Archivo de la categoría: Adolescencia

327. Adolescencia, drogas y capitalismo.

¿Por qué los adolescentes consumen drogas? La respuesta a esta pregunta es compleja, como complejo es el ser humano. Son muchos los factores y causalidades a tener en cuenta para poder dar respuesta a ella, y por lo tanto, variadas también serán las perspectivas y soluciones a dicha pregunta. Lo primero que hay que decir es que no sólo el adolescente consume drogas; lo hacen también los adultos y otros tipos de poblaciones, pero lo que sí se puede asegurar, es que el adolescente hace parte de la población más vulnerable al problema del consumo de sustancias psicoactivas. Los hombres, en todos los momentos de su historia y en todas las culturas, se han entregado al consumo de sustancias psicoactivas, solo que ahora es un problema de enormes dimensiones y de carácter global gracias, precisamente, a la sociedad de consumo y las economías de mercado en las que vivimos. Así pues, los adolescentes son una población muy vulnerable al consumo, no solo de drogas, sino de todo lo que le ofrece el mercado.

El “adolescente” como concepto es algo más bien reciente, incluso hay quienes piensan que es un invento de la modernidad,  un “funesto invento”, según  González (1999), que hizo su aparición precisamente con el surgimiento de la sociedad de consumo, la cual ya preveía la capacidad consumidora de este grupo. Es decir que el concepto nace a la par del surgimiento de  consumismo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en la que el avance del desarrollo industrial capitalista hace posible el mercado de bienes y servicios, disponibles gracias a la producción masiva de los mismos. Y justamente, con la sociedad de consumo, es decir, con las economías de mercado y el capitalismo, surge también el problema de las adicciones a las drogas en la modernidad. Lo uno va de la mano de lo otro, o mejor, lo uno no es sin lo otro.

En la cultura occidental la población de jóvenes no era objeto de interés de ningún discurso humano. Si la adolescencia produce tratados desde hace sesenta años, es debido a la nueva organización social derivada del desarrollo industrial, el capitalismo y el impacto de los medios de comunicación, los cuales han centrado la atención sobre esta franja de edad que va entre los doce y veintiún años. Para el mercado el adolescente se ha vuelto objeto de particular interés; él es un consumidor en potencia que se puede manipular fácilmente con ayuda de la publicidad; ésta ha llegado al extremo de convertir la adolescencia en una “clase social”, con una “identidad”, unas costumbres, unos gustos y un “modo de ser” propios. De hecho, los mensajes publicitarios dirigidos a los adolescentes se apoyan precisamente en los aspectos críticos de este momento: la libertad y el amor, es decir, la autonomía y la sexualidad. A ello se suma la universalización de las costumbres y la caída de los valores que regían las generaciones pasadas; con este panorama los aspectos críticos de la adolescencia se han convertido en un problema que trasciende barreras sociales y culturales.


147. Adolescentes desorientados y sin media naranja.

Un signo visible de la entrada de un joven en la pubertad, es la aparición de los caracteres sexuales secundarios -cambia la voz en los varones, crecen los senos y se ensanchan las caderas en las mujeres, se desarrollan definitivamente los órganos sexuales de ambos sexos, etc.-; pero, igualmente, no deja de observarse una desorientación en la que está sumida todo ser humano respecto de lo sexual. Esa desorientación pone en evidencia al menos dos aspectos fundamentales de la vida sexual humana: primero, que no hay un «objeto» determinado para el «impulso» sexual (pulsión), y segundo, que no hay complementariedad a nivel sexual.

Que no hay «objeto» se observa cuando los adolescentes dudan sobre si le gustan los hombres o las mujeres. Que un hombre se orienten hacia una mujer y viceversa, no es algo seguro en la vida sexual de un sujeto, como tampoco hay seguridad sobre su «identidad» sexual -sentirse hombre o mujer-, ya que ella no depende del cerebro, las hormonas o el «sexo biológico».

El sexo biológico -tener un pene o una vagina- nada tiene que ver con el «sexo psicológico»; sentirse hombre o mujer es una conquista del sujeto que depende más de su historia como ser humano -desde la infancia- que de su organismo. Y aún, elegir un compañero sexual, es independiente de la posición sexual conquistada; por esta razón un hombre varonil puede ser homosexual y uno amanerado, ser heterosexual; la posición sexual y la elección de un compañero no coinciden en el ser humano.

