto.

292. La pérdida del instinto en el paso de la naturaleza a la cultura.

Cuando el padre de la horda primitiva, poseedor de un supuesto goce absoluto, es asesinado por el clan de hermanos, esto tiene como efecto la prolongación de su voluntad, es decir que sigue habiendo la prohibición del goce, como si nada hubiese cambiado; su asesinato en nada cambia las cosas en este sentido. Esta voluntad del padre (lo que él prohibe) es la misma antes y después de su asesinato; el goce permanece tan prohibido tanto antes como después de su asesinato. La única diferencia está en que antes había alguien para quien no estaba prohibido el goce, y después esa prohibición recae sobre todos: nadie puede ocupar nuevamente el lugar del padre. Ese asesinato inaugural devela a posteriori que no solamente queda despejada la vía hacia el goce, goce cuyo padre primigenio prohibía, sino que (y aquí lo paradójico) se refuerza la prohibición: el goce sigue siendo imposible.

Si “en el comienzo fue la acción” −dice Freud en Tótem y tabú (1980, p. 162)−, se entiende cómo el padre primordial imponía un cierto orden natural en la horda por la vía del acto, y no por la vía de la palabra. Así las cosas, el clan de hermanos no había introyectado dentro de sí la prohibición que recaía sobre los objetos de goce del padre, sino que se sentían amedrentados por la fuerza y el poder de aquél, el cual, si mataba, castraba o expulsaba a alguien cada vez que excitaban sus celos, lo hacía más bien como una respuesta instintiva circunscrita dentro de la pura relación imaginaria −la de la tensión agresiva y la rivalidad mortífera−. En este sentido no es posible hablar de una ética de los hermanos; de cierta manera, en ellos también existía esa voluntad de goce dirigido hacia las hembras de la horda, sólo que eran amedrentados por el poder y la fuerza del padre. Expulsados de la horda, ellos salían a procurarse otras mujeres por robo, o compartían entre ellos un goce homosexual. Si Freud llama «primera forma de organización social» a lo que sucede después del asesinato del padre (es decir, al totemismo) es porque lo social implica ya, de antemano, la dimensión simbólica. Por lo anterior es por lo que al axioma de Freud “en el comienzo fue la acción”, habría que agregarle “la acción del instinto”.

Considerar a este padre primitivo como gobernado por instintos, con acceso al goce real sin limitaciones, dueño de un poder y una violencia irracionales, hace pensar mucho mejor la pérdida que se produce en el paso de la naturaleza a la cultura, porque lo que se pierde en ese paso es justamente lo natural, lo instintivo del animal humano. El hecho de que el organismo humano pase a ser un ser hablante es lo que a su vez establece una separación del hombre del reino animal. El lenguaje, lo simbólico, el hecho de hablar, es aquello que distingue más radicalmente al hombre de los animales. El mundo de lo simbólico es propio del ser humano y esto lo aparta drásticamente de la naturaleza y de sus leyes, introduciéndolo en las leyes del lenguaje; por esta razón se puede decir que el «medio natural» del ser humano es el lenguaje.

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