El segundo aspecto -que la adolescencia sea un momento en la vida en el que se presentifica algo del orden de una desarmonía sexual- significa, en términos sencillos, que ninguna mujer nació para un hombre y ningun hombre nació para alguna mujer, es decir, que nadie nace con su «media naranja» asegurada. Es más: ¡que no hay media naranja!. Nada ni nadie le puede asegurar a un adolescente que su relación de pareja va a durar de por vida. Más bien, lo que se observa en ellos son amores fugaces, semanales, que ejemplifican claramente que no hay entre los seres humanos una complementariedad al nivel de los sexos.


124. Adolescentes enamorados.

El «enamoramiento» es un estado que ayuda a comprender situaciones psíquicas del sujeto. Si bien ha sido un tema dejado en manos de poetas, poseedores de una sensibilidad para percibir en otros las iniciativas sentimentales, en nuestros tiempos la investigación psicológica le ha «metido el diente», topándose con una dificultad general: como los seres humanos aprenden a amar con los padres, después no dejará de ser difícil, en menor o mayor grado, sustituir ese amor por el amor a otras personas. A esto se le suma el hecho de que, como se empieza a amar desde la más tierna infancia, el ser humano se ve afectado, desde muy temprano, por los embates del amor -celos, odio, rivalidad, etc.-.

Para que un adolescente pueda llegar a elegir una compañera, él deberá dar un importante paso: ser capaz de dirigir su ternura y pasión a esta nueva persona, con quien se espera que pueda cumplir una vida sexual, sin quedar «fijado» en sus sentimientos de ternura, a los padres. Es un abandono de los primeros amores de la infancia. Este paso, de la fijación a los padres a la elección de un sujeto, puede en ocasiones ser difícil o llegar a fracasar.

El amor lo podemos dividir en dos tendencias: la tierna y la sensual. La primera tiende al cuidado y respeto del otro, la segunda es el soporte del deseo sexual por la persona amada. La corriente tierna proviene de la infancia, se dirige a los sujetos que integran la familia y a los que tienen a su cargo la crianza del niño. A su vez, la ternura de la madre, de los integrantes de la familia y de las personas a cargo de dicha crianza, contribuye a acrecentar la corriente tierna del amor. Cuando esta ternura es exacerbada, sucede que el niño se aferra a ella y a la persona que se la brinda, creándose una «fijación tierna» que puede continuar a lo largo de la infancia y de la vida.

En la pubertad se despierta la otra corriente del amor: la sensual, la cual se añade a la tierna en la búsqueda y elección de un sujeto a quien amar. Lo que aseguraría una conducta amorosa «normal» es la reunión de estas dos corrientes en una sola, lo cual no siempre se da.


122. ¿Sufren los jóvenes?

Muchos padres recordarán su infancia y su adolescencia como acontecimientos felices, pero si se piensa en las cosas que angustian, preocupan y hacen sufrir a los niños y jóvenes, se verá que pueden ser muchas: compartir el espacio y el amor de los padres con otros hermanos; los celos y la rivalidad hacia otros niños; el temor de perder el amor de los padres y los problemas entre ellos también angustian; el divorcio, la adicción, las dificultades económicas también genera mucho sufrimiento en los hijos; cumplir con las tareas en el colegio, sentirse diferente a los demás, ya sea porque se usen gafas o se tenga la frente grande o las orejas hacia fuera, etc.; ser más pequeño, delgado, bajito o alto que los demás; ser objeto de burlas y humillaciones por parte de otros muchachos; sentirse rechazado o inferior, etc.

Y si bien muchas de estas cosas también preocupan a los adolescentes, estos sufren a su vez por otras más que tienen que ver con ser y con tener: no ser capaz de abordar a una mujer; no ser más fuerte que o más inteligente que los otros; no tener los que otros sí tienen; tener acné, ser tímido, raro, acomplejado, impopular; ser objeto de alguna discriminación, no tener unos padres ricos o sabihondos, sentirse atraído por alguien de su propio sexo; ser engreído, petulante, odioso, extravagante, necio, agresivo, etc., son también cosas que pueden ser fuente de sufrimiento para el muchacho. Son muchísimas las cosas que preocupan seriamente a los niños y adolescentes, y que tal vez para los padres no revisten ninguna importancia, pero que para ellos es como si el mundo se fuera a acabar.

Todo muchacho, además, tiene que resolver su «identidad» -«¿quién soy, qué quiero llegar a ser?»-, y con ella también su identidad sexual. Como esta «identidad» -ser hombre o mujer- no es un dato seguro para ningún sujeto, produce también angustia. El hecho de nacer con un órgano sexual masculino o femenino no es garantía de que se vaya a ser hombre o mujer. Esto es algo que se conquista, algo que se construye, y no un dato dado de antemano.


78. Salir de la adolescencia.

La entrada en la vida adulta está marcada por una serie de pasos: del estudio al trabajo, del hogar paterno al conyugal, de la categoría de hijo al de padre de familia. En las generaciones pasadas esto era mucho más sencillo: se pasaba de la adolescencia a la adultez cuando se abandonaba la casa paterna y el joven se ponía a trabajar; en el caso de las mujeres, salvo una pequeña proporción, dejar la casa significaba casarse.

La adolescencia, ese momento de pasaje de la niñez a la adultez, también es considerada una travesía en la que se abandonan o no determinadas identificaciones con los padres, es decir, que se deja de ser como ellos y se pasa a ser de otra manera. Si bien se entra a la adolescencia por la puerta de la pubertad -con la aparición de los caracteres sexuales secundarios: cambia la voz en los varones, crecen los senos y se ensanchan las caderas en las mujeres, se desarrollan definitivamente los órganos sexuales en ambos sexos, sale el vello púbico, etc.-, la salida es más difícil de situar y parece estar ligada al momento en que un individuo accede a ciertos lugares y a ciertas responsabilidades. Pero, ¿están siendo preparados los adolescentes de hoy en día para ser sujetos responsables de sí mismos?

Si se ubica la salida de la adolescencia de determinada manera, se corre el riesgo de caer en una norma que diga que es lo que se espera: se introduce el aspecto de lo Ideal, lo que a su vez empuja a la homogeneización o la universalización: “todos deben salir de esta manera”.

La adolescencia es el tiempo de la búsqueda de marcas diferenciales, búsqueda que permitiría cumplir con el anhelo de ir más allá de los padres, y de lo instituido social y familiarmente. Pero al ubicar esa búsqueda en un tiempo, al introducir un límite que sitúa un adolescente ideal, ese con el que todos los jóvenes se deben identificar, esto hace que, primero, se borren las particularidades que tiene la manera de ser de un sujeto, y segundo, ese ideal se convierte en una exigencia que al no poderse cumplir necesariamente causará malestar.


77. Modelos para adolescentes.

El adolescente es alguien que puede ser fácilmente influenciado por líderes y personalidades ideales, ya sean estas dañinas o no. El mundo de la imagen -cine, televisión, revistas, etc.- suele ofrecer modelos de identificación que van desde el sujeto “fuera de la ley”, hasta el ídolo sexual. El adolescente se vale de esos modelos para identificarse con ellos y así consolidar su personalidad, su “identidad”.

Si el sujeto necesita identificarse con otros, es porque no nace con una “identidad” asegurada. Cuando se nace, no se sabe quién se es: ni cómo se llama, ni quienes son sus padres, ni en dónde se vive o si es hombre o mujer, etc. Tener un órgano sexual masculino o femenino tampoco garantizan que ese sujeto vaya a ser un hombre o una mujer, es decir que el rasgo que serviría para determinar la identidad sexual de un individuo -su órgano sexual- tampoco garantiza que psicológicamente sea hombre o mujer. Tanto la “identidad” sexual como la forma de ser de un sujeto, son una conquista que él hace a partir del momento de su nacimiento, conquista que se logra con ayuda de la identificación. De hecho, el Yo de un sujeto es la suma de sus identificaciones en la vida.

Las primeras personas con las que se identifica un sujeto son, por supuesto, sus padres; esta es la razón para parecerse en muchas cosas a uno de ellos o a ambos. Si los padres son idealizados por sus hijos -porque los aman y respetan-, estos tendrán identificaciones sólidas con aquellos. Si así no sucede, en la adolescencia los hijos serán “presas” fáciles de ídolos con los que se identificarán y que pueden muy bien empujarlos a lo peor en la búsqueda de una “identidad”.

En la adolescencia los padres ya no son los héroes de la infancia, entonces el joven se empieza a fijar en otros modelos que le van a ayudar a conformar su personalidad. Y aquí es donde entra en juego la imagen de líderes y personalidades -el más bello, fuerte, “teso”, rico o poderoso; modelos, cantantes, actores, deportistas, políticos, etc.-, no importando si sus actos están dentro o fuera de la ley, los cuales los pueden influenciar y para mal.


76. Pulsión sexual y adolescencia.

La pulsión es lo que sustituye al instinto en la criatura humana; es el nombre del impulso sexual en la medida en que la sexualidad humana no está regulada por el instinto, como sí sucede en los animales. La pulsión tiene como meta su propia satisfacción, la búsqueda de placer; no es así en los animales, cuyo instinto sexual tiene como fin la reproducción, lo que implica a su vez la relación con el sexo opuesto de la misma especie. La pulsión en el ser humano no tiene un objeto determinado, es decir que no es necesariamente con el sexo opuesto que ella se satisface; de aquí que la sexualidad en el género humano sea tan variada y extravagante: homosexualidad, pedofilia, sadomasoquismo, exhibicionismo, vouyerismo, fetichismo, etc.

No hay en el ser humano una única pulsión, sino que son varias, y se originan en el propio cuerpo; su fuente se puede localizar en las denominadas zonas erógenas: la boca, el ano, la piel, los genitales, los ojos, los oídos, etc.; por esta razón se dice que la pulsión es parcial o fragmentada.

En la adolescencia, a la cual se entra con la pubertad, es decir, con la aparición de los caracteres sexuales secundarios -cambia la voz, los genitales crecen, aparece el vello púbico, etc.-, la pulsión sexual se intensifica coincidiendo con los cambios que las hormonas producen en el cuerpo. En la pubertad convergen entonces, por un lado, lo pulsional, que es originariamente autoerótico: la pulsión encuentra su satisfacción en el propio cuerpo -chuparse el dedo o la masturbación son un buen ejemplo de esto- y por otro lado, lo amoroso: la demanda que tiene el adolescente de elegir a un compañero sexual a quien amar. La pulsión, entonces, es puesta al servicio del amor.

Todos los cambios psicológicos que se ponen en juego en la pubertad, se deben precisamente a la trascendencia que adquiere el aspecto sexual en este momento; los impulsos sexuales parciales -pulsión oral, anal, etc.- deberán reunirse bajo el mando de los genitales, y al mismo tiempo, se inicia el proceso de hallazgo y elección de un sujeto a quien desear y amar.


75. Lo crítico de la adolescencia.

Lo que hace crítica a la pubertad es la reedición de los vínculos afectivos que se sostenían, o se sostienen todavía, con los padres y hermanos: la siempre presente rivalidad fraternal, la ambivalencia de sentimientos (odio y amor conjugados) frente a los padres y el dolor psíquico por la pérdida del cuerpo infantil (el cual ha sido el centro de atención narcisista y objeto del amor de los padres). A todo esto se le suma la necesidad de conquistar una autonomía que introduce una dinámica entre sumisión, respeto por la autoridad y la revisión de dicha autoridad y valores recibidos, lo que no se hace sin dificultades. Ir más allá de los padres, aventurarse frente a lo nuevo, conquistar otros ideales, asumir otras responsabilidades y hacerse cargo de otro sujeto persona como objeto de amor, se convierten a partir de ahora en preocupaciones permanentes, tanto para los padres, como para los hijos adolescentes.

Por lo anterior se podría decir que el adolescente es alguien que adolece, que padece de una falta, una “falta de juicio”, es decir, una falta de reflexión, sensatez y prudencia que le permitan desenvolverse como un adulto responsable de lo que hace y lo que dice. La realidad muestra la inestabilidad y el exceso con la que se conducen los jóvenes.

A todas estas contrariedades, que involucran fundamentalmente todo lo relacionado con la sexualidad del joven y su proceso de identificación (la conquista de una “identidad” sexual), la educación, la religión y la sociedad en general, responden con una formación en valores que rija la preparación del joven. El educador a pasado a asumir funciones que le corresponden, en principio, a los padres, y la pedagogía se ha convertido en un intento de regular toda esa serie de perturbaciones que se presentan en esta edad. La educación y las estrategias pedagógicas se proponen “domesticar” al joven, ayudarlo a introducirlo a la sociedad, apoyarlo en la búsqueda de un lugar en el mundo, colaborarle en el reforzamiento de sus vínculos sociales, es decir, terminar con aquello de lo que adolece.


74. La autoridad en la adolescencia.

Los adolescentes se tienen que enfrentar permanentemente al enjuiciamiento que hacen de ellos sus padres y adultos. Sus comportamientos y actitudes están siempre bajo la mirada de quienes los rodean. También los padres son evaluados por otros; la adolescencia de los hijos suele coincidir con momentos críticos de la pareja, uno de los cuales es el ejercicio de la autoridad, la cual sufre un debilitamiento; primero, porque el joven ya no es más un niño sumiso, y segundo, porque los padres se enfrentan con sujetos que están confrontando los valores que se les transmitieron con la realidad.

En el ejercicio de la autoridad se pone en juego algo muy importante: si desde niños a los hijos no se les ha transmitido un respeto por la autoridad, en la adolescencia difícilmente ellos respetarán a sus padres, maestros y demás figuras de autoridad, y sus relaciones con la ley y las normas serán más complicadas. Pero hay que tener en cuenta aquí un hecho que es crucial, y es que un padre de familia puede transmitir un respeto por la autoridad sólo cuando él mismo también da muestras de respetar y hacer respetar a la autoridad y a la ley.

Muy fácilmente un padre puede dejar de ser respetado por sus hijos en su autoridad, y en la adolescencia este es un asunto crítico, debido a que el joven es un sujeto que ya hace rato ha abierto los ojos al mundo y se ha dado cuenta de cómo se comportan sus padres y los adultos. Los niños tienden más bien a creer ciegamente en sus papás, en lo que ellos saben, dicen o hacen. Pero a medida que los hijos crecen, estos van comprendiendo que sus padres no lo saben todo ni lo pueden todo. Y si a esto se suma el hecho de que el padre es un trasgresor de la ley o alguien que no respeta a la autoridad, incluyendo la suya propia -como por ejemplo, el padre que ordena a sus hijos que lleguen temprano a la casa cuando él mismo es quien llegar tarde-, entonces fácilmente el hijo adolescente le pierde el respeto -como se le pierde al padre alcohólico, drogadicto, mantenido o patán-; es así como empiezan los problemas de autoridad con los hijos en el hogar.


73. Adolescencia y escuela.

¿Por qué se hace tan difícil intervenir en los adolescentes? En ninguna otra época de la vida los padres se preguntan tanto “¿Qué debo hacer con mi hijo? ¿Cómo lo debo manejar? ¿Cómo se le debe hablar?”, etc. Lo que pasa es que las perturbaciones que se presentan en la adolescencia, ya sea en el ámbito mental o en el comportamental, resultan muy difíciles de tratar debido a la tendencia del joven a la actuación. El adolescente es alguien que prefiere actuar antes que pensar, por eso pasa por alocado, impulsivo, irracional o insensato. Los muchachos parecen no medir las consecuencias de sus actos, los cuales, como todo acto, cambian radicalmente su vida y su posición subjetiva: embarazos indeseados, abortos, graves accidentes, hechos delincuenciales, adicción a la droga y al alcohol, etc.

Es por lo anterior que la educación se preocupa tanto por los jóvenes que están pasando por esta “enfermedad” de la adolescencia, para la cual no parece haber vacuna. La educación tiene aquí un papel relevante, ya que en la escuela se pueden crear condiciones que faciliten la intervención sobre los jóvenes. La relación que se establezca entre la escuela y la familia adquiere una enorme importancia porque permite ofrecer a los adolescentes una contención a sus comportamientos, una sujeción de sus impulsos y la posibilidad de dar ese paso bajo unas condiciones que favorezcan la vigilancia, el cuidado, la supervisión y el apoyo que necesita el adolescente.

Tanto los padres como los jóvenes requieren de un canal común de comunicación, y qué mejor que la escuela para esto; ella a su vez está llamada a facilitarlo. Esto no significa que la escuela debe reemplazar a los padres en su tarea de hacer de sus hijos hombres de bien, ni mucho menos debe ser la responsable de todo lo que suceda con el adolescente, pero mínimamente debe ofrecer espacios donde la participación, el análisis y la discusión sirvan para acompañar, de forma discreta, al joven que experimenta ese proceso crucial y crítico en el que se ha convertido la adolescencia.


